CAMBIO CLIMÁTICO, NEGACIONISTAS Y NEGOCIONISTAS
José Ardillo
Al igual que se forman los ventisqueros cuando cesa el viento, así mismo cuando cesa la verdad surge una institución. (Henry D. Thoreau)
La izquierda progresista, para poder seguir sobreviviendo en el único medio donde puede hacerlo, la sociedad de consumo capitalista, necesita crear una alarma que justifique un alineamiento sin fisuras de su electorado. Cuando los índices de abstención continúan siendo altos y muchos posibles votantes se demoran cada vez más en su camino hacia las urnas, solo el espectro del fascismo puede servir para seguir movilizando a un electorado cada vez más desmotivado e indiferente.
La construcción de este espectro, de este sujeto indeseable, el ultraderechista, se ha realizado pues con la idea de caracterizar a un enemigo total, fácilmente identificable, dotado de ciertos rasgos recurrentes y universales (machismo, autoritarismo, homofobia, racismo, miedo a la verdad científica, etc). Todos estos rasgos definen hoy la personalidad de un individuo esencialmente “excluyente”.
En efecto, una vez que la izquierda histórica se desembarazó de cualquier aspiración verdaderamente rupturista y transformadora -lo que, dicho sea de paso, no lle costó mucho- solo le quedó como opción aceptar la Metrópolis capitalista como “locus” neutro, como emporio tecnológico abierto a la reapropiación colectiva. En ese sentido, el binomio inclusión/exclusión pudo desplegar todo su potencial político y axial. Ya no se trataba de abandonar o de hechar abajo la Metrópolis capitalista sino que, reconociendo su bondad virtual, había que denunciar a todos aquellos energúmenos que negaban a los demás, por prejuicios varios su acceso a ella. Denunciar pues a los excluyentes y excluidores se convirtió desde entonces en la actividad principal de la izquierda progresista y metropolitana, que pasó a ser una especie de esforzado observatorio de la discriminación.
Ahora bien, la filosofía ecológica, al poner en el centro de la discusión la cultura material desveló la fragilidad flagrante de todo proyecto político de uno u otro signo. La Metrópolis no podía ser nunca inocente. Por supuesto, el hecho de que todo fuera cuestionable no quería decir que a priori todo fuera desechable, sólo indicaba que la discusión tenía que poder realizarse sin trabas ni condiciones impuestas y, por supuesto, sin tener que aceptar figuras nombradas o destacadas por las instituciones d ella Metrópolis.
La realidad de la ecología perturba notablemente la nitidez de esa dualidad derecha/izquierda, señalando sobre todo la complicidad de ambas en lo que respecta su apoyo a la Metrópolis. De tdo ello se deriva una consecuencia inmediata. El intento de la izquierda progresista de hoy consiste en neutralizar la radicalidad de la ecología con el fin de adaptarla a su estrategia de identificación de la ultraderecha.
Necesita, claro, diferenciarse de la derecha y para eso está obligada a ofrecer una vulgata ecologista donde el reconocimiento o no de la alarma climática pasa a ser un elemento vertebral de confrontación.
Por poner un ejemplo, nos parece que esta confrontación quedó bien ilustrada en el debate que tuvo lugar entre el “experto” Emilio Santiago Muiño y la diputada de Vox, Patricia Rueda, en el Congreso de los Diputados en octubre del año pasado. Santiago Muiño supo encarnar la figura serena de la izquierda progresista y científica, siempre dentro de la etiqueta, frente a la diputada de Vox, que representaba el populismo ignorante y un negacionismo climático de baja estofa.
Esta asimilación de la derecha con el negacionismo climático viene de lejos. La prensa progresista ha deplorado el desprecio de Donald Trump por las energías renovables. Y sobre todo ha lamentado su falta de respeto por los científicos empleados en la investigación de la evolución climática,a los que ha llegado a despedir. Estas actitudes, según el esquema izquierdista, eran derivaciones lógicas de su personalidad despótica y fascista.
En efecto, desde hace décadas la cuestión ecológica condensada o liofilizada en forma de crisis climática pertenece por derecho a la izquierda progresista. La llamada crisis o alerta climática se ha convertido en el “deux ex machina” de la nueva ecología institucional.Su establecimiento como verdad absoluta hace posible una nueva economía plástica y silenciosa basada en el desarrollo de tecnologías renovables, automovilidad eléctrica, zonas de bajas emisiones, descarbonización, etc. Por decirlo de alguna manera, la crisis climática se ha convertido en argumento de peso para justificar medidas estatales que son en verdad estrategias empresariales. Pero gracias al acompañamiento de la izquierda, a partir de ahora el pequeño burgués ilustrado podrá mirar con ética superioridad, desde la ventanilla de su costoso coche eléctrico, al populista y resentido conductor que se arrastra todavía con su sucio y viejo coche de gasoil.
Esta confrontación entre el consumidor pobre y populista y su vecino adinerado y ecologista esconde una pardoja que solo es aparente. La derecha más patriótica y rancia lleva años rebañando votos entre las clases trabajadoras que se sienten excluidas de ciertos procesos de cambio. Es normal que este electorado recalcitrante se posicione contra cualquier veleidad ecológica de los gobiernos, de todas formas sus integrantes están controlados por la propaganda que alimenta sus intereses más mezquinos y raro sería que pudieran abrir sus espíritus al mundo vivo que los rodea y envuelve. No es que sean especialmente negacionistas del cambio climático, es que son negacionistas de cualquier principio mínimo de reflexión crítica o sensible.
Pero el calificativo de “negacionista” con el que la izquierda los estigmatiza es de todas formas engañoso. En realidad, más que ese llamado negacionismo que hipócritamente denuncian, es la gran estrategia que se está desplegando para responder al “problema” del clima lo que a la larga traerá consecuencias indeseables. Sea cual sea la naturaleza del cambio en el clima que está en marcha, lo que predomina en el espacio público es una serie de informaciones banales que se presentan ya moldeadas por la fuerza de imperativos ideológicos o de simples intereses. Aunque confiamos en la elemental honradez de los científicos, no creemos que siempre puedan ser disculpados de esta banalización de la información, así como de su instrumentalización mediática.
Esta instrumentalización ha llegado a un punto de no retorno: el ciudadano-espectador debe contemplar la llegada de las energías renovables o del automóvil eléctrico como la Unica Solución Posible para la resolución de un problema ecológico que en ningún caso está cabalmente planteado. Las medidas que se quieren introducir para paliar ciertos aspectos extremos observados en el entorno (desertización, extinción de especies, extensión de pandemias, etc) nunca abordan cuestiones de mucho más calado que conciernen una cultura metropolitana basada en el consumo y la gran distribución, una sociedad de servicios planetaria adepta al trasiego de mercancías y a la más extrema especialización laboral. En realidad, sea cual sea el carácter de la evolución climática, lo que importa es no interrumpir la fluidez de un sistema total que no tiene en cuenta la autonomía ni la libertad de la persona y que, por descontado, no se preocupa por la tierra ni por la vida de las demás especies.
Resulta casi cómico que la izquierda progresista quiera hacer de las energías renovables su emblema mediático frente a una derecha empeñada en defender una economía fósil o nuclear, pero todo ello está dentro de una estrategia de adaptación a la cultura capitalista. ¿Tendremos que insistir en el hecho de que el proyecto energético renovable de hoy apenas puede ocultar su matriz intensiva, centralizadora y autoritaria? Hasta los años ochenta las energías renovables, que también se llamaron “libres” por entonces, formaban parte de un proyecto de emancipación global de la sociedad. Hoy solo vienen a cumplir la misma función que las tecnologías industriales anteriores, es decir, proporcionar la fuerza necesaria para un mundo basado en la ideología de un crecimiento sin fin.
Dentro de la nueva “doxa”, los que nos atrevemos a lanzar algún sarcasmo cuando pasamos al lado de los gigantescos postes eólicos somos vistos como derrotistas, irresponsables, o algo peor, simples aliados objetivos de la ultraderecha… Y eso solo porque no respondemos a los reflejos condicionados de una izquierda que quiere seguir vegetando a la sombra de las instituciones.
En ese sentido, escandalizarse por el nuevo negacionismo de ciertos líderes políticos de derecha se convierte en pura mojigatería cuando comprobamos cómo la izquierda progresista sostiene esta lectura simplificad y pueril de la cuestión ecológica. En base a esa lectura se dan por buenos los avances en todo lo que supone una industria orientada hacia la “transición ecológica”. Pero, ¿por qué el sistema de empresa capitalista, que se basó siempre en una ideología del saqueo y el beneficio a corto plazo, se preocuparía hoy por una cuestión, la preservación del planeta y de comunidades más responsables, que entorpecería radicalmente su forma de funcionar?¿Qué milagro haría que la ideología del crecimiento sin fin pudiera inclinarse hacia un ideal virtuoso? La forma que toma hoy la alarma climática dentro de la cultura progresista no logra ocultar eso que algunos autores han dado en llamar agudamente “negocionismo”(Juan Bordera y Antonio Turiel).
Este negocionismo es , en el fondo, más inquietante que toda forma de negacionismo climático, ya que aquel, más que éste, está consiguiendo legitimidad moralmente, a los ojos de un electorado bienintencionado, lo que no es sino una simple economía de la destrucción. Negacionistas y negocionistas están aliados para sostener una mentira que, en el fondo, es la misma.
Señalar que los actos revolucionarios o marginales son hoy terriblemente inciertos para orientar el rumbo de nuestra sociedad es una evidencia. Pero eso no quiere decir que el Estado o sus instituciones, que son un terreno minado por infinitas tramas de intereses, puedan servir de ámbito neutral o pragmático para una transformación positiva. Reconocer ambos aspectos es un requisito previo para situarnos en el plano de la comprensión más elemental.
Nuestra obligación, si es que tenemos alguna, es la de seguir defendiendo una discusión verdaderamente libre. ¿Es todavía posible? o
