EL DÍA QUE MURIÓ LA TELE(LA INCOHERENCIA)

Iván”el Vinagres”, antes de retirarse definitivamente a su cabaña del bosque a planear la liberación clandestina de mascotas y coleccionar piedras de pecera, tuvo que ser ingresado un mes por unos cabrones que se autodenominaban sus amigos en el pabellón de agudos psiquiátricos por un éxtasis quijotesco delirante que no se podía aguantar. El añejo cicatrizado de la vida se había vuelto tan faltón a las formas de ganarse la vida de los vecinos del pueblo tras estropearse su televisión que podía escribir una enciclopedia entera llena de incidentes discordantes.

A la estanquera la llamó fumigadora de cánceres de pulmón y traficante de revistuchas de “fantachachas”. La mujer viuda dijo que ella no hacía publicidad del género que vendía y que la gente compraba en su establecimiento libremente, respondía a la demanda. Iván, respondón, ironizó: “Por eso vendes productos estancos, o sea, de venta no libre y efectuada monopolísticamente por el Estado. ¡Se te han subido a la cabeza los impuestos!¡Carroña de alquitrán y amoníaco!”.

A la joven abogada la llamó “defensora de los ricos” y ella arguyó que representaba como perita ante la Justicia a los que precisaban determinar los derechos de las personas en un conflicto. “Por eso vendes tu talento al que te paga más y perteneces al Colegio de la labia mentirosa. Sin el depósito lleno de billetes no mueves el dedo ni por uno que se ahoga delante de ti. ¡Letrina togada y de pico de cuervo arranca ojos!”.

Al hostelero del restaurante le llamó “traficante del hambre”. El hostelero le replicó que ofrecía un servicio gastronómico particular diferente del casero, con todas las prestaciones añadidas. Iván le contravino: “Por eso tienes tu local para dar de comer al que no tiene ni vivienda ni para comer ni beber. ¡Métete el relleno de tus pencas en el culo pues huelen como salidas de allí!¡Cobra giñadas al dente!”.

Al cantante de las celebraciones le llamó “explotador del público”. El artista le respondió que él ponía música, ritmo, sonido y alegría a los festejantes pues lo hacía más melodiosamente. Iván le espetó:”¡Eructador de vientos, tocafrígidas, calienta altavoces, miente melancolías, tú no cantas la vida sino la bolsa, bandido de fiestas, plagiador de sonidos, falsete de zurullos, tu eco es el sonido de las monedas!”.

   La farmaceútica, el carnicero, el kioskero, el cartero, la fotógrafa, la doctora, etc, todos recibieron su trato calumnioso con injurias escatológicas y tratamiento de vientre suelto. El pueblo entero, soliviantado por la locura gratuita y ociosa, despreocupada y prosaica de Iván, convocaron a “Suertudo”, el vendedor de lotería ambulante, su amigo más íntimo, para que le hiciera entrar en razón mercantil de callado. Pero Iván contestó a su viva imagen: “¡Recaudador del impuesto de los pobres!¿Tu ganancia viene del disfrute del azar o de la soportabilidad del rey de la vida real, el billete de curso legal y numeración del banco?¡Repartes avaricia, y te quedas con su mejor parte, lo que cae del saco roto!”. “Suertudo” se rascó la bragueta con manchas de grasa bajo la camisa sudada por fuera del pantalón y que, apenas contenía su barriga, y dijo: “¿A quién le va a comer la lengua mi gato?”. “Suertudo tenía por mascota una cría de tigre de Bengala regalada por el circo ambulante que recalaba en el pueblo todos los años en las fiestas patronales. ”Necesito ganar dinero para comprar sardinas para mi gato en este pueblo de interior sin mar. De otro modo, sólo se alimenta de lenguas tiernas de inmundos faltones que destruyen la paz. Y me conoces que no bromeo con lo de comer. Si se te jodió la tele lee un buen libro”, dijo frotándose su inmensa barriga. Iván, tragó saliva, y se dedicó a callarse y a leer pagando por cada libro pues, los escritores y su talento, ser juntaletras, se le atragantaron en el alma.

Cuentistas, fusilaletras, matavoces, mineros del idioma, acaudalados de adjetivos, embellecedores de alfabeto, joyeros de las frases, místicos de las vocales, engarzadores de las consonantes, noveleros de la vida, librescos, leídos, letrados, libros abiertos, ojeadores de las ideas y los ambientes en negro sobre blanco…  Un título y un autor en la portado cosido a páginas llenas de verso o prosa. Fue el mismo día que murió la tele ¿te acuerdas? Incoherencia falleció.

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