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El maquis, 30 años de guerrilla antifranquista


Ya durante la guerra de 1936, en las zonas controladas por el ejército franquista se formaron los primeros núcleos guerrilleros. Se les llamaba los “huidos”, o los que se echaban al monte, para evitar las represalias de los insurrectos. Y permanecieron en las montañas, a menudo en una situación de estricta supervivencia. Tal vez, explica el historiador Pelai Pagès, la II República cometiera “el error de no incentivar estos núcleos en la retaguardia franquista”, pues podían haber desempeñado una tarea de desestabilización similar a la de la “quinta columna” en la España republicana. Tras la derrota, a partir de 1939, los maquis continuaron existiendo, se reactivaron y agregaron a gente que no había podido huir por la frontera. La única manera que tenían de sobrevivir era continuar luchando contra el fascismo. En la inmediata posguerra, por ejemplo en Cataluña, los anarquistas desplegaron la lucha armada contra las nuevas autoridades. Desde 1939, el grupo encabezado por Joaquín Pallarés en L’Hospitalet emprendió acciones de guerrilla: ejecutaron al comisario jefe del distrito de L’Hospitalet, José León Jiménez, designado por Franco para que dirigiese la represión en el área de Barcelona. Joaquín Pallarés fue detenido por la policía, acusado de llevar a cabo robos y asesinatos. En marzo de 1943 el diario “La Vanguardia Española” se hacía eco de su ejecución y la de ocho compañeros.La 45 edición de los Premis Octubre, que se celebran en Valencia entre el 26 y el 29 de octubre, dedican este año un apartado la guerrilla antifranquista: “Els maquis: la resistència armada contra el franquisme (1936-1965)”. La organización de esta semana cultural y de reflexión corre a cargo de 3i4 Edicions, la Institució Cívica i de Pensament Joan Fuster y la Institució per al Foment de les Arts, les Ciències i la Cultura (IFACC). En la primera sesión dedicada a los maquis, el profesor de Historia Contemporánea en la Universitat de Barcelona, Pelai Pagès, subraya que una parte de los grupos activos en España a partir de 1939 fueron enviados desde Francia por un maestro aragonés y militante de la CNT, Francisco Ponzán, quien estuvo interno –junto a muchos republicanos españoles- en el campo de concentración de Vernet d’Ariège. Promotor de estos focos guerrilleros y de rutas de fuga entre Francia y España (en las dos direcciones, por las que pasaron centenares de personas), Ponzán fue asesinado en 1944 por la Gestapo.

Mientras, en el exilio francés y bajo la ocupación alemana, numerosos republicanos españoles se integraron en la resistencia francesa y participaron en el maquis: anarquistas, socialistas, marxistas… pero pronto destacó el papel del PCE, que en noviembre de 1942 constituyó, en Toulouse de Languedoc, la Unión Nacional Española (UNE) y los primeros grupos de guerrilleros, a los que denominó el XIV Cuerpo de Guerrilleros Españoles. “Se pretendía reunir al conjunto de organizaciones políticas, en un momento de gran dispersión de la izquierda”, destaca el historiador catalán. Contaron, además, con un periódico titulado “Reconquista de España”.

Pelai Pagès es autor de libros como “Justícia i Guerra Civil: els tribunals de justicia a Catalunya (1936-1939)”; “El sueño igualitario entre los campesinos de Huesca: colectivizaciones agrarias durante la guerra civil (1936-1938)”; “Andreu Nin, una vida al servicio de la clase obrera”; “La Comissió de la Indústria de Guerra de Catalunya” y “Cataluña en guerra y en revolución”, entre otros. El historiador prosigue el relato de la historia del maquis en mayo de 1944, cuando los comunistas fraguaron la Agrupación de Guerrilleros Españoles, al tiempo que lograron un reconocimiento no menor: el de las fuerzas (francesas) que combatían en una Francia prácticamente ya “liberada”. Partiendo de los grupos de guerrilleros españoles que participaron en la resistencia a la ocupación, el PCE planteó en 1944 la acción más ambiciosa y de mayor envergadura: la invasión de España por los Pirineos. En cierto modo, sugiere Pelai Pagès, recuerda el intento de invasión de la península por parte de Francesc Macià (presidente de la Generalitat de Cataluña entre 1931 y 1933); lo hizo desde Prats-de-Mollo (Pirineos Orientales), en 1926, durante la dictadura de Primo de Rivera.

El contexto internacional era muy favorable –Alemania se rendiría en la primavera de 1945- y además “el PCE contaba con unidades militares muy bien preparadas”, subraya Pagès. Se pensaba también en una respuesta favorable de la población española. Dirigentes comunistas como Jesús Monzón, que habían tenido contacto con la realidad española, dirigieron la invasión, bautizada como “Reconquista de España”. Pero, apunta el historiador y docente, “confundieron sus expectativas con la realidad”. La operación militar consistía en que cerca de 6.000 guerrilleros atravesaran la frontera por diferentes áreas del Pirineo (desde el País Vasco-Navarra hasta Cataluña).

La acción más audaz fue la invasión del Valle de Arán, en la que participaron en torno a tres mil antifranquistas. Pero fracasó, y una semana después del intento, el 27 de octubre de 1944, el secretario general del PCE, Santiago Carrillo, se desplazó al sur de Francia y dio la orden para que se retiraran los guerrilleros. La operación terminó con un centenar de muertos, más de 200 heridos y una cifra similar de presos. La “Operación Reconquista” se vio frustrada, pero se intensificó la lucha guerrillera. “El PCE envió grupos armados a diferentes zonas de la península, para reforzar los focos existentes”, resalta el investigador. De hecho, en buena parte del estado se extendieron las agrupaciones de guerrilleros, que además confiaban –terminada la segunda guerra mundial, en 1946-1947- en que los aliados derrocaran al último reducto, junto al portugués, del fascismo europeo.

Entre los grupos de maquis que proliferaron, destacó la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (AGLA), que en las zonas de montaña y con una estructura militar de brigadas, batallones y compañías, organizó sabotajes, controles de carreteras, ocupaciones de pueblos (por ejemplo Fredes y Canet lo Roig, en la provincia de Castellón, en 1947), quemas de camiones y destrucciones de trenes. En los diferentes sectores destacaron trayectorias como las de Florián García Velasco (“Grande”), en el 11º; Ángel Fuertes Vidosa (“Antonio”), en el 17º; y Jesús Caellas Aymerich (“Carlos”), en el 23º, entre otros. En el periodo de mayor auge, entre 1947 y 1948, más de 200 guerrilleros actuaban en partidas integradas por entre ocho y diez personas. El AGLA contó una publicación propia, “El guerrillero”, que llegó a lanzar 5.000 ejemplares de cada número. Pero la dictadura franquista se ocupó de la represión. En el verano de 1947 el general Manuel Pizarro fue designado responsable de la lucha contra el maquis, y en 1948 emprendió una ofensiva que supuso “el inicio del fin del AGLA”, apunta Pelai Pagès; “muchos guerrilleros comenzaron a abandonar la lucha armada”. La dictadura aprobó una legislación en materia de bandidaje y terrorismo (abril de 1947), y algunos historiadores consideran que en 1947 se inicia el “trienio del terror”, con un incremento de la represión que recordaba a la inmediata posguerra. Pagès subraya en que se declaró la “zona de guerra” en las áreas donde batallaban los guerrilleros. No sólo intervino la guardia civil, también la policía armada, el ejército, la Brigada Político-Social y el somatén.

Uno de los hitos en la arremetida del franquismo contra el maquis se produjo en noviembre de 1949, cuando la guardia civil asaltó el campamento de Cerro Moreno, en Santa Cruz de Moya (Cuenca): murieron una docena de antifranquistas. Tampoco ayudó el comienzo de la “guerra fría”. Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia condenaron formalmente la dictadura, pero afirmaron que no pensaban intervenir en los asuntos (internos) españoles. Así, a pesar de que hubo acciones guerrilleras en 1949, quedó claro que el franquismo se estabilizaría y consolidaría internacionalmente. Además algunos sectores de la oposición imprimieron un cambio de estrategia política, que cuestionaba la lucha armada. En concreto el Partido Comunista, que en 1952 dio la orden de evacuación total de las guerrillas. “La situación no era fácil”, señala Pelai Pagès, “se habían producido deserciones y se daba la circunstancia de guerrilleros que estaban en el servicio de armas incluso desde 1936”. Las dificultades para la “reinserción” eran palmarias: muchos guerrilleros se negaron a desmovilizarse. “El proceso generó importantes problemas dentro del PCE”, subraya el profesor de la Universitat de Barcelona.

Años después, en septiembre de 1969, el diario ABC informaba de que entre 1943 y 1952 los guerrilleros realizaron 8.275 “hechos delictivos”, se produjeron 5.548 bajas de “bandidos” (2.166 muertos y 3.382 “capturados y presentados”) y 19.407 detenidos como enlaces, cómplices y encubridores. Las bajas entre la guardia civil, según el periódico conservador, se cifraban en 624 (256 muertos y 368 heridos). Pero en los años 50, relata Pelai Pagès, persistieron en la lucha maquis que procedían del anarquismo (aunque Marcel.lí Massana abandonó en 1951). “Ya durante la guerra civil habían tenido una presencia destacada”, subraya el historiador. Desde la base de operaciones en el sur de Francia, realizaban las incursiones y después retornaban. Figuran en la nómina de grandes luchadores anarquistas “Quico” Sabaté, Josep Lluis Facerías (“Petronio”), Marcel.lí Massana o Ramón Vila Capdevila (“Caracremada”).

Sin embargo, apunta el historiador, “así como el PCE auspició los grupos guerrilleros, la CNT se manifestó en contra desde un principio, y fue muy duro en la crítica contra Quico Sabaté y otros activistas”. En el Campo de la Bota (Barcelona) fueron ejecutados en 1952 cinco maquis libertarios: Jordi Pons, Ginés Urrea, Pere Adrover, José Pérez y Santiago Amir. Josep Lluis Facerías fue ajusticiado en un enfrentamiento con la guardia civil, se cree que delatado por un confidente, en agosto de 1957. “Quico” Sabaté fue abatido en el tren, cerca de Sant Celoni, por la guardia civil y el somatén cuando volvía a Barcelona. En una emboscada cerca del castillo de Balsareny (Barcelona), la guardia civil mató de un disparo en el corazón a Ramón Vila Capdevila (“Caracremada”), en agosto de 1963. Y el 10 de marzo de 1965, la guardia civil también asesinó a José Castro Veiga (“O Piloto”), en Chantada (Lugo). Más de 25 años después de que terminara la guerra.

Germinal ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 

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