Palantir y el nuevo rostro del poder: Cuando Silicon Valley se prepara para la guerra.
07/06/2026
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Por el Observatorio de la Represión
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Del mito de la innovación al capitalismo militar de la inteligencia artificial. El manifiesto de Palantir revela la intersección entre las grandes tecnológicas, el complejo militar-industrial y el proyecto político reaccionario que pretende sustituir la democracia por el dominio de los algoritmos y los multimillonarios.
Durante años, Silicon Valley ha cultivado su imagen como centro de innovación, creatividad y progreso. Las grandes empresas tecnológicas se han presentado como precursoras de un futuro mejor, capaces de derribar barreras, democratizar el conocimiento y conectar el mundo. Sin embargo, tras esta narrativa ha crecido un poder económico sin precedentes, basado en la recopilación de datos, la vigilancia digital y la concentración de una inmensa riqueza en manos de unos pocos particulares.
Hoy esa máscara se cae.
La publicación por parte de Palantir de un manifiesto de veintidós puntos representa más que una simple postura corporativa. Es la declaración pública de una transformación que ya está en marcha: el cambio del Silicon Valley de la innovación al Silicon Valley de la guerra. Ya no se trata simplemente de empresas tecnológicas que colaboran con estados, sino de entidades políticas que aspiran a redefinir la relación entre tecnología, poder y soberanía. Palantir no es una startup cualquiera. Fundada en 2003 por Peter Thiel y Alex Karp, es una de las empresas más influyentes en los sectores de inteligencia, vigilancia y análisis de datos. Nacida tras el 11-S y respaldada desde sus inicios por la financiación de In-Q-Tel, el fondo vinculado a la CIA, la empresa construyó su imperio desarrollando herramientas utilizadas por el ejército estadounidense, las agencias de inteligencia y las agencias de seguridad occidentales. El manifiesto publicado por la empresa tiene el mérito no intencionado de explicitar una visión del mundo que hasta hace poco se expresaba de forma más cautelosa. Afirma que los ingenieros de Silicon Valley tienen el deber de contribuir a la defensa nacional; La cuestión no es si se construirán armas basadas en IA, sino quién las construirá; Occidente está en decadencia y la próxima guerra debe prepararse tecnológicamente. Estas no son meras consideraciones estratégicas. Son una concepción de la tecnología como instrumento de dominación política y militar. Tras el lenguaje de la eficiencia y la innovación emerge una visión profundamente jerárquica de la sociedad. Algunos pasajes del documento evocan abiertamente la idea de culturas superiores e inferiores, civilizaciones destinadas a liderar el mundo y otras consideradas atrasadas o disfuncionales. Esta retórica recuerda a antiguas ideologías coloniales y supremacistas, ahora disfrazadas con el lenguaje de la tecnología y la inteligencia artificial.
Pero el aspecto más inquietante se refiere al papel que se atribuye a las grandes empresas tecnológicas. El manifiesto argumenta que los actores privados deberían intervenir allí donde el mercado o el Estado han fracasado. Esta formulación, aparentemente inofensiva, oculta una transformación radical: la sustitución progresiva del poder público por el poder corporativo.
Ya no se trata solo de economía. Empresas como Palantir gestionan información sensible, sistemas de vigilancia, infraestructura estratégica, programas militares y aparatos de seguridad. Poseen una enorme cantidad de datos que ningún Estado democrático podría haber acumulado hasta hace unas décadas. Cuando una empresa privada controla las herramientas utilizadas para vigilar a la población, identificar sospechosos, planificar operaciones militares y gestionar información estratégica, la línea entre el poder económico y el político tiende a desdibujarse.
Aquí es donde el concepto de tecnofeudalismo deja de ser una provocación teórica para convertirse en una descripción concreta de la realidad. Los gobiernos dependen cada vez más de la infraestructura tecnológica construida por unas pocas multinacionales. Las decisiones públicas están influenciadas por entidades privadas que no rinden cuentas a los votantes, no están sujetas al control democrático y persiguen sus propios intereses económicos.
La inteligencia artificial representa la etapa más avanzada de esta transformación. En Gaza, los sistemas de IA ya se han utilizado para seleccionar objetivos y apoyar operaciones militares. En Estados Unidos, el Pentágono está acelerando la integración de algoritmos y sistemas de guerra. En Europa, las principales plataformas tecnológicas están consolidando su presencia en los sectores de seguridad e inteligencia. La guerra se automatiza cada vez más, mientras que la toma de decisiones se aleja del control democrático y se concentra en manos de una reducida élite político-tecnológica.
En este contexto, el manifiesto de Palantir no se presenta como un incidente aislado, sino como un síntoma de una transformación más profunda. El capitalismo contemporáneo ya no se limita a producir bienes o servicios. Produce infraestructuras de control, sistemas de vigilancia, tecnologías militares y modelos de gobernanza. La guerra ya no es simplemente una consecuencia de la política: se ha convertido en un sector económico estratégico, impulsado por la inteligencia artificial, los datos y la centralización tecnológica.
Por eso este asunto nos concierne a todos. No solo a Estados Unidos, no solo a Silicon Valley. Concierne a Europa, que confía una parte cada vez mayor de su seguridad a gigantes privados. Concierne a las democracias contemporáneas, cada vez más dependientes de infraestructuras que no controlan. Concierne al futuro mismo de la política.
Porque cuando los gigantes tecnológicos dejan de limitarse a vender armas de guerra y empiezan a desarrollar su propia visión del mundo, la sociedad y el orden internacional, el problema deja de ser meramente económico. Se convierte en democrático. Y el riesgo es que el siglo XXI sea recordado como la era en la que el poder abandonó definitivamente las instituciones representativas y pasó a manos de una estrecha oligarquía tecnológica, armada con algoritmos, datos y capacidades militares sin precedentes.
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