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UNA ECONOMÍA CRIMINAL

Una economía criminal
Imagen de archivo de una concentración por la sanidad pública. BRAIS G. ROUCO
“Para la economía criminal, la atención sanitaria es también un negocio”, escribe el autor.
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Antonio Zugasti
06 abril 2020
Una lectura de 3 minutos
Si no queremos que la confusión y el engaño empiecen desde el principio,  es necesario llamar a las cosas por su nombre. Un nombre que deje claro lo que está detrás. Hoy estamos hartos de oír que vivimos en una economía de mercado. ¿Qué quiere decir eso? ¿De qué mercado? ¿Del de barrio? ¿Quién ha hecho a los mercados señores absolutos de la vida humana? ¿No hay nadie detrás de los mercados?
Creo que sería mucho más claro y respondería mucho mejor a la realidad llamar a la economía capitalista economía criminal. Sobran las razones para hacerlo. El mismo Papa Francisco lo hace. En el primer documento escrito en su pontificado, La Alegría del Evangelio, no puede ser más claro: “Esta economía mata”.
Mata, en primer lugar, de hambre. Discutirán los organismos internacionales cuántos cientos de millones de personas están en una situación de pobreza extrema que les lleva al riesgo de morir por falta de alimentación. Después de un periodo en que el número de hambrientos tendía a reducirse, últimamente está volviendo a aumentar. En todo caso, cerca de mil millones de seres humanos hambrientos. Y eso no es porque la naturaleza no dé más. Es que la economía criminal ha convertido la alimentación en un negocio, se especula con los alimentos y se dedican grandes extensiones de terreno a los cultivos que produzcan más beneficios y no a los más necesarios para la alimentación humana.
Mata por falta de atención médica. Para la economía criminal, la atención sanitaria es también un negocio. Estamos experimentando ahora, con motivo de la pandemia, los efectos de los recortes que la derecha ha realizado en la sanidad pública en beneficio de la privada. En muchas regiones del mundo no pueden experimentar esos recortes porque no tienen servicios sanitarios. No los pueden pagar y la economía criminal tranquilamente los deja morir.
Mata por las guerras. Pequeñas e interminables guerras mortíferas que se libran, en gran parte para apropiarse de recursos naturales escasos. Apoyo a dictaduras crueles que machacan a sus pueblos pero favorecen a grandes empresas capitalistas. Y detrás de todo esto: el gran negocio de las armas, uno de los más rentables para empresas y países volcados en la economía criminal.
El cambio climático está detrás de grandes desplazamientos de población, de temporales, sequías y hambrunas que producen innumerables víctimas. Pues detrás del cambio climático también están las grandes empresas de la economía criminal. En primer lugar las de los combustibles fósiles, que se niegan abiertamente a cualquier medida que suponga una reducción de sus negocios, pero también todo el conjunto de la economía criminal que, por encima de todos sus esfuerzos por pintar de verde su actuación, quiere mantener una forma de vida, una civilización basada en el producir y consumir que les permita a ellos seguir con su acumulación de riqueza. Con todo esto, la economía criminal empuja a la humanidad a una hecatombe difícil de imaginar.
Este carácter criminal lo han dejado muy claro los políticos o empresarios que, con motivo de la pandemia, no han puesto en práctica las medidas radicales necesarias para salvar vidas, porque «hay que salvar la economía». Empecemos por llamar a las cosas por su nombre: lo de economía de mercado es un intento de ocultar la realidad, de trata de una economía que mata, de una economía criminal.

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