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POR QUE NO ES POSIBLE LA PREVENCIÓN
Sobre las limitaciones de los sistemas sanitarios para desarrollar instrumentos para la salud colectiva
En los países de nuestro entorno se defiende habitualmente que la atención sanitaria es un derecho de los residentes. Sin embargo, esto es muy cuestionable, ya que la universalización de la asistencia sanitaria aparte de ser bastante reciente, no es exactamente una conquista social fruto de antiguas luchas obreras, sino que responde en gran parte a una seried e factores que concurrieron en algunos países centrales, trasw la II Guerra Mundial, que dieron lugar a la creación de los denominados “Estados del bienestar”, y dentro de ellos a los Sistemas Nacionales de Salud (SNS), entre ellos.
-El acceso a combustibles fósiles baratos que permitieron mantener una fase de expansión económica, justificada en base al mantra del crecimiento indefinido, y basada en la explotación e las riquezas de los países periféricos, lo que generó una fase de acumulación de plusvalías, que posibilitaron al capitalismo derivar parte de ellas para poner en marcha los “estados de bienestar”.
-La necesidad de control de las enfermedades transmisibles que, aunque tenían mayor frecuencia entre la clase obrera, también afectaban a las clases dirigentes, así como mano de obra sana para surtir en aquel momento al aparato industrial, aparte de poder garantizar efectivos miitares capacitados para intervenciones en dichas zonas periféricas.
-El interés por garantizar ciertos niveles de paz social, desactivando posibles luchas obreras.
-La necesidad de destruir los modelos previos de atención basados en la ayuda mutua y la solidaridad, ligados a las sociedades fraternales y de socorros mutuos, que implicaban autonomía obrera y control democrático de su funcionamiento. Imponiendo frente a ellos sistemas construidos y configurados desde visiones de organización vertical y jerarquizada, cediendo el dominio de la estructura y su funcionamiento a profesionales médicos.
Lo más plausible, según apunta David Graeber, es que se trató de un pacto social entre la clase obrera de los países centrales y el poder estatal: “A finales de la Segunda Guerra Mundial el espectro de un levantamiento de la clase obrera, que tanto había espantado a las clases altas de Europa y Norteamérica durante el siglo anterior, practicamente se había desvanecido. Un acuerdo tácito suspendió la guerra de clases. A las clases trabajadoras y blancas de los países del Norte les ofrecieron un trato. Si dejaban de lado las fantasías de cambiar radicalmente la naturaleza del sistema, se les permitiría mantener sus sindicatos, disfrutar de ventajas sociales (pensiones, vacaciones, sanidad) y, quizás lo más importante, gracias a instituciones educativas públicas bien dotadas economicamente… saber que sus hijos tenían una posibilidad razonable de abandonar por completo la clase obrera”.
Dentro del denominado “Estado social” los sistemas sanitarios fueron uno de los elementos centrales, sin embargo,desde su creacion se pudo comprobar que iban a estar al servicio de los intereses de la acumulación capitalista, hasta el punto de centrar su funcionamiento en aspectos exclusivamente asistencialistas, entre otras razones debido al reduccionismo biologicista imperante en la época, producto de los descubrimientos microbiológicos y la fe ciega en los medicamentos, que se impusieron a las tendencias higienistas, que aunque tampoco cuestionaban directamente al sistema, sí defendían la importancia del medio. Así el debate entre Pasteur y su “teoría del germen”(vacunar al pez) y la “teoría del territorio” (limpiar el tanque) de Bechamp, no generó una integración de ambaspropuestas, sino la prevalencia de la primera, aunque se dice que pasteur admitió a su muerte en 1895, la razón de su amigo Claude Bernard, que defensía que “el microbio no es nada, el terreno lo es todo”.
De esta forma se instauró el mantra de la enfermedad como hecho individual, y consecuentemente de que el “problema no está en el sistema social, sino en el individuo”, lo que permitió la orientación de estos sistemas hacia la dotación de ciertos niveles de asistencia a la población, bloqueando desde sus inicios cualquier intento de actuación contra los determinantes económicos, laborales, medioambientales y sociales de la enfermedad, como muy pronto denunció el salubrista italiano Giovanni Berlinguer, que también llegó, como Graeber, a la conclusión de la existencia de un pacto entre el sector obrero y el poder capitalista, esta vez para eludir cualquier intervención sobre los “productores de enfermedad”: “Los SNS son proyectos de reconciliación de los trabajadores con el orden establecido, que llegaron a renunciar a modificar los factores que inciden en las enfermedades”.
Por tanto, estos sistemas nacieron con una limitación fundamental: en plena transición epidemiológica, de enfermedades transmisibles a no transmisibles, se renunciaba a actuar sobre la mayor parte de las causas de estas últimas, que eran cada vez más evidentes dado el acelerado proceso de indusgtrialización y urbanización que se estaba produciendo en los países centrales fundamentalmente, y que modificaba los esquemas explicativos previos. Aunque una minoría de epidemiólogos han contestado al capitalismo y han denunciado con sus estudios al sistema, la gran mayoría se ha alineado con el poder biotecnológico al asumir una mirada individual, reduccionista, biologicista, conductual, de los determinantes de la salud, invisibilizando los de tipo social.
Uno de los autores que mejor ha plasmado la imposibilidad de realizar acciones de promoción de la salud colectiva desde el sistema sanitario, fue el apenas conocido sociólogo norteamericano Irving Kenneth Zola, quizás quien mejor ha condensado el funcionamiento de la actividad socio-sanitaria diaria y las limitaciones para actuar sobre los factores que producen enfermedad o daños que, aunque hoy en día estén perfectamente identificados en muchos caosos, gozan de inmunidad por parte de las autoridades sanitarias: “Algunas veces me imagino que estoy en la orilla de un río que correr rápidamente y escucho los gritos de un hombre que se ahoga. Me tiro al agua, coloco los brazos a su alrededor, lo saco del río y le doy respiración artificial. Y cuando comienza a respirar, oigo otro grito, así que me echo de nuevo al río, saco a la persona y estimulo su respiración; luego apenas comienza a volver en sí suena otro grito: de nuevo a brincar, rescatar, dar respiración artificial… y otro grito. Una y otra vez, interminablemente, se repite la secuencia. Lo peor del caso es que estoy tan ocupado saltando al agua, saccando a gente y dando respiración artificial que no tengo tiempo para investigar quién se encuentra río arriba empujando a esas personas al agua”.
Por lo tanto, a las pocas décadas de su creación, diferentes autores realizaron advertencias, que quedaron mayoritariamente en el olvido, denunciando las limitaciones de los sistemas sanitarios para promover la salud. Es decir, el sistema estaba enfocado a la práctica hegemónica, en absoluto a la prevención.
Curiosamente 1973 marca el año en el que se va a publicar en Canadá el Informe Lalonde (“Determinantes de la salud y afectación de los recursos, Laframboise y Lalonde”), primer documento de un gobierno moderno en el mundo occidental, en reconocer que nuestro énfasis en potenciar sistemas de atención médica biomédica era incorrecto, y que teníamos que mirar más alla del sistema de atención médica tradicional (atención a la enfermedad) si deseábamos mejorar la salud de la población. El informe no surge por casualidad, sino en un momento de crisis del sistema capitalista, la del petróleo en 1973. Esta crisis puso en evidencia, por cuestiones de prioridad presupuestaria, el coste creciente de los gastos médicos y su “insostenibilidad”. Hacía falta buscar alternativas, mirar hacia afuera del sistema asistencial como mecanismo de ahorro presupuestario. Nunca se planteó como una crítica radical al sistema que le daba soporte, el capitalismo. Aunque el informe no establece la jerarquía de sus componentes, y los sitúa a todos en un mismo plano, sobrevalorando el papel de los sistemas sanitarios, no puede ocultar la contribución potencial a la reducción de la mortalidad de otros factores y el gasto sanitario para cada uno de ellos en aquel momento: las condiciones de vida(mal llamados estilos de vida) podrían contribuir a realizar la mortalidad en un 43% mientra ssolo recibían una aportación económica del 1,5%; medioambiente (19% y una aportación económica del 1,5%); genética (27% y una aportación económica del 7,9%); y sistema sanitario (11% y 90% del gasto). En síntesis, el sistema sanitario, que apenas contribuía potencialemnte a una reducción de la mortalidad del 11%, se llevaba el 90% del gasto sanitario, mientras el medio ambiente y las condiciones de vida que aportaban un 62% (en aquella época, hoy posiblemente más) sólo recibían el 3% del gasto. El informe sirvió para abrir una brecha en el discurso monolítico de la época, sin embargo, no tuvo ninguna aplicación práctica dado el inmovilismo del aparato gerencial y los intereses del complejo médico.industrial.
En 1974, tuvo que ser el filósofo Michael Foucault, conocido por sus estudios criticos de las instituciones, entre ellas la medicina, quien ya puntualizaba los intereses del Estado por mantener los sistemas sanitarios: “El Estado se hace cargo de la salud,,, lo que significaba para el Estado esencialmente asegurar la fuerza física laboral y de producción y la defensa y ataque militar. El cuerpo del individuo se convierte en objetivo principal de la intervención del Estado”. Así como por la paralización de los beneficios sociales para la salud colectiva que en teoría garantizaba el desarrollo del aparato médico: “el avance tecnológico importante que significó progreso capital en la lucha contra las enfermedades y el nuevo funcionamiento económico y político de la medicina, sin conducir al mejor bienestar sanitario que cabía esperar, sino a un curioso estancamiento de los beneficios posibles resultantes de la medicina y de la salud pública”. Llegando incluso a advertir lo que en pocas décadas se haría realidad en los países centrales, gracias al hiperdesarrollo de los sistemas hospitalarios en detrimento de la atención primaria, que llevan inevitablemente al sobrediagnóstico y al sobretratamiento: “el nivel de consumo médico y tecnológico no guarda relación directa con los resultados de salud”. Y como no, denunció tempranamente la captación de los profesionales por el sector FraMafia: “se está produciendo la conversión de médicos en meros intermediarios entre la farmacia y el cliente”.
En la misma época el pensador austriaco Ivan Ilich establece en “Némesis médica. La expropiación de la salud”, una crítica demoledora de la deriva de estos sistemas, el sueño loco de lprogreso, la conversión en consumidores médicos pasivos, y advierte tanto de los problemas derivados de la contraproductividad (traspasado cierto umbral de desarrollo los sistemas generan efectos contrarios a los perseguidos), como de los tres tipos de yatrogenia que producen: clínica (daño causado a los pacientes por tratamientos ineficaces, tóxicos e inseguros), social (medicalización de problemas sociales y de la propia vida, creación d ellas “no enfermedades”), y cultural (destrucción de las formas tradicionales de afrontar y dar sentido a la muerte, el dolor y la enfermedad). Su obra supuso un antes y un después respecto a la crítica a la medicina tcnologizada frente al abandono de modos de vida menos destructivos que los que conlleva el proceso de industrialización.
En 1978, el médico chileno Luis Weinstein, cuya experiencia partía del trabajo comunitario en el Chile de los años sesenta y durante el gobierno de la Unidad Popular, coincide en las limitaciones para desarrollar instrumentos preventivos y de actuación contra los “productores de enfermedad” ya que colisionarían con el aparaato económico capitalista: “Desde el punto de vista médico, los esfuerzos preventivos terminan cuando su concreción puede perturbar la estructura del sistema”, o “La medicina debería de preocuparse de la salud, pero en la práctica no puede hacerlo… sin entrar en conflicto con la burguesía y su estructura”. Su análisis supone una crítica radical a las instituciones sanitarias; a los indicadores de salud, derivados todos de la enfermedad; a la especialización desaforada, reclamando un enfoque integral, y sobre todo reivindica un concepto de prevención en salud participativo y autogestionado desde la comunidad, no desde el púlpito de los especialistas.
Por su parte, ya en los años 90 del siglo pasado, el antropólogo médico y de salud pública Eduardo Menéndez crea el concepto de “Modelo Médico Hegemónico”, cuyas funciones son curativas, de normatización, de control y de legitimación, y es pionero en la denuncia de la epidemiología del poder: “La epidemiología que domina en los institutos y organismos de salud pública utiliza los datos sobre desigualdades socioeconómicas en términos de disgtribución y de niveles, pero nunca en términos de dinámica de clase o inclusive de estratos sociales”. También este autor incide en la visión centrada en la enfermedad y en lo biológico, y en la ocultación de lo social para la construcción del aparato biomédico, y por ende de sus respuestas terapeúticas: “El saber médico reduce la enfermedad a signos y a diagnósticos construídos a través de indicadores casi exclusivamente biológicos, lo cual posibilita que tanto el enfermo como su enfermedad sean separados de sus relaciones sociales concretas. Eso además orienta a trabajar casi exclusivaemnte con la enfermedad y no con la salud”.
También en los años 90, tiene que ser de nuevo Giovanni Berlinguer quien alerte sobre los efectos de la hipetrofia del modelo médico basado en la superespeciaización en detrimento de la medicina de base: “los efectos de la sobremedicalización, sobreespecialización, y sobrehospitalización de un modelo de salud sostenido solo (o mayormente) en instituciones/hospitalarias crean problemas financieros (…), impiden la prevención y los ervicios básicos de salud, e impiden la libre competencia, basada en resultados en salud, entre las instituciones privadas y públicas”.
No podía faltar uno de los espíritus más interesantes de la medicina, el checo Petr Skrabanek, que denuncia premonitoriamente la imposibilidad de crear salud colectiva desde dentro del sistema capitalista, que es capaz de subvertir cualquier actividad para convertirla en un negocio: “La mayoría de las acciones preventivas y de cribado son poco eficaces, carecen de fundaemnto científico y a menudo son sólo una manifestación del del deseo de poder de la burocracia y de los esfuerzos de las empresas farmaceúticas por aumentar sus beneficios”, al tiempo que, coincidiendo con Foucault, denuncia la mercantilización de la medicina y su “transición de profesión a negocio ya en la década de 1960-1970”.
a pesar de ello, en los países en los que se instauraron SNS, estos tuvieron un aporte positivo, al contribuir a mejorar la salud de la población, incluidas las clases bajas. En otros, como en EEUU, las élites y los intereses de las poderosas corporaciones médicas no permitieron su establecimiento, lo que ha sido funesto para millones de personas. Hoy día, cuando el pacto explicitado por Graeber ha saltado por los aires, y el proceso de desindustrialización en los países centrales hace innecesario garantizar atención sanitaria de calidad a parte dela fuerza laboral, los sistemas sanitarios caminan hacia una suerte de sistemas de beneficiencia y el capitalismo ha encontrado en el sector “salud” un territorio de expolio, y ha abierto nuevasvías para hacer negocio: desde empujar a la cada vez más menguantes clases medias hacia los seguros privados, hasta potenciar el culto a la salud individual, la creación de nuevas enfermedades o pre-enfermedades, o la cronificación de la enfermedad.
Prevenir lo que no sabemos curar
en un escenario marcado por la prevalencia de las enfermedades crónico-degenerativas, en gran parte enfermedades de la “civilización” (del capitalismo), conocer los factores que inciden en su generación es más importante que nunca. Y para ello, nuestro sistema sanitario tiene instrumentos, dado que, en los inicios de la reforma sanitaria, en los ochenta del siglo pasado, se pudieron introducir “cuñas” en la normativa legal, que permiten investigar sobre los determinantes del proceso salud-enfermedad. Así, los equipos de atención primaria de todo el Estado deberían elaborar el “diagnóstico de salud” de su población de referencia, instrumento que permite conocer de qué enferma y de qué muere tu población, para con posterioridad, actuar contra las causas. Sin embargo,las Administraciones Públicas, por lo general, nunca han facilitado ni la formación en estos aspectos del personal de atención primaria, ni el acceso a los datos, ni los medios para realizar algo que está plasmado en la ley, ni lo ha permitido donde se ha intentado, lo que nos devuelve a la casilla de salida: podrá haber normativas progresistas que beneficien el interés general, pero el Estado nunca permitirá que se desarrollen, porque colisionarán con el modelo económico, es decir con el sacrosanto sacramento del crecimiento. La prevención no hace crecer el PIB, la enfermedad si.
Otro ejemplo histórico del desinterés de la Administración Sanitaria por las actividades de promoción de la salud lo encarnó la lucha del centro de la salud de Peckham, en el sur de Londres. Creado por la pareja George S. Williamson e Innes H. Pearse, médicos avanzados para su época, que ya en 1931 habían publicado un manifiesto en el que relacionaban el desarrollismo industrial y sus efectos sobre la salud. En el momento de la creación del National Health Service (NHS) en 1948, Peckham era una experiencia que ya llevaba funcionando años. Era un centro de salud que había creado un lugar, no para enfermos ni para el tratamiento de enfermedades, sino como medio para promover y estudiar la salud y el bienestar. NO se basaba en el individuo, sino enteramente en la familia integrada. Dependía de las cuotas de sus asociados y del apoyo de filántropos. Su experiencia rompía con los limitados planteamientos que los laboristas británicos tenían del modelo sanitario por lo que se le impidió integrarse en el NHS. Colisionó con el modelo asistencialista oficial y desgraciadamente no pudo sobrevivir. Cerró sus puertas en 1951, cuando se demostró que era incompaatible con el nuevo NHS, más precop¡cupado por tratar las enfermedades que por fomentar la buena salud, y menos interesado en la comunidad y la autosuficiencia.
Respecto a los conocimientos, hoy día la publicación de estudios ha crecido exponencialmente respecto al siglo pasado y la evidencia científica es más robusta,, pero curiosamente no ha servido apenas para que los poderes públicos tomen prácticamente ninguna medida contra los determinantes del proceso salud-enfermedad. Pero también el control del complejo médico-industrial es mucho mayor, tanto sobre el sistema de investigación, como sobre los que toman las decisiones, hasta el punto de que, por ejemplo, el sector farmaceútico, tiene más poder económico que muchos Estados.
Aparte, el silencio de gran parte del mundo científico, y en el sector sanitario dde los epidemiólogos, y su entrega al poder político es alarmante. Se echan en falta investigadores que denucien los peligros para la salud coletiva a la que nos ha arrastrado este modelo social y de consumo compulsivo. En el campo de autores que pongan el dedo en la llaga señalando los “precursores de la enfermedad”, en nuestro país honrosas excpciones pueden ser Nicolas Olea, Fernando palacios o Xavier Querol, Carles Muntaner o Joan Benach, por citar algunos. A nivel internacional, hay que buscar a aquellos que históricamente han estado denunciando al complejo médico industrial desde hace décadas, y seguir el rastro del dinero y los conflictos de interés: desde Ioannidis, hasta Peter C. Gotzsche, pasando por Michel de Longeril, Jaime Breilh, Naomar almeida-Filho, Anne-Emanuelle Birn, Judith Richter, Dennis Raphael o Nancy Krieger, y sobre todo por el amplio grupo de científicos que suscribieron la declaración de Great Barrington. Y más recientemente, Daniele Mandrioli, destituido de su centro de investigación por las presiones de la industria debido a sus investigaciones sobre los efectos cancinógenos de los herbicidas a base de glifosato.
Pero por encima de los estudios específicamente sanitarios, nos encontramos con problemas globales que están ya incidiendo negativamente enla situación sanitaria a nivel mundial. Siete de los nueve límites planetarios establecidos por el Stockholm Resilience Cengtre han sido sobrepasados, es decir, son umbrales por encima de los que la biosfera puede iniciar diversas formas de colapso ecológico: cambios dramáticos e irreversibles, lejos de la estabilidad de la que hemos disfrutado en los últimos 10.000 años y que van a afectar a la salud del planeta y de la especie humana. Uno de ellos, el denominado “nuevas entidades” está ya ampliamente sobrepasado, gracias a las más de 350.000 sustancias químicas que, sin ningún tipo de control, la industria ha introducido en nuestras vidas hasta lograr4 una impregnación practicamente total de nuestros cuerpos.
Dentro de estas nuevas entidades, microplásticos, pesticidas, disruptores endocrinos, contaminantes orgánicos persistentes y otros, tienen efectos adversos en los organismos, y establecen interacciones imprevisibles y desconocidas entre ellos que no han sido estudiadas, por lo que el “principio de precaución” debería de prevalecer, pero también su aplicación colisionaría con los intereses económicos y cuestionaría el crecimiento, por lo que dicho principio no es más que papel mojado. La situación llega hasta el punto que la propia Agencia Europea de Medioambiente reconoce en un informe que solo el 0,5% de las cerca de 100.000 sustancias que circulaban por la UE había recibido una evaluación más o menos completa de sus posibles riesgos para la salud, eso sin contar con el efecto coctel que se produce cuando los elementos químicos interaccionan.
La evolución de los indicadores de contaminación del aire, con ya el 98% de los europeos respirando un volumen de partículas tóxicas PM2,5 (inferiores a un diámetro de 2,5 mocrómetros) muy superior al recomendad por la Organización Mundial de la Salud, demuestra que el aire limpio no es prioridad para ningún tipo de gobierno. Cuando las “izquierdas” gobiernan, asumen el discurso de boquilla, pero no toman medidas reales de protección, mientras que los de “derechas” directamente son sinceros, ya que relajan las medidas formales de monitorización, por ejemplo, en EEUU la EPA dejará de tener en cuenta las vidas salvadas a la hora de establecer normas sobre contaminación atmosférica, calculando únicamente el coste para la industria a la hora de establecer los límites de contaminación, y no el valor monetario de salvar vidas humanas.
La civilizaión del usar y tirar es absolutamente imprescendible para el mantenimiento del crecimiento. Plasticoceno para algunos autores sería la definición de nuestra época. Apenas hace cinco décadas, el plástico no erqa omnipresente, la vida era posible sin él y prácticamente no existían desechos que no se pudieran reciclar. En la actualidad, la penetración de los plásticos es tal que llega a la internalizacion celular, y ya ni el cerebro humano está libre, ya que se estima dque un 0,5% de nuestro cerebro son micro o nanoplásticos, calculándose que un adulto ingiere alrededor de 250 gramos de microplásticos cada año, una cifra suficiente para cubrir la superficie de un plato. Sin embargo, muy posiblemente podríamos prohibir todos los plásticos de un solo uso y prescindir del 90% restante, manteniendo solo aquellos usos de interés general (dispositivos médicos…), pero eso supone confrontar con la industria petrolera.
Las sustancias perfluoalquiladas y polifluoalquiladas(PFAS) o “sustancias químicas eternas” son otro de los problemas emergentes dada la duración de su permanencia en el medio. Son unos 5.000 compuestos orgánicos, con una cadena de átomos de carbono que se encuentran parcial o totalmente fluorados. Son altamente persistentes y casi imposibles de degradar en el medio ambiente y resistentes al aceite y al agua. Están ligados a multitud de productos industriales de uso diario en nuestra civilización: utensilios de cocina, colchones, sistemas ignífugos, envses de cartón y plástico para alimentos, electrónica, etc. se sabe que su exposición a concentraciones elevadas podría afectar el sistema inmunitario y ser un precursor de muchas enfermedades, ante lo cual, las autoridades sanitarias dejan hacer y en la práctica tampoco toman medidas.
Los alimentos procesados son otro sector sobre el que se podría actuar dada la robusta evidencia existente, sin embargo, de nuevo las medidas son testimoniales. Exactamente igual que en el caso de los medicamentos. Hoy día ya sabemos que, en los países ricos las enfermedades causadas por medicaemntos son ya la tercera causa de muerte, detrás de las enfermedades cardíacas y el cáncer, resultado del inmenso oder que el sector farmaceútico ha desplegado sobre los gobiernos, hasta el punto de suponer casi el 25% del gasto sanitario público, cuando el arsenal farmacológico podría reducirse considerablemente logrando mejores resultados de salud. Romper la ecuación más consumo farmaceútico (o de pruebas diagnósticas) igual a más salud es una tarea ardua en el imaginario del ciudadano medio de los países centrales.
Es indiscutible, por tanto, que ni al poder político, ni a las administraciones sanitarias lesw preocupan los efectos sobre la población de todos estos factores.l Así, mientras promulgan medidas para, en teoría, reducir las emisiones de efecto invernadero, potencian y aceleran la acciones que multiplican la contaminacion química, electromagnética y otras. Hablan de sostenibilidad, pero no la de los ecosistemas, sino la de los intereses del capital. En realidad, promover la salud implica limitar el crecimiento del sacrosanto PIB.
Ante esto, es necesario abrir un debate sobre el sistema sanitario que necesitamos, que podría partir de unos puntos básicos, definidos en parte al sentido común y a las evidencias:
-No es un problema de inversión.. Incrementos en la financiación del sistema sanitario o incrementos en la renta media por habitante no mejoran los indicadores sociales, ni de salud de la población, mientras que la reducción de las desigualdades internas ni los mejoran.
-Centralidad de las inequidades en salud, por clase social, etnia, género y territorio. La distribución de la morbi-mortalidad, tanto biológica como de salud mental, tiene una composición de clase que el aparato asistencial no contempla.
-Necesidad de transformar los contenidos formativos de ls profesionales de la salud en el sentido de considerar la relevancia fundamental de la detrminación social de la salud, así como de los métodos que fomenten el desarrollo y organización comunitaria.
-Desandar el camino: aumento de la inversión en salud pública, atención básica y prevención, y freno al incremento continuo del gasto hospitalario, en farmacia y en pruebas diagnósticas de alta complejidad tecnológica.
-Desmedicalizar situaciones normales de la vida para recuperar la autonomía y los saberes, frente a las promesas de la medicina genómica a la carta.
-Democratizar el sistema para decidir, entre todos, los objetivos y tomar decisiones sobre los productores de enfermedad.
Juan Antonio Gómez Liébana
Extraído de la revista libertaria “Ekintza Zuzena” nº 52 2026
Por qué no es posible la prevención
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