Preocupante deslegitimación del antifascismo

La represión de la resistencia ante los giros autoritarios se ha intensificado desde el asesinato de Charlie Kirk. Prueba de ello son las amenazas de muerte contra el historiador estadounidense Mark Bray. El antifašismo lleva tiempo causando estragos en Italia y se está extendiendo más allá de la extrema derecha. Sin embargo, el antifascismo es una expresión política compleja debido a la diversidad de actores, lugares, épocas, valores y proyectos sociales. No puede reducirse a una ideología.
Más de 80 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, el antifascismo está en el banquillo de los acusados, una criminalización relacionada, por supuesto, con el avance de la extrema derecha en casi todo el mundo. Sin embargo, estos ataques no pueden reducirse únicamente a su enemigo hereditario, sino que forman parte de una deslegitimación de larga duración.
De esa promesa de futuro convertida en mito tras la Segunda Guerra Mundial, el antifascismo se ha vaciado, en los últimos cuarenta años, de su contenido social, de sus horizontes de expectativa política y de su campo de experiencia; en definitiva, de su dimensión histórica. Más allá de la criminalización en curso, lo que se ataca por todas partes es precisamente lo que el antifascismo representa como condiciones para un futuro deseable. Que el historiador del antifascismo Mark Bray haya tenido que marcharse de Estados Unidos es solo uno de los últimos ejemplos.
Profesor de la Universidad de Rutgers, se vio obligado a abandonar el territorio estadounidense con su familia a principios de octubre. Es autor de Antifa: el manual antifascista (Capitan Swing, 2018). Desde el asesinato de Charlie Kirk el 10 de septiembre, Bray ha sido víctima de acoso por parte de miembros de Turning Point. La organización de Charlie Kirk lanzó a principios de octubre una petición para que el que ellos llaman Doctor Antifa fuera despedido: la petición lo describe como un “conocido militante antifa”, presenta sus trabajos como “un manual de antifascismo militante” y afirma que “con la tendencia actual del terrorismo de extrema izquierda, la presencia en el campus de un líder destacado del movimiento antifa constituye una amenaza para los estudiantes conservadores”. En X, Jack Posobiec, influencer (sea lo que sea que eso signifique) de extrema derecha, lo ha calificado de profesor terrorista interno. El especialista en fascismo y antifascismo, reconocido internacionalmente, ha sido amenazado de muerte delante de sus estudiantes en su aula.
Michael Joseph, presidente de Turning Point en el campus de Rutgers, aunque condenó las amenazas de muerte contra Mark Bray, no dejó de declarar: “Mark Bray es un cobarde, en el fondo. Pensaba que podía esconderse detrás de sus libros. Pensaba que podía esconderse detrás de su título y radicalizar a los jóvenes con total seguridad desde su aula”. La dirección de la Universidad de Rutgers reafirmó su compromiso de proporcionar un entorno seguro para la enseñanza y el aprendizaje, pero el miedo se había instalado. Temiendo por su seguridad y la de su familia, Mark Bray decidió marcharse a España, país al que llegó tras una misteriosa y sospechosa cancelación de última hora de su embarque, una nueva intimidación especialmente preocupante. Desde la muerte de Kirk, decenas de personas de los servicios públicos, las universidades, los medios de comunicación o los servicios sanitarios han sido despedidas o sancionadas por sus publicaciones en las redes sociales relacionadas con Kirk o el antifascismo. El vicepresidente Vance ha llamado a la población a la delación y el jefe de gabinete adjunto Stephen Miller ha anunciado una “guerra total” contra la “izquierda radical” .
Mark Bray es solo una de las muchas víctimas de la guerra que Donald Trump y su séquito han decidido lanzar contra lo que denominan “los locos de la izquierda radical”, señalando en realidad a aquellas personas, mujeres, hombres, asociaciones y organizaciones que se oponen hoy al giro autoritario, ofreciendo armas a la crítica y a la movilización. ¿Acaso los miembros del Gobierno de Trump no presentaron a los cerca de 7 millones de manifestantes del No Kings Daycomo “personas a las que se pagó por estar allí” y “peligrosos terroristas, inmigrantes ilegales y delincuentes violentos”?
¿Quién es el enemigo?
El asesinato de Charlie Kirk sirvió de pretexto para acelerar las políticas represivas en Estados Unidos. El 22 de septiembre, Donald Trump declaró ilegal el movimiento Antifa, describiéndolo como una “red de terroristas de extrema izquierda que pretendían derrocar al Gobierno estadounidense”. Ya lo había intentado en 2020, tras las movilizaciones que siguieron a la muerte de George Floyd. En aquel momento, el director del FBI, Christopher Wray, le respondió que Antifano cumplía los criterios para ser designada como organización terrorista. Un marco jurídico que hoy se ha pisoteado.
La denominación Antifa no hace referencia a ninguna organización concreta, como escribió el filósofo Ben Burgis, también profesor en Rutgers, sino que se trata de un “término genérico” que pretende “condenar a un conjunto difuso de actores a un destino incierto”. Designar a Antifa como una “red terrorista de extrema izquierda” tiene como objetivo fundamental criminalizar las opiniones de quienes se oponen a la política de Donald Trump y su Gobierno.
El 25 de septiembre, el presidente de los Estados Unidos firmó el decreto de seguridad “Lucha contra el terrorismo interno y la violencia política organizada (NSPM-7)”. Aunque más del 75 % de la violencia política en lEstados Unidos desde 2001 puede atribuirse a la extrema derecha, el decreto parte del supuesto aumento de la violencia de los “autoproclamados antifascistas”. La violencia política se define como “el resultado de campañas sofisticadas y organizadas de intimidación selectiva, radicalización, amenazas y violencia, diseñadas para silenciar las opiniones contrarias, limitar la actividad política, influir u orientar las decisiones políticas e impedir el funcionamiento de una sociedad democrática”. Sobre esta base, el decreto prevé que “es necesario establecer una nueva estrategia de mantenimiento del orden que investigue a todos los participantes en estas conspiraciones criminales y terroristas, incluidas las estructuras organizadas, las redes, las entidades, las organizaciones, las fuentes de financiación y los actos subyacentes que las sustentan”.
El decreto propone establecer una vigilancia preventiva para investigar, perseguir y disolver cualquier grupo o individuo sospechoso de planear violencia política incluso antes de que pase a la acción. Pero, ¿quiénes son estos antifascistas? Según el mismo decreto de seguridad, aquellos que “predican : el antiamericanismo, el anticapitalismo y el anticristianismo, el apoyo al derrocamiento del Gobierno estadounidense, el extremismo en materia de migración, raza y género, y la hostilidad hacia quienes tienen opiniones estadounidenses tradicionales sobre la familia, la religión y la moralidad”. En resumen, este decreto amplía el poder discrecional de las autoridades y amenaza la libertad de expresión y la protección de las opiniones políticas, convirtiendo en sospechosos potenciales a toda persona que defienda convicciones progresistas.
Esta ofensiva va mucho más allá de las fronteras de Estados Unidos. En Europa, la extrema derecha ha lanzado un ataque contra esta supuesta violencia antifascista. Se han organizado concentraciones en honor al activista racista, homófobo, supremacista, machista y fundamentalista cristiano en Suecia, España, Reino Unido y Francia, donde recientemente se han prohibido las manifestaciones y organizaciones antifascistas; en este último país, Nicolas Conquer, representante de Republicans Overseas y habitual de los programas de CNews, fue quien llevó las riendas. Los líderes de extrema derecha se han enzarzado en una escalada verbal, sumándose a la oleada de beatificación de Charlie Kirk procedente de Estados Unidos y a la criminalización del antifascismo. En España, Santiago Abascal, líder de Vox, afirmó el 14 de septiembre: “No nos matan porque seamos fascistas; nos tachan de fascistas para matarnos”. Por su parte, André Ventura (Chega, Portugal) denunció la “incitación al odio” por parte de la izquierda. En cuanto a Marion Maréchal Le Pen, evocó una “izquierda radical que desea una guerra civil”.
En los Países Bajos, el pasado 18 de septiembre, el Parlamento aceptó una moción propuesta por la extrema derecha de Geert Wilders, en la que se pedía al Gobierno que clasificara como organización terrorista a Antifa, cuyas organizaciones están acusadas de “amenazar a políticos e intimidar a estudiantes y periodistas mediante el uso de la violencia”. Cinco días después, los partidos europeos reunidos en el grupo de los Patriotas presentaron una moción en el mismo sentido; por otra parte, no es la primera vez que lo intentan, ya que dos años antes habían presentado un texto en el que defendían la misma línea.
Sin embargo, es en Italia y Hungría, países con gobiernos afines, donde estos ataques retóricos han tomado un cariz más concreto. En la península, Giorgia Meloni y su partido instrumentalizaron inmediatamente el asesinato de Charlie Kirk. La presidenta del Consejo retomó una de sus narrativas favoritas, que ya había utilizado en su discurso de investidura, señalando la supuesta violencia antifascista para blanquear mejor su entorno político: “El odio y la violencia política vuelven a ser una realidad alarmante”, afirmó dos días después del asesinato de Charlie Kirk. “Vengo de una comunidad política que a menudo ha sido acusada, injustamente [sic], de difundir el odio y que ha sido acusada, imagínense, por aquellos mismos que hoy callan, minimizan, e incluso justifican o celebran el asesinato”. Una familia política, cabe recordar, que hunde sus raíces en el Ventennio fascista y el neofascismo, responsable, en la posguerra, de diversos atentados terroristas, en particular en la Piazza Fontana de Milán (12 de diciembre de 1969: 17 muertos y 88 heridos), en la Piazza della Loggia de Brescia (28 de mayo de 1974: 8 muertos y 102 heridos) y en la estación de Bolonia (2 de agosto de 1980: 85 muertos y más de 200 heridos).
A propuesta de Fratelli d’Italia (FdI), el Parlamento italiano incluso organizó, el pasado 23 de septiembre, una conmemoración del activista de extrema derecha, contribuyendo a su martirio internacional. Salvo error, es el único parlamento de Europa que ha llegado tan lejos, convirtiendo a Charlie Kirk (un “hombre, hijo, marido, padre, cristiano”, según las declaraciones de un diputado de FdI)en un “mártir de la libertad”. Al servicio de estas declaraciones, el informe elaborado por la Oficina de Estudios de la Cámara y el Senado de Fratelli d’Italia, titulado “Quién aviva el fuego del odio político”, recoge 28 episodios de «violencia política» contra la extrema derecha italiana desde 2022 hasta la actualidad, entre los que se incluyen declaraciones, consignas y pancartas consideradas «peligrosas».
Por su parte, el primer ministro húngaro incluyó, el 27 de septiembre de 2025, a los grupos Antifa en una lista de organizaciones terroristas. Mencionó explícitamente el caso de la eurodiputada italiana Ilaria Salis, detenida durante más de quince meses en un centro de alta seguridad en Hungría. Se enfrentaba a una pena de once años de prisión por su presunta participación en la agresión a militantes neonazis, acusaciones que ella siempre ha negado. La solicitud de Budapest de levantar la inmunidad parlamentaria de esta eurodiputada fue rechazada el pasado 7 de octubre por un solo voto en el Parlamento Europeo. El reñido resultado de la votación dice mucho sobre el fortalecimiento de una alianza cada vez más sólida entre la derecha y la extrema derecha, tanto en sus discursos como en sus prácticas. Esta guerra política contra el antifascismo no data del asesinato de Charlie Kirk, cuyo presunto autor, por otra parte, no tiene ninguna relación con la izquierda ni con el antifascismo. Algunos análisis parecen incluso inclinarse por un crimen cometido por un joven vinculado a redes situadas a la derecha del líder de extrema derecha, una hipótesis que, como recordamos, había planteado Jimmy Kimmel y que casi le cuesta su puesto en la televisión. Sin embargo, hoy en día está cobrando un nuevo impulso. ¿Qué ha sido del antifascismo? como recordamos, y que casi le costó su puesto en la televisión. Sin embargo, hoy cobra un nuevo vigor.
¿Qué ha sido del antifascismo?
¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo es posible que estos discursos sobre el antifascismo no solo se hayan vuelto posibles, sino que incluso puedan pasar por verdaderos más allá de los círculos de la extrema derecha internacional? El concepto de antifascismo es quizás la más adecuado para captar el paso de una narrativa sobre el antifascismo propagada desde la segunda mitad del siglo XX por los fascistas y sus herederos directos, y la de la derecha que facilitó su difusión a gran escala 1. Ya durante la Guerra Fría, el antitotalitarismo había sustituido al antifascismo “para inmunizar al supuesto mundo libre: el comunismo era intercambiable con el fascismo y todos los detractores de la sociedad de mercado y la democracia liberal eran enemigos totalitarios” 2. Una narrativa que se fue imponiendo poco a poco con tanta facilidad como el totalitarismo se había convertido en sinónimo de comunismo, reducido a su dimensión criminal (deportaciones, gulags, masacres) y ocultando por completo su dimensión emancipadora. El antifascismo se redujo a un “poderoso instrumento ideológico de propaganda” y se asimiló a un espíritu totalitario, antidemocrático y terrorista.
El horizonte de legitimidad del antifascismo no ha dejado de ampliarse, favorecido por el alejamiento de los hechos, la desaparición de sus principales actores, la aparición de una generación sin experiencia directa del fascismo y la reticencia de la cultura antifascista a cuestionar sus propios tabúes, en particular su relación con la URSS estalinista 3. Desde principios de la década de 1990, la batalla política contra el antifascismo se ha expresado en una historiografía revisionista que se ha fijado “el objetivo de denunciar más que de hacer comprender” 4. Un giro tras el que se escondía la alianza de los contrarrevolucionarios renovados con los conservadores en el juicio a los procesos revolucionarios de cualquier tipo. Desde Estados Unidos hasta los países del antiguo bloque soviético, la historia de los subalternos ha estado en el centro de un proyecto cultural y político de inversión de valores, llevado a cabo con diligencia y constancia. Así, la reductio ad absurdum, de la que ha sido objeto la historiografía denominada de izquierda, radical o militante, ha justificado no solo el olvido de los estudios e interpretaciones sobre el antifascismo, sino también la negación reivindicada de lo que el antifascismo ha representado y de lo que aún tiene que decirnos. Ernesto Galli della Loggia, hoy al frente de la comisión de revisión de la enseñanza superior creada por el Gobierno de Meloni, resume esta opción política en una frase: “Si el fascismo es violencia, ilegalidad y supresión de la libertad, su antítesis no es el antifascismo, sino la democracia”.
La deslegitimación del antifascismo no solo ha sido obra de los herederos directos del fascismo, sino que también ha sido adoptada por un amplio grupo de la derecha, tanto más fácilmente cuanto que funcionaba en paralelo con las políticas de austeridad y la consiguiente necesidad de “retirar a las clases populares del intercambio político” 5. Así, según un informe de mayo de 2013 sobre la zona euro, publicado por la sociedad financiera J. P. Morgan, las constituciones surgidas de la lucha antifascista y sobre las que “los partidos de izquierda” habían ejercido una “fuerte influencia” eran una de las causas estructurales de las crisis que afectaban a los países del sur. Estas constituciones, según el informe de la empresa acusada por el Gobierno estadounidense en la crisis de las hipotecas subprime, tenían como principal debilidad: “ejecutivos débiles, Estados centrales débiles en comparación con los poderes de las regiones; protección constitucional de los derechos de los trabajadores; sistemas políticos basados en el consenso que favorecen el clientelismo; el derecho a protestar si se introducen cambios no deseados en el statu quo político” 6.
El eliminación de las raíces antifascistas, los fundamentos, las bases y las condiciones políticas, sociales y culturales de la lucha contra el fascismo, así como la inversión de su significado, ha sido una estrategia reflexiva, coherente y planificada. Así, el revisionismo, que hace unos años aún era objeto de numerosos debates, parece hoy estar a punto de ganar la partida 7.
La actual “corriente parda” 8 no es un accidente, sino un proceso de hegemonía gradual que la extrema derecha intenta consolidar tanto mediante políticas coercitivas como mediante la búsqueda de un consentimiento activo (¿no definía Antonio Gramsci el Estado moderno como una hegemonía blindada por la coerción? 9). ¿Acaso la Heritage Foundation, que elaboró el Proyecto 2025, no la situó en el centro de la “segunda revolución estadounidense, que seguirá siendo incruenta si la izquierda lo permite” 10? La educación reviste una importancia fundamental en este sentido. Como escribió la historiadora Ruth Ben-Ghiat, “no se contentan con restringir la libertad intelectual y modificar el contenido de la enseñanza para reforzar sus agendas ideológicas, sino que también tratan de transformar las instituciones de enseñanza superior en lugares que premian la intolerancia, el conformismo y otros valores y los comportamientos exigidos por los regímenes autoritarios”.
En Italia, desde principios de la década de 2000, la derecha italiana, aliada con los “nietos de Mussolini” 11, se ha dedicado regularmente a vigilar los libros de texto, acusados de sesgo ideológico. Esta tendencia se ha materializado recientemente en ataques contra el libro de texto de historia contemporánea Trame del Tempo, escrito entre otros por el historiador Carlo Greppi, considerado “ofensivo”, “partidista” y “lleno de odio”. Por no hablar de las recientes declaraciones de la ministra de Familia, Eugenia Rocella, quien afirmó que los viajes de estudios a Auschwitz (rebautizados con desdén por la ministra como “excursiones escolares”) “se han fomentado y valorado” porque “permiten repetir que el antisemitismo es una cuestión fascista y punto”, en resumen, un “vector de adoctrinamiento antifascista” . A esto se suman las nuevas indicaciones para la enseñanza de la historia en las escuelas primarias y secundarias difundidas en marzo de este año, cuya ambición es llegar a una reescritura de los libros de texto, pisoteando alegremente la libertad de enseñanza garantizada por la Constitución. Estas prescripciones, no contentas con afirmar en la introducción que “solo Occidente conoce la historia”, insisten en el papel de la historia desarrollado por el Gobierno de Meloni, que consiste en convertirla en un instrumento de formación de “la identidad de los futuros ciudadanos”, al tiempo que se fomenta “un juicio moral sobre el pasado”.
En Estados Unidos, el caso de Mark Bray se inscribe en una represión cada vez más violenta de los análisis, las investigaciones y las ideas críticas. El propio historiador subrayaba en el New York Times: “Mi papel en todo esto es el de profesor. Nunca he formado parte de un grupo antifascista, y tampoco lo soy en la actualidad”. Y añadía: “Me considero antifascista en la medida en que estoy en contra del fascismo, pero no formo parte de ninguno de esos grupos”. Atacar a los docentes, según el presidente de la Federación Americana de Docentes, es atacar a quienes “transmiten conocimientos, incluidas las habilidades de pensamiento crítico, que preparan a nuestros hijos para su futuro”; es atacar a “los pilares del movimiento obrero, cuyo objetivo es defender las aspiraciones de las familias trabajadoras” 12. En el marco de esta guerra cultural, se ha confiado a la America 250 Civics Coalition, que cuenta con el apoyo de unas cuarenta organizaciones de extrema derecha integrista, el objetivo de “restaurar la vitalidad del espíritu estadounidense” y “movilizar a los jóvenes hacia una ciudadanía activa e informada”, eliminando los “aspectos negativos” de la historia estadounidense, empezando por la esclavitud y la discriminación racial, que deben desaparecer de los programas escolares y las exposiciones.
Mientras tanto, estados republicanos como Florida han adoptado programas escolares obligatorios centrados en el patriotismo, el respeto a las instituciones y la celebración de la cultura occidental estadounidense. Estas medidas se ven reforzadas por la influencia de estructuras privadas, como la Prager University Foundation, financiada por los hermanos Wilks, magnates del petróleo, y dirigida por Marisa Streit, antigua agente de las unidades de inteligencia del Ejército israelí. La Prager U difunde sin acreditación sus productos, en particular vídeos pedagógicos, en las escuelas de Florida para contrarrestar los programas educativos presentados como izquierdistas; cabe destacar en particular la caricatura sobre Cristóbal Colón en la que este explica a los niños que, al fin y al cabo, la esclavitud no era tan mala.
“Siamo tutti antifascisti”
La destrucción del antifascismo desempeña un papel fundamental en esta gran revisión cultural, porque el antifascismo está en el centro de la lucha por la igualdad, la libertad, la justicia social y la emancipación, y porque su historia es un “ejemplo vivo”, un “ideal encarnado” de la acción de hombres y mujeres que se comprometieron y tuvieron un impacto en la vida de cientos de miles de personas, de aquellos que pudieron experimentar en carne propia que, como escribió el socialista revolucionario Emilio Lussu, “si el miedo es contagioso, el valor también lo es”. No hay consenso sobre la definición de antifascismo, salvo la idea general de que el fascismo se opone al humanismo de la Ilustración y a sus valores universales. ¿No actualiza el fascismo la lucha por la defensa de las libertades democráticas?
El antifascismo designa una expresión política compleja, no unitaria y plural por la cantidad y diversidad de actores, lugares, períodos, tradiciones políticas e ideológicas y, por consiguiente, de valores expresados y proyectos de sociedad contradictorios, incluso incompatibles 13. Por lo tanto, no puede reducirse, como ocurre hoy en día con demasiada frecuencia, a una ideología. Varía en el tiempo y en el espacio, y su definición cambia según los programas políticos y el repertorio de acción colectiva movilizados. También depende de su relación dinámica con el fascismo en todo el mundo, que modifica su significado y alcance, pero no puede subsumirse en esta postura negativa. Si, como señala el historiador Joseph Fronczak en una excelente obra sobre el antifascismo mundial, el fascismo surge primero 14, existe un antifascismo popular sin doctrina previa; en otras palabras, un antifascismo en constante construcción incluso antes de que quienes se oponen al fascismo se identifiquen como tales, incluso antes de que utilicen el sustantivo antifascismo para designar este tipo particular de militancia. En resumen, un antifascismo existencial que se asemeja a lo que el historiador estadounidense Anson Rabinbach denomina “una mentalidad” o “un habitus” 15.
El antifascismo constituye así una aspiración de las clases populares hacia la unidad que, de hecho, atraviesa toda su historia 16. El antifascismo surge de un siglo de luchas globales contra el fascismo y “sus posibles permanentes”. ¿No escribió Max Horkheimer: “Pero quien ni quiera hablar de capitalismo debería callar también sobre el fascismo” 17? En el corazón mismo de su lucha integral, de su naturaleza esencial, la lucha antifascista traza el horizonte deseable de una “democracia auténtica, total y directa”. Este es el grito que se eleva hoy en día en las manifestaciones que reúnen a millones de personas en todo el mundo: “Todos somos antifascistas”. Mejor que cualquier comentario adicional, el poema de 1937 del poeta peruano César Vallejo da el sentido profundo de la actualidad del antifascismo y los temores que suscita:
Al final de la batalla
y muerto el combatiente, vino hacia el un hombre
y le dijo: “No mueras, te amo anto!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
“No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!
Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: “Tanto amor y no poder nada contra la muerte!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con el ruego común: “¡Quédate hermano!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado:
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar… 18
Traducción: viento sur
