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LA SOCIEDAD PORNO

LA SOCIEDAD PORNO

 

Somos una sociedad pornográfica. Lo porno permea todos los nichos sociales, culturales, políticos y económicos. Hay porno en la televisión, en los kioskos, en las calles, en las escuelas, en los trabajos, en nuestras casas, en nuestras camas, en nuestras computadoras, en nuestras mentes. Lo porno nos puede estimular y dar placer. También nos puede incomodar, someter y violentar. Pero hay un algo de lo porno que lo hace inmensamente poderoso: su condición de tabú, su omisión decorosa.

Existe una relación ineludible entre pornografía, vida sexual y vida social. Pero mientras lo porno siga escondido, poco se podrá problematizar este aspecto tan paradójicamente presente en nuestra cultura.

La educación porno de la vida erótica vincula la sexualidad organizada a partir del modelo de supremacía masculina y el doblete dominación/sumisión, tan dominante en nuestra sociedad. Muchos desconocen que es posible un erotismo igualitario, en donde esos roles pueden ser intercambiados como juego erótico y no siempre impuestos unilateralmente como práctica aplastante.

La pornografía se ha convertido, en los hechos, en la más potente educación sexual de las personas. La sociedad manifiesta su puritanismo en tres dimensiones: en la todavía influyente moral cristiana, en padres a los que todavía avergüenza tener charlas abiertas de sexo con sus hijos y en un sistema educativo que insiste en un enfoque biologicista de la educación sexual, centrado en enseñar anticoncepción y cuidados frente a enfermedades venéreas, pero muy poco sobre el deseo y los modos de enfrentar los comienzos de una vida sexual plena.

Que la pornografía es nuestra gran escuela sexual lo demuestra que en internet hay 4 millones 200 mil sitios dedicados a la pornografía, dentro de los cuales se despliegan 420 millones de páginas webs porno. Estas representan el 12% del total de sitios que existen en internet. Cada segundo, 28.250 usuarios en todo el mundo están mirando páginas porno. Los sitios de pago recaudan 3.075 dólares por cada uno de esos segundos.

El 70% de quienes lo consumen son hombres, y el 30% restante corresponde a mujeres. Se estima que, actualmente, los primeros vínculos con la pornografía en la web se tienen a los 11 años, siendo el segmento más activo el que va de los 12 a los 44. Además, un 34% de internautas se han visto expuestos a pornografía sin pedirlo, ya sea a través de “pop-ups”, “enlaces engañosos” o correos electrónicos. También, las estadísticas informan que más del 25% de todas las búsquedas que se realizan en la web, son consultas de contenido porno.

Estos datos demuestran que el consumo de pornografía es mucho más masivo de lo que creemos o reconocemos y que, sobre todo, su poderosa influencia cultural está siendo subestimada.

En un estudio del año 2007 se estimó que las ganancias de la industria pornográfica en todo el mundo alcanzaron los 97.060 millones de dólares, más que la suma de las diez compañías informáticas más grandes de entonces, entre ellas Microsoft, Google y Amazon.

La pornografía se ha convertido en occidente en una plataforma de lanzamiento para la industria global del sexo (que incluye, además, a la prostitución, las cadenas de clubes de strip-tease y la trata de mujeres que se desarrolla para proveer a esta creciente industria).

En un país como China se estima que ejercen la prostitución unos 20 millones de mujeres y que el dinero que mueve el pago por sexo y las actividades vinculadas alcanzan el 8% de la economía de ese país (y hablamos de Producto Interno Bruto más grande del planeta), unos 700 mil millones de dólares. Un informe de la Organización Internacional del Trabajo estimó que la industria del sexo constituye entre el 2% y el 14% del PIB en Filipinas, Malasia, Tailandia e Indonesia. En Corea, donde se prostituye a más de  un millón de mujeres, se estima que representa un 4,4% del PIB, más que la forestación, la pesca y la agricultura combinadas (4,1%). En Holanda, que legalizó la prostitución en 2001, representaba en ese año el 5% de su PIB. En todos los Países Bajos donde está legalizada, las ganancias superan el billón de dólares.

La principal productora de contenidos para la industria pornográfica global es EEUU. Allí se produce un nuevo video porno cada 39 minutos. Y el mayor número de páginas webs del género proceden de ese país, unas 244.661.900 (le sigue, a larga distancia, Alemania, con algo más de 10 millones). Con esos videos vienen hacia nosotros los modos de hacer, sentir y pensar el sexo según la idiosincrasia norteamericana.

Para la activista y filósofa Beatriz Preciado, la pornografía opera normalizando y modelando la utilización de los órganos y la relación entre los cuerpos. De este modo, asegura, una película porno lo que nos propone son “pedagogías de la sexualidad”. “No representa la realidad del sexo, sino que opera como  una máquina performativa que lo que hace es producir modelos de sexualidad”. Esto quiere decir que, sin darnos cuenta, todos terminamos practicando sexo, o creyendo que deberíamos practicar sexo, como lo hacen los norteamericanos.

El impacto de la pornografía ha sido sin duda igualmente poderoso en la promoción de un nuevo sistema de valores sexuales que la Iglesia cristiana, pero de una forma diferente. La nueva forma de colonización cultural consiste, en este caso, en la difusión desmesurada del sistema de valores de la pornografía estadounidense.

Muchos estudios sobre pornografía la consideran prostitución filmada. Con el agravante de que a las actrices porno les pagan (muy poco) por el acceso sexual  a su cuerpo una sola vez (al igual que las prostitutas), pero el contenido lo pueden utilizar en variedad de películas y es reproducido por millones de personas que lo visualizan infinidad de veces en la web.

Como sea que fuera, los efectos nocivos sobre la salud de las mujeres que son parte de esta industria son similares. “Vaginas y anos desgastados y un dolor considerable. Esto incluye daños físicos provocados por las enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados, abortos, infertilidad, enfermedades en el tracto reproductivo, adicciones a las drogas, casos recurrentes de suicidios y severos daños psicológicos”.

La pornografía ha contribuido a la “estetización de la violencia sexual” según el sociólogo Richard Poulin. Añade que estamos frente a una sociedad que ha erotizado la violación, la humillación y el sometimiento de la mujer.

La paradoja es que criticar la pornografía actualmente dominante puede ser tildado de conservador o moralista. Cuando en realidad, la jerarquía de género es la que limita la posibilidad de abrir nuestras camas a una sexualidad verdaderamente liberada. La apertura erótica a múltiples posibilidades como las experiencias sexuales extra-pareja, compartir la cama con terceros o terceras, o realizar cualquiera de las variadas fantasías que pueden brotar de un vínculo libre de quienes integran una relación afectiva y/o sexual, son posibilidades que sólo pueden disfrutarse en relaciones que se deciden a romper el modelo de supremacía masculina. La razón es simple: la influencia del machismo, tanto en hombres como en mujeres, vuelve intolerable que se realicen las fantasías reales de una pareja, mucho más si se trata de las fantasías de la mujer.

La pornografía no es una comunicación sexual erótica y lo que ofrece no solo es una práctica sexual, sino una forma de ser. Una jerarquía de género en este mundo. Es un hábito que condiciona fuertemente la propia imaginación erótica. La industria de la pornografía considera sexuales todo lo que excita al hombre incluyendo asfixias, violaciones, menores sometidas, abusos y humillaciones.

Está claro que la pornografía no es la culpable de todo, y hasta es posible encontrar pornografía no misógina. Ciertamente, la cultura machista (que normaliza el odio y desprecio hacia las mujeres, su cosificación) necesita de muchos más actores para consumarse. “Lo porno” está también en la publicidad, en la televisión basura, en la cultura prostituyente. Cada una de ellas merecería su informe también.

Pero empezar a hablar de lo porno es un buen comienzo. Quizás nos ayude a destapar el velo que cubre una práctica mucho más cotidiana e influyente de lo que se reconoce y, de paso, nos ayude a problematizar nuestras vidas eróticas, las maneras de vivir nuestras sexualidades y algunas de nuestras conductas sociales mas naturalizadas.

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