HUÉRFANAS, HERIDAS Y ROTAS
Yanira Hermida Martín
El franquismo nos dejó cautivas en matrimonios rotos y amargos, en relaciones y familias jerárquicas, feroces y desiguales. Desarmadas ante las voluntades y los deseos de capataces, jefes, patronos, amos y dueños. Vencidas como deshechos, negadas, sin derechos civiles ni condición de ciudadanía reconocida.
El franquismo nos dejó heridas tras una masacre lenta y continuada, a menudo silencionsa pero no por ello menos violenta.
El franquismo nos dejó un corpus legal plagado de leyes injustas, revanchistas, represivas, misógenas y LGTBIQ-fóbicas.
El franquismo nos dejó huérfanas completas de una genealogía feminista de mujeres que fueron y consiguieron ser libres por instantes. Las que soñaron y vislumbraron otros mundos para todas nosotras.
El franquismo nos dejó enfermas de miedo y silencios. Presas de nuestras propias cárceles internas. Expuestas a la delación de familiares o vecinxs. Recluidas entre los muros que impusieron sus dispositivos de control y vigilancia políticosocial: prisiones, campos de concentración, reformatorios, casas de niños, casas cuna, centros del Patronato de Protección a la Mujer, iglesias, parroquias, aulas y talleres bajo la dirección de la Sección Femenina, etc.
El franquismo nos dejó miseria y hambre instalada hasta la médula. Pobreza como linaje y ansias de certezas y verdades.
El franquismo nos dejó una cuenta pendiente llena de vejaciones y humillaciones a lxs que no entrabamos en la categoría de “hombre español”.
El franquismo nos dejó incontables madres vacías de hijxs e hijxs arrancados de los brazos de sus madres y alejadxs de sus familias.
El franquismo nos dejó mentiras convertidas en símbolos patrios y banderas.
El franquismo nos dejó a sus funcionarios de la dictadura, sus estómagos agradecidos, sus redes clientelares y corruptas, sus jueces, sus abogados, sus maestros de Falange y de la Sección Femenina, sus médicos y sus monjas, también sus curas y su impunidad divina. Sus militares y sus policías. Allí quedaron de la noche a la mañana bajo otra bandera y al srevicio de la monarquía.
El franquismo nos dejó un juego perverso de espejos, en los que aparecía el progreso y la supuesta liberación maquillando las viejas maneras de la opresión cisheteropatriarcal: ¿Puede entenderse como liberación secual un “destape” que hunde la mirada misógena del deseo sobre cuerpos de mujeres jóvenes, algunas aún menores de edad?,¿puede ser esa nuestra barra de medir?
Pero el franquismo también nos dejó sed de venganza y de justicia, ganas de arañar con el úmtimo aliento la libertad y la dignidad robada.
El franquismo nos dejó una desconfianza atávica al poder, al mundo del macho y al hombre del conocimiento.
El franquismo nos dejó huecos, pequeños y escondidos donde colar ecos de otras vidas y otras expectativas. Otros saberes.
El franquismo nos dejó mucha esperanza metida y empacada en maletas del exilio.
El franquismo nos dejó libros prohibidos que desafiaron desde sus escondites las quemas fascistas y a sus adeptos.
El franquismo nos dejó pequeñas y grandes resistencias que heredamos en gestos cotidianos, en la supervivencia compartida, en el orgullo de clase que no consiguió arrebatar del todo, en la cooperación y la solidaridad, en la compasión y generosidad de quienes no se resignan del todo.
El franquismo en cierto modo nos deja. Pero no de un día para otro. No fue fácil. Nos va dejando lento, paso a pasito. Así pudo revelarse tanto lo nuevo como lo que vamos descubriendo del pasado.
Publicado en la revista “Al Margen” Nº 137 Primavera 2026
