POR UN ECOLOGISMO ANTIDESARROLLISTA QUE SUPERE LAS DOS CEGUERAS CRUZADAS DEL DECRECENTISMO Y DELMARXISMO
Nos hallamos ante grandes amenazas como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o el incremento de la explotación laboral y el autoritarismo por parted el capital-Estado, a lo que podemos agregar un decliveenergético global sin precedentes que va a influir en las luchas actuales y en lAs sociedades emancipadas que queremos construir. Ante esto, es más que necesario que los movimientos ecologistas y las corrientes de pensamiento que buscan derribar el sistema económico y social actual, comprendan en su totalidad el funcionamiento de esde mismo sistema. Eso implica comprender tanto su funcionamiento interno como su sostén energético y sus limitaciones externas. En este texto analizaré dos de las grandes corrientes del pensamiento actual: el decrecentismo y el marxismo, con la idea de identificar sus principales carencias teóricas y estratégicas, así como para señalar que aportes de ambos movimientos nos pueden resultar de utilidad para adquirir una comprensión más amplia del capitalismo fosilista actual.
La ceguera del decrecimiento respecto de la ley del valor
De todas las tendencias del decrecentismo actual la mayoritaria y más visible es la afín a la perspectiva socialdemócrata y, por tanto, la funcional al capitalismo. Dentro de esta tendencia podemos distinguir dos subespecies: un decredentismo que es leal al New Green Deal, que apuesta por eejmplo por las llamadas energías renovables, y un decrecentismo más sensato que las rechaza, criticando de forma fundamental su nocividad, su falsa sostenibilidad, así como su supuesta autonomía frente a los combustibles fósiles. En lo que sigue me voy a referir a este segundo tipo de decrecentismo. Lo primero que habría que señalar es que esta corriente, si bien se hace cargo del declive energético global y de la nocividad de la actividad industrial, no se plantea como objetivo la abolición de las relaciones capitalistas de producción. Pensemos en quien es considerado el principal ideólogo y divulgador de la teoría del decrecimiento, Serge Latouche, cuyos análisis y propuestas se centran en los límites planetarios, tanto energéticos coo ecológicos, pero alejándose del marco anticapitalista y por tanto del estudio de las relaciones sociales de valorización y sus implicaciones. Eso le lleva a ignorar, y cuando no, a poner en un tercer plano, la importancia de los límites internos inherentes al capitalismo, como es, por ejemplo la célebre “ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia”, la cual nos asegura que, aq medida que los capitalistas vayan increentando el capital constante de la composición orgánica de sus empresas, a largo plazo, aunque la plusvalía aumente en términos absolutos, la tasa media de ganancia tenderá a reducirse. El decrecentismo, al ignorar que bajo esta ley el capitalismo está forzado a expandir la productividad y el consumo energético para compensar esa caída de la ganancia, cree ingenuamente que se puede decrecer consumiendo menos energía. De modo que,haciéndose cargo de la situación de extralimitación en la que ya hemos entrado, el decrecentismo se centra en la que ya hemos entrado, el decrecentismo se centra en la mera reducción del consumo y l aproducción; salta direcctamente a lo que James O´Connor definió como “segunda contradicción del capitalismo”, es decir, a sus líites externos (destrucción de la naturaleza y agotamiento de recursos), y ese es su toque prioritario, pero por mucho que los decrecentistas ignoren o resten importancia a la ley del valor, ésta seguirá su curso, en su transición a un hipotético “poscapitalismo”, que es en el fondo un despeñadero ecosocial. Jason Hickel es oto gran representante de esa tendencia decrecentista, cuyas propuestas, tan ambiguas como vaporosas, y en clara sintonía con un capitalismo- “como suele decir Miquel Amorós- “puesto a dieta”, se liimitan a “reducir ciertos sectores de la economía” o a “organizar la producción en torno a lo que necesitamos los seres humanos y la ecología, y no en torno a la acumulación capitalista y el consumo de las elites”, pero sin aclarar qué hacer con la propiedad de los medios de producción, con el trabajo asalariado o con las propias elites a las que, a lo sumo y a veces, se atreve a exigir que consuman menos. Por eso no se cansa de hablar de “poscapitalismo” en vez de “anticapitalismo”. Por descontado, tampoco elabora una critica severa y radical al Estado, pero eso ya sería pedirle demasiado. En ese sentido alfredo Apilánez ha sido muy perceptivo al criticar el decrecentismo, cuando afirma que “El reduccionismo dcrecentista incide únicamente en la segunda contradicción energético-ecológica, olvidando o minusvalorando la primera, la necesidad perentoria de acabar con el dinero, la mercancía y con la explotación del trabajo que produce capital, que son los causantes reales del ecocidio”.
En el Reino de España podemos poner como ejemplos de las voces más reconocidas en divulgación decrecentista a Yayo Herrero, Marga Mediavilla, Juan Bordera, Carmen Marrodán o Fernando Valladares. Todos ellos recurren siempre a un lenguaje conciliador, que evite los conflictos y esquive la lucha de clases actual. Es por eso que Fernando Valladares, por ejemplo, prefiere hablar de “grandes tensiones sociales”, más que de “lucha de clases”, y no se cnsa de proponer medidas reformistas como reducir “la jornada laboral y anticipando la edad de jubilación”, o “una distribución más igualitaria de la renta y protecciones sociales más fuertes”, es decir, soluciones superficiales que no atacan la raíz de la explotación, ni alteran el modo de producción capitalista en esencia. Eso le lleva, en un nivel más general, a hablar de alcanzar “una transformación democrática y planificada para mejorar el bienestar reduciendo solo la producción no esencial”. Así que, reduciendo la producción selectivamente, en términos cuantitativos, pero sin plantearse si esa nueva producción de baja energía seguiría produciendo valorización capitalista, será como por arte de magia consigamos superar el captalismo.
Dicho esto, es justo agregar que existen otras corrientes decrecentistas en Occidente -en el Sur global la cosa es bien distinta- que si que se proponen como objetivo escapar de las relaciones capitalistas, pero a través de la adaptación de la producción a las necesidades más fundamentales e inmediatas. Podemos pensar en el movimiento zadista en Francia, en las iniciativas de okupación de pueblos abandonados en el ámbito peninsular o en movimientos neorurales con sus propuestas del “buen vivir” y de la comunalidad. Estos movimientos, si bien no ignoran los límites internos del capitalismo, consideran que es a través de prácticas comunitarias bajo-energéticas, centradas en la producción de proximidad y orientadas a ala satisfacción de las necesidades básicas, cómo se irán desvaneciendo por si mismas las relaciones capitalista de producción. El problema de este susstractivismo reside en que tales proyectos se enmarcan dentro de unmercado global y que, por tanto, están inmersos en unas relaciones de explotación globalizadas, por desgracia omnipresentes, y que muchas de las dinámicas de bja energía y de proximidad que promueven replican a pequeña escala, en sus propias dinámicas sociales, la lógica de valorización. Lo mismo podría decirse de gran parte de los representantes históricos de la ecología profunda como Arne naers, Rachel Carson, Judi Bari o Warwick Fox, y de los que el anarquista George Bradford echó en cara no tener una crítica “profunda” del capital y su funcionamiento. Creo por eso mismo que, para todos estos movimientos sociales, es esencial comprender en profundidad las leyes internas del capitalismo del que desean sustraerse.
Sea como fuere, no se trata de echar por tierra todo lo que proceda de este decrecentismo de orientación libertaria, del que tenemos buenos ejemplos en movimientos como el anarquismo especifista, en el colectivo Rebelión ecologista, de creación, o en autores como Adrián Almazán o Carlos Taibo, sino de coger de éste todo aquello que pueda sernos de utilidad e incluso de establecer posibles alianzas estratégicas. En realidad, en el decrecentismo ecosocialista, que apuesta por intervenir desde el Estado burgués, e incluso en el decrecentismo de raíz socialdemócrata, podemos hallar elementos positivos. Por ejemplo, son muy valiosos y atinados sus valiosos sus atinados y fundamentados diagnósticos respecto del estado del capitalismo actual y de la biosfera, así como sus premisas energéticas, que son una herramienta analítica fundamental para comprender la transgresión de los limites biofisicos provocada por el modelo capitalista, especialemnte los trabajos de autores como Alicia Valero, Carlos de Castro, Antonio Turiel, Pedro Prieto o Antonio Aretxabala.
La ceguera energética del marxismo ecologico respecto de la pesadilla industrial
Si nos centramos ahora en los partidos y organizaciones marxistas existentes a día de hoy en el Reino de España, veremos que la gran mayoría colocan el foco de análisis en las dinámicas inherentes al propio capitalismo de producción de valor con el fin de desarrollar estrategias de lucha que lleven a su abolición, pero desatendiendo en ese camino la cuestión energética y la extralimitación del capitalismo. Y desatendiendo, muy especialmente, tanto el segundo principio de la termodinámica, como el principio de agotabilidad de los recursos. Ciertamente el marxismo clásico no ha visto la importancia de la energía más allá del “trabajo abstracto”; cae en un abstraccionismo que da la espalda a los aportes cuantitativos y cualitativos de la energía contenida en los combustibles fósiles, lo que les lleva a ignorar las bases, no tanto materiales, sino energéticas del capitalismo, pero también sus aspectos nocivos y limitantes. El propio Marx creía que el desarrollo de laws fuerzas productivas y el progreso técnico-científico en general conducirían a la libertad del ser humano, cuando la verdadera libertad humana se debería sustentar en la emancipación respecto de ese mismo desarrollo técnico. Como dijo hace ya casi un siglo Simone Weil “el crecimiento de la gran industria hizo de las fuerzas productivas la divinidad de una especie de religión cuya influencia, a pesar suyo, sufrió Marx al elaborar su concepción de la Hiztoria”. A raíz del célebre rechazo de Engels a las propuestas analíticas energéticas de Sergei Podolinsky, el marxismo pareció nacer con el pie torcido, dando la espalda a un factor material esencial: la energía. Esto provocó que Marx y Engels -paradójicamente- no cimentaran su teoría sobre unas bases enteramente materiales. Esta ceguera energética se agravó durante el siglo XX, cuando el estalinismo, en su afán por desarrollar las fuerzas productivas, se erigió como un gran obstáculo para integrar todas estas consideraciones energéticas en el pensamiento marxista. Llegados aquí estoy en la obligación de citar un texto fundamental que autores como Joan Martínez Alier y Jsé Manuel Naredo publicaron en 1979 titulado: “ La noción de “fuerzas productivas” y la cuestión de la energía”, en el que alertaron de cómo los fundadores del marxismo ya desvincularon sus categorías de análisis de “los problemas energético-ecológicos que están por debajo de cualquier sistema económico”, lo que ha hecho que a lo largo del siglo XX”los marxistas participaran enla ideología burguesa del “progreso” contribuyendo a expandir el mito del crecimiento”.
Dicho esto, ¿cuál es la situación del marxismo actual en el Reino de España? El caso es que la mayoría de los actuales partidos y organizaciones marxistas de nuestro país, sean de la tendencia que sean, siguen obnubilados por las posibilidades de un indusrialismo “bueno”. No me estoy refiriendo a organizaciones como el Partido Comunista de España(PCE) el cual, haciéndose cargo de las crisis energética y de materiales en que nos hallamos, y haciendo gala as su vez de su “ceguera energética parcial”-y tal vez oportunista-, ha apostado por las energías renovables eléctricas, coo por ejemplo la energía eólica. Me estoy refiriendo a organizaciones más reducidas que siguen apostando por la industrialización incondicional, el progreso y la modernidad. Valgan como buenos ejemplos de esta “ceguera energética” el PCTE, el PCPE o el Partido Marxista-Leninista (Reconstrucción Comunista) PML(RC), que siguen anhelando un futuro industrializado y comandado por un estado fuerte, como si ante el declive energético en que nos hallamos los grandes Estados actuales pudieran ser viablesw para entonces. Ahora bien, la peor consecuencia de esa ceguera es que el proyecto de emancipación de este tipo de partidos políticos se centra en abolir las dinámicas automáticas y nocivas del capitalismo, instaurando un sistema de producción nacionalizado pero sin reparar en cómo ha de ser el sustento energético sobre el que se erigiría ese nuevo sistema productivo. Desde el trokismo actual, aunque desde argumentos mejor fundamentados, también se prioriza el protagaonismo de las relaciones scoiales impuestas por el modo de producción, relegando en un segundo plano el sustento energético-el asociado a la energía fósil- del capitalismo actual. Por eejmplo, desde Izquierda Revolucionaria, Víctor Taíbo, cuando critica las propuestas del Green New Deal, “de cara a eliminar definitivamente los combustibles fósiles y hacer la estuctura productiva 100% ecologica” no duda en afirmar que “técnicamente esto es hoy completamente posible”, y no duda en ampararse en un estudio de la Universidad de Standford, dirigido por Mark, Z. Jacobson que “señalaba que el 1005 de la energía mundial, para cualquier fin, podría ser suministrada mediante vento, agua y recursos solares en el año 2030”, a lo que agrega con mucha ingenuidad-y mucha fe en las instituciones transnacionales- otro estudio del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas señalaba que el 77% de las necesidades energéticas mundiales podrían atenderse con energías renovables para el año 2050”. Otras organizaciones marxistas de reciente creación como Gazte Koordinadora Sozialista (GKS) o el Movimiento Socialista tampoco incluyen en sus programas alternativas claras a un industrialismo cada vez más inviable. Por ejemplo, en su texto “Línea comunista y antifascismo”, aunque mencionen unos recursos cada vez más escasosno se hacen cargo del declive energético mundial más que de una manera etérea, sin ser realmente conscientes de las tremendas implicaciones que éste tiene en el devenir actual del capitalismo y en las posibilidades de construir sociedades emancipadas. Por su parte, desde otras corrientes del marxismo también críticas con el estalinismo-y en este caso próximas al bordiguismo- como el colectivo Barbaria, aún haciéndose cargo de las limitaciones y nocividades de la actividad industrial, si que entran en cierta espiral abstraccionista que les hace ignorar la verdadera importancia del sustento energético de una sociedad determinada, sea esta capitalista o no. en uno de sus textos más recientes, el titulado, “una crítica al concepto de colapso” llegan a decir: “La catástrofe capitalista seguirá ampliándose de manera exponencial, cada vez más brutalmente, hasta que se produczca una revolución internacional o nuestra especie se extinga. Y para hacerlo, obtendrá energía de donde haga falta”, ante lo que cabe preguntarse, ¿qué pasará cuando ya no queden yacimientos petrolíferos que explotar de forma rentable? Según esa dinámica aabstraccionista y autónoma de las relaciones de produccción, los capitalistas podrían seguir produciendo y quemando petróleo simplemente con desearlo, lo que nos haría saltar al terreno del pensamiento mágico. Ignorar, por tanto, el aporte energético de los combustibles fósiles, nos lleva a ignorar las limitaciones específicas que afectarían indudablemente a cualquier propuesta de construcción de una nueva sociedad que desde el marxismo o el anarquismo pudiera enarbolarse.
De forma similar, desde el marxismo ecológico, autores como John Bellamy Foster, Paul Burkett o Andreas Malm han abordado el análisis de las vinculaciones entre los recursos naturales y la racionalidad capitalista que los extrae y procesa, pero lo han hecho desde parámetros categoriales propios, que arrastran la cuestión de los combustibles fósiles a la esfera mercantil. Lejos de ver en los recursos que aporta la naturaleza un límite externo, estos autores los subsumen en la propia lógica de valorización. Un buen ejemplo de esta subsunción de la cuestión energética en el trabajao abstracto y la esfera productiva lo tenemos en Sandrine aumercier. Esta autora, alineada con la crítica del valor-trabajo de Robert Kurtz y Anselm Jappe, sugiere en su reciente obra “El muro energético del capital” que el agotamiento y la nocividad de los combustibles fósicles depende del uso valorizador de la energía fósil y no de su uso en sí mismo. En palabras de José Ardillo, en una reciente reseña a este libro, afirma que Sandrine trata de mostrarnos “la crisis de la energía es un episodio de la crissi del valor-trabajo que se produce en el interior del sistema capitalista y demostrar cómo dicha crisis solo puede ser correctamente conceptualizada y entendida a través del prisma de la teoría de Marx”. Sandrine comete el error, entonces, de situar la crisis del valor-trabajo como la causa única de la degradación biofísica y del agotamiento total de los recursos energéticos. Pero el petróleo sin extraer ni procesar es una “exterioridad” que excede las leyes internas del capitalismo, y el capitalismo no puede maniobrar fuera de uns límites materiales y energéticos determinados por la geología. Cuando ya no haya petróleo que extraer ni procesar, literalmente la maquinaria se parará, por mucho que queramos seguir aplicando esa fantasmal ley del valor, lo que no quiere decir que el capitalismo fosilista pueda mutar a un capitalismo mercantil, similar al preindusttrial. El agotamiento de los recursos energéticos es, por tanto, un límite externo-que afecta directamente al valor-que no vieron ni Marx ni Engels y que, como vemos, muchos partidos marxistas actuales siguen sin ver. Ante eso, las propuestas de economistas ecológicos como Howard Odum o de historiadores ambientales como jason W. Moore de relaciona, por ejemplo, la energía fósil con la “sagrada” formación del valor, puede ser un buen camino a seguir, aunque se ha ded ser muy cuidadoso de que, al romper esa dualidad sociedad-naturaleza, no se le reste protagonismo a la explotación del trabajo humano en la formación del valor.
Dicho esto, apesar de que este ecomarxismo arroje toda energía exosomática al sumidero material de la esfera mercantil y la excluya de la formación del valor, considero que éste nos aporta un valioso andamiaje conceptual y unas categorías de análisis que, sin duda, faciltan la comprensión de los límites internos del capitalista actual, lo que ayudará a confrontarlo con mayor precisión.
Hacia una superación de las cegueras cruzadas del decrecentismo y del marxismo
En síntesis, el decrecentismo socialdemócrata, al centrarse en la reducción de la productividad y del consumo energético en términos cuantitativos, o en la nocividad del consumo de recursos energéticos, acaba ignorando unos límites internos del capitalismo que, a la larga, ya le hacen decrecer. Esta ceguera, a su vez, le lleva a dar la espalda a los recovecos por los que se filtra la explotación capitalista del trabajo humano, hasta el punto de restarle protagonismo en sus preocupaciones y propuestas. Pero por mucho que el decrecentismo crea que con reducir el consumo de energía dentro de un capitalismo “verde”, transitaremos hacia la emancipación scoial y hacia sociedades “democráticas”, la “ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia” seguirá su curso, lo que nos llevará a más explotación y más destrucción de la naturaleza. De un modo similar seguirá su curso, lo que nos llevar
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yo19 jun19 jun a las 12:44POR UN ECOLOGISMO ANTIDESARROLLISTA QUE SUPERE LAS DOS CEGUERAS CRUZADAS DEL DECRECENTISMO Y DELMARXISMO
Nos hallamos ante grandes amenazas como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o el incremento de la explotación laboral y el autoritarismo por parted el capital-Estado, a lo que podemos agregar un decliveenergético global sin precedentes que va a influir en las luchas actuales y en lAs sociedades emancipadas que queremos construir. Ante esto, es más que necesario que los movimientos ecologistas y las corrientes de pensamiento que buscan derribar el sistema económico y social actual, comprendan en su totalidad el funcionamiento de esde mismo sistema. Eso implica comprender tanto su funcionamiento interno como su sostén energético y sus limitaciones externas. En este texto analizaré dos de las grandes corrientes del pensamiento actual: el decrecentismo y el marxismo, con la idea de identificar sus principales carencias teóricas y estratégicas, así como para señalar que aportes de ambos movimientos nos pueden resultar de utilidad para adquirir una comprensión más amplia del capitalismo fosilista actual.
La ceguera del decrecimiento respecto de la ley del valor
De todas las tendencias del decrecentismo actual la mayoritaria y más visible es la afín a la perspectiva socialdemócrata y, por tanto, la funcional al capitalismo. Dentro de esta tendencia podemos distinguir dos subespecies: un decredentismo que es leal al New Green Deal, que apuesta por eejmplo por las llamadas energías renovables, y un decrecentismo más sensato que las rechaza, criticando de forma fundamental su nocividad, su falsa sostenibilidad, así como su supuesta autonomía frente a los combustibles fósiles. En lo que sigue me voy a referir a este segundo tipo de decrecentismo. Lo primero que habría que señalar es que esta corriente, si bien se hace cargo del declive energético global y de la nocividad de la actividad industrial, no se plantea como objetivo la abolición de las relaciones capitalistas de producción. Pensemos en quien es considerado el principal ideólogo y divulgador de la teoría del decrecimiento, Serge Latouche, cuyos análisis y propuestas se centran en los límites planetarios, tanto energéticos coo ecológicos, pero alejándose del marco anticapitalista y por tanto del estudio de las relaciones sociales de valorización y sus implicaciones. Eso le lleva a ignorar, y cuando no, a poner en un tercer plano, la importancia de los límites internos inherentes al capitalismo, como es, por ejemplo la célebre “ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia”, la cual nos asegura que, aq medida que los capitalistas vayan increentando el capital constante de la composición orgánica de sus empresas, a largo plazo, aunque la plusvalía aumente en términos absolutos, la tasa media de ganancia tenderá a reducirse. El decrecentismo, al ignorar que bajo esta ley el capitalismo está forzado a expandir la productividad y el consumo energético para compensar esa caída de la ganancia, cree ingenuamente que se puede decrecer consumiendo menos energía. De modo que,haciéndose cargo de la situación de extralimitación en la que ya hemos entrado, el decrecentismo se centra en la que ya hemos entrado, el decrecentismo se centra en la mera reducción del consumo y l aproducción; salta direcctamente a lo que James O´Connor definió como “segunda contradicción del capitalismo”, es decir, a sus líites externos (destrucción de la naturaleza y agotamiento de recursos), y ese es su toque prioritario, pero por mucho que los decrecentistas ignoren o resten importancia a la ley del valor, ésta seguirá su curso, en su transición a un hipotético “poscapitalismo”, que es en el fondo un despeñadero ecosocial. Jason Hickel es oto gran representante de esa tendencia decrecentista, cuyas propuestas, tan ambiguas como vaporosas, y en clara sintonía con un capitalismo- “como suele decir Miquel Amorós- “puesto a dieta”, se liimitan a “reducir ciertos sectores de la economía” o a “organizar la producción en torno a lo que necesitamos los seres humanos y la ecología, y no en torno a la acumulación capitalista y el consumo de las elites”, pero sin aclarar qué hacer con la propiedad de los medios de producción, con el trabajo asalariado o con las propias elites a las que, a lo sumo y a veces, se atreve a exigir que consuman menos. Por eso no se cansa de hablar de “poscapitalismo” en vez de “anticapitalismo”. Por descontado, tampoco elabora una critica severa y radical al Estado, pero eso ya sería pedirle demasiado. En ese sentido alfredo Apilánez ha sido muy perceptivo al criticar el decrecentismo, cuando afirma que “El reduccionismo dcrecentista incide únicamente en la segunda contradicción energético-ecológica, olvidando o minusvalorando la primera, la necesidad perentoria de acabar con el dinero, la mercancía y con la explotación del trabajo que produce capital, que son los causantes reales del ecocidio”.
En el Reino de España podemos poner como ejemplos de las voces más reconocidas en divulgación decrecentista a Yayo Herrero, Marga Mediavilla, Juan Bordera, Carmen Marrodán o Fernando Valladares. Todos ellos recurren siempre a un lenguaje conciliador, que evite los conflictos y esquive la lucha de clases actual. Es por eso que Fernando Valladares, por ejemplo, prefiere hablar de “grandes tensiones sociales”, más que de “lucha de clases”, y no se cnsa de proponer medidas reformistas como reducir “la jornada laboral y anticipando la edad de jubilación”, o “una distribución más igualitaria de la renta y protecciones sociales más fuertes”, es decir, soluciones superficiales que no atacan la raíz de la explotación, ni alteran el modo de producción capitalista en esencia. Eso le lleva, en un nivel más general, a hablar de alcanzar “una transformación democrática y planificada para mejorar el bienestar reduciendo solo la producción no esencial”. Así que, reduciendo la producción selectivamente, en términos cuantitativos, pero sin plantearse si esa nueva producción de baja energía seguiría produciendo valorización capitalista, será como por arte de magia consigamos superar el captalismo.
Dicho esto, es justo agregar que existen otras corrientes decrecentistas en Occidente -en el Sur global la cosa es bien distinta- que si que se proponen como objetivo escapar de las relaciones capitalistas, pero a través de la adaptación de la producción a las necesidades más fundamentales e inmediatas. Podemos pensar en el movimiento zadista en Francia, en las iniciativas de okupación de pueblos abandonados en el ámbito peninsular o en movimientos neorurales con sus propuestas del “buen vivir” y de la comunalidad. Estos movimientos, si bien no ignoran los límites internos del capitalismo, consideran que es a través de prácticas comunitarias bajo-energéticas, centradas en la producción de proximidad y orientadas a ala satisfacción de las necesidades básicas, cómo se irán desvaneciendo por si mismas las relaciones capitalista de producción. El problema de este susstractivismo reside en que tales proyectos se enmarcan dentro de unmercado global y que, por tanto, están inmersos en unas relaciones de explotación globalizadas, por desgracia omnipresentes, y que muchas de las dinámicas de bja energía y de proximidad que promueven replican a pequeña escala, en sus propias dinámicas sociales, la lógica de valorización. Lo mismo podría decirse de gran parte de los representantes históricos de la ecología profunda como Arne naers, Rachel Carson, Judi Bari o Warwick Fox, y de los que el anarquista George Bradford echó en cara no tener una crítica “profunda” del capital y su funcionamiento. Creo por eso mismo que, para todos estos movimientos sociales, es esencial comprender en profundidad las leyes internas del capitalismo del que desean sustraerse.
Sea como fuere, no se trata de echar por tierra todo lo que proceda de este decrecentismo de orientación libertaria, del que tenemos buenos ejemplos en movimientos como el anarquismo especifista, en el colectivo Rebelión ecologista, de creación, o en autores como Adrián Almazán o Carlos Taibo, sino de coger de éste todo aquello que pueda sernos de utilidad e incluso de establecer posibles alianzas estratégicas. En realidad, en el decrecentismo ecosocialista, que apuesta por intervenir desde el Estado burgués, e incluso en el decrecentismo de raíz socialdemócrata, podemos hallar elementos positivos. Por ejemplo, son muy valiosos y atinados sus valiosos sus atinados y fundamentados diagnósticos respecto del estado del capitalismo actual y de la biosfera, así como sus premisas energéticas, que son una herramienta analítica fundamental para comprender la transgresión de los limites biofisicos provocada por el modelo capitalista, especialemnte los trabajos de autores como Alicia Valero, Carlos de Castro, Antonio Turiel, Pedro Prieto o Antonio Aretxabala.
La ceguera energética del marxismo ecologico respecto de la pesadilla industrial
Si nos centramos ahora en los partidos y organizaciones marxistas existentes a día de hoy en el Reino de España, veremos que la gran mayoría colocan el foco de análisis en las dinámicas inherentes al propio capitalismo de producción de valor con el fin de desarrollar estrategias de lucha que lleven a su abolición, pero desatendiendo en ese camino la cuestión energética y la extralimitación del capitalismo. Y desatendiendo, muy especialmente, tanto el segundo principio de la termodinámica, como el principio de agotabilidad de los recursos. Ciertamente el marxismo clásico no ha visto la importancia de la energía más allá del “trabajo abstracto”; cae en un abstraccionismo que da la espalda a los aportes cuantitativos y cualitativos de la energía contenida en los combustibles fósiles, lo que les lleva a ignorar las bases, no tanto materiales, sino energéticas del capitalismo, pero también sus aspectos nocivos y limitantes. El propio Marx creía que el desarrollo de laws fuerzas productivas y el progreso técnico-científico en general conducirían a la libertad del ser humano, cuando la verdadera libertad humana se debería sustentar en la emancipación respecto de ese mismo desarrollo técnico. Como dijo hace ya casi un siglo Simone Weil “el crecimiento de la gran industria hizo de las fuerzas productivas la divinidad de una especie de religión cuya influencia, a pesar suyo, sufrió Marx al elaborar su concepción de la Hiztoria”. A raíz del célebre rechazo de Engels a las propuestas analíticas energéticas de Sergei Podolinsky, el marxismo pareció nacer con el pie torcido, dando la espalda a un factor material esencial: la energía. Esto provocó que Marx y Engels -paradójicamente- no cimentaran su teoría sobre unas bases enteramente materiales. Esta ceguera energética se agravó durante el siglo XX, cuando el estalinismo, en su afán por desarrollar las fuerzas productivas, se erigió como un gran obstáculo para integrar todas estas consideraciones energéticas en el pensamiento marxista. Llegados aquí estoy en la obligación de citar un texto fundamental que autores como Joan Martínez Alier y Jsé Manuel Naredo publicaron en 1979 titulado: “ La noción de “fuerzas productivas” y la cuestión de la energía”, en el que alertaron de cómo los fundadores del marxismo ya desvincularon sus categorías de análisis de “los problemas energético-ecológicos que están por debajo de cualquier sistema económico”, lo que ha hecho que a lo largo del siglo XX”los marxistas participaran enla ideología burguesa del “progreso” contribuyendo a expandir el mito del crecimiento”.
Dicho esto, ¿cuál es la situación del marxismo actual en el Reino de España? El caso es que la mayoría de los actuales partidos y organizaciones marxistas de nuestro país, sean de la tendencia que sean, siguen obnubilados por las posibilidades de un indusrialismo “bueno”. No me estoy refiriendo a organizaciones como el Partido Comunista de España(PCE) el cual, haciéndose cargo de las crisis energética y de materiales en que nos hallamos, y haciendo gala as su vez de su “ceguera energética parcial”-y tal vez oportunista-, ha apostado por las energías renovables eléctricas, coo por ejemplo la energía eólica. Me estoy refiriendo a organizaciones más reducidas que siguen apostando por la industrialización incondicional, el progreso y la modernidad. Valgan como buenos ejemplos de esta “ceguera energética” el PCTE, el PCPE o el Partido Marxista-Leninista (Reconstrucción Comunista) PML(RC), que siguen anhelando un futuro industrializado y comandado por un estado fuerte, como si ante el declive energético en que nos hallamos los grandes Estados actuales pudieran ser viablesw para entonces. Ahora bien, la peor consecuencia de esa ceguera es que el proyecto de emancipación de este tipo de partidos políticos se centra en abolir las dinámicas automáticas y nocivas del capitalismo, instaurando un sistema de producción nacionalizado pero sin reparar en cómo ha de ser el sustento energético sobre el que se erigiría ese nuevo sistema productivo. Desde el trokismo actual, aunque desde argumentos mejor fundamentados, también se prioriza el protagaonismo de las relaciones scoiales impuestas por el modo de producción, relegando en un segundo plano el sustento energético-el asociado a la energía fósil- del capitalismo actual. Por eejmplo, desde Izquierda Revolucionaria, Víctor Taíbo, cuando critica las propuestas del Green New Deal, “de cara a eliminar definitivamente los combustibles fósiles y hacer la estuctura productiva 100% ecologica” no duda en afirmar que “técnicamente esto es hoy completamente posible”, y no duda en ampararse en un estudio de la Universidad de Standford, dirigido por Mark, Z. Jacobson que “señalaba que el 1005 de la energía mundial, para cualquier fin, podría ser suministrada mediante vento, agua y recursos solares en el año 2030”, a lo que agrega con mucha ingenuidad-y mucha fe en las instituciones transnacionales- otro estudio del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas señalaba que el 77% de las necesidades energéticas mundiales podrían atenderse con energías renovables para el año 2050”. Otras organizaciones marxistas de reciente creación como Gazte Koordinadora Sozialista (GKS) o el Movimiento Socialista tampoco incluyen en sus programas alternativas claras a un industrialismo cada vez más inviable. Por ejemplo, en su texto “Línea comunista y antifascismo”, aunque mencionen unos recursos cada vez más escasosno se hacen cargo del declive energético mundial más que de una manera etérea, sin ser realmente conscientes de las tremendas implicaciones que éste tiene en el devenir actual del capitalismo y en las posibilidades de construir sociedades emancipadas. Por su parte, desde otras corrientes del marxismo también críticas con el estalinismo-y en este caso próximas al bordiguismo- como el colectivo Barbaria, aún haciéndose cargo de las limitaciones y nocividades de la actividad industrial, si que entran en cierta espiral abstraccionista que les hace ignorar la verdadera importancia del sustento energético de una sociedad determinada, sea esta capitalista o no. en uno de sus textos más recientes, el titulado, “una crítica al concepto de colapso” llegan a decir: “La catástrofe capitalista seguirá ampliándose de manera exponencial, cada vez más brutalmente, hasta que se produczca una revolución internacional o nuestra especie se extinga. Y para hacerlo, obtendrá energía de donde haga falta”, ante lo que cabe preguntarse, ¿qué pasará cuando ya no queden yacimientos petrolíferos que explotar de forma rentable? Según esa dinámica aabstraccionista y autónoma de las relaciones de produccción, los capitalistas podrían seguir produciendo y quemando petróleo simplemente con desearlo, lo que nos haría saltar al terreno del pensamiento mágico. Ignorar, por tanto, el aporte energético de los combustibles fósiles, nos lleva a ignorar las limitaciones específicas que afectarían indudablemente a cualquier propuesta de construcción de una nueva sociedad que desde el marxismo o el anarquismo pudiera enarbolarse.
De forma similar, desde el marxismo ecológico, autores como John Bellamy Foster, Paul Burkett o Andreas Malm han abordado el análisis de las vinculaciones entre los recursos naturales y la racionalidad capitalista que los extrae y procesa, pero lo han hecho desde parámetros categoriales propios, que arrastran la cuestión de los combustibles fósiles a la esfera mercantil. Lejos de ver en los recursos que aporta la naturaleza un límite externo, estos autores los subsumen en la propia lógica de valorización. Un buen ejemplo de esta subsunción de la cuestión energética en el trabajao abstracto y la esfera productiva lo tenemos en Sandrine aumercier. Esta autora, alineada con la crítica del valor-trabajo de Robert Kurtz y Anselm Jappe, sugiere en su reciente obra “El muro energético del capital” que el agotamiento y la nocividad de los combustibles fósicles depende del uso valorizador de la energía fósil y no de su uso en sí mismo. En palabras de José Ardillo, en una reciente reseña a este libro, afirma que Sandrine trata de mostrarnos “la crisis de la energía es un episodio de la crissi del valor-trabajo que se produce en el interior del sistema capitalista y demostrar cómo dicha crisis solo puede ser correctamente conceptualizada y entendida a través del prisma de la teoría de Marx”. Sandrine comete el error, entonces, de situar la crisis del valor-trabajo como la causa única de la degradación biofísica y del agotamiento total de los recursos energéticos. Pero el petróleo sin extraer ni procesar es una “exterioridad” que excede las leyes internas del capitalismo, y el capitalismo no puede maniobrar fuera de uns límites materiales y energéticos determinados por la geología. Cuando ya no haya petróleo que extraer ni procesar, literalmente la maquinaria se parará, por mucho que queramos seguir aplicando esa fantasmal ley del valor, lo que no quiere decir que el capitalismo fosilista pueda mutar a un capitalismo mercantil, similar al preindusttrial. El agotamiento de los recursos energéticos es, por tanto, un límite externo-que afecta directamente al valor-que no vieron ni Marx ni Engels y que, como vemos, muchos partidos marxistas actuales siguen sin ver. Ante eso, las propuestas de economistas ecológicos como Howard Odum o de historiadores ambientales como jason W. Moore de relaciona, por ejemplo, la energía fósil con la “sagrada” formación del valor, puede ser un buen camino a seguir, aunque se ha ded ser muy cuidadoso de que, al romper esa dualidad sociedad-naturaleza, no se le reste protagonismo a la explotación del trabajo humano en la formación del valor.
Dicho esto, apesar de que este ecomarxismo arroje toda energía exosomática al sumidero material de la esfera mercantil y la excluya de la formación del valor, considero que éste nos aporta un valioso andamiaje conceptual y unas categorías de análisis que, sin duda, faciltan la comprensión de los límites internos del capitalista actual, lo que ayudará a confrontarlo con mayor precisión.
Hacia una superación de las cegueras cruzadas del decrecentismo y del marxismo
En síntesis, el decrecentismo socialdemócrata, al centrarse en la reducción de la productividad y del consumo energético en términos cuantitativos, o en la nocividad del consumo de recursos energéticos, acaba ignorando unos límites internos del capitalismo que, a la larga, ya le hacen decrecer. Esta ceguera, a su vez, le lleva a dar la espalda a los recovecos por los que se filtra la explotación capitalista del trabajo humano, hasta el punto de restarle protagonismo en sus preocupaciones y propuestas. Pero por mucho que el decrecentismo crea que con reducir el consumo de energía dentro de un capitalismo “verde”, transitaremos hacia la emancipación scoial y hacia sociedades “democráticas”, la “ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia” seguirá su curso, lo que nos llevará a más explotación y más destrucción de la naturaleza. De un modo similar, el marxismo, incluso en sus variantes más ecologistas, al cargar todo el peso en el análisis de la explotación del trabajo humano y al orientar las luchas hacia la necesaria abolición del valor-que, ciertamente depende de la explotación de los trabajadores- estima que los límites geológicos son consideraciones “transhistóricas” que no han de tenerse en cuenta, lo que le hace caer en una ceguera respecto de los límites externos del capitalismo. Esta ceguera es la que le lleva al marxismo a rechazar la influencia de la matriz energética en la formación del propio valor y, por tanto, a ignorar el sustento energético de la sociedad industrial capitalista y de cualquier otra sociedad industrial alternativa. Por esomismo, a la hora de elaborar sus propuestas, cree que alternando el régimen de propiedad de los medios de producción bastaría para hacer la revolución social, al margen de los requerimientos energéticos que posibilitarian ese nuevo modo de producción.
Teniendo todo esto en cuenta, más allá de buscar una suerte de síntesis entre estos dos movimientos, como ha preetendido el ecosocialismo con sus propuestas centradas en el marco institucional, habría que dar el salto a un ecologismo que proponga transformaciones de gran calado. Y para ello, si queremos construir un ecologismo genuinamente emancipador resulta necesario superar esta doble ceguera. Y todo ello sin olvidar, claro está, que el capitalismo tiene otros límites diferentes, como son la propia autoorganización obrera y el posible recrudecimiento de la lucha de clases, una lucha de clases cuya intensificación debeería ser el verdadero punto de ruptura antagonista con el capitalsimo actual. No perdamos de vista que el proletariado puede ejercer una función decisiva a la hora de paralizar la maquinaria del capitalismo fosilista vigente, independientemente de la “ley de agotabilidad de los recursos o la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia”. En cualquier caso, en el contexto actual, un contexto en el que ya se visibiliza la escasez energética global y los efectos nocivos de la actividad industrial, las promesas tecnolátricas de la abundancia que hace 150 años pudieron distraernos de la lucha por la emancipación, ya han perdido su fuerza y su poder de seducción. A pesar del ecocidio en marcha y del declive energético global irreversible, estamos atravesando un momento histórico en el que, paradójicamente, los movimientos populares y la clase trabajadora lo tenemos más fácil que en los siglos pasados para escapar del “mito del crecimiento sin crecimiento” en el que se halla gran parted el decrecentismo a actual y del mito de la industrialización “buena” en el que sigue empantanada gran parted el marxismo actual, y construir, así, un ecologismo antidesarrollista que beba de otros mitos emancipadores bien distintos y que aspire a desmantelar cuanto antes la civilización industrial desde sus cimientos.
Vicente Guedero
Extraído de la revista libertaria “Ekintza Zuzena” nº52 2026
