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LA QUIMERA DE SER MADRE ANTES DE LOS 30


La quimera de ser madre antes de los 30

Un alto porcentaje de mujeres jóvenes desea tener más hijos de los que tiene. Pero aplazan el embarazo, y en muchos casos la decisión tiene costes

Eva Ferreras

Madre e hija. 1899

GERTRUDE KASEBIER

9 de Enero de 2019

La edad media a la que se tiene el primer hijo en España es de 32 años, según el informe del Instituto Nacional de Estadística (INE). Este dato no ha parado de aumentar desde 2009 y posiciona a España como uno de los países del mundo donde la maternidad se retrasa más y le hace encabezar también los rankings europeos.

España es uno de los países de la Unión Europea con mayor distancia entre el número de hijos deseados y el número de hijos que se tienen. Estas cifras apuntan a la falta de condiciones materiales para formar una familia, algo que llama la atención en un país que en 2050 será el segundo más envejecido del mundo. Así lo confirmaba el INE en el primer avance de la Encuesta de Fecundidad 2018 –un estudio que no se realizaba desde 1999–: a partir de los 35 años las razones económicas y las laborales o de conciliación de la vida familiar y laboral son las más determinantes a la hora de tener menos hijos de los deseados.

La encuesta completa, que el INE publicará en abril, incluirá por primera vez datos sobre hombres, ya que esta realidad afecta a ambos sexos en un mercado laboral inestable, precario y basado en la disponibilidad absoluta de los trabajadores. Sin embargo, si la opción elegida para tener hijos es la maternidad biológica –frente a otras opciones existentes como la adopción–, no se puede obviar que la edad fértil de las mujeres coincide con los principales años de consolidación de la carrera profesional, y que tener hijos continúa siendo un condicionante importante sobre todo para ellas. Según el Eurostat, la diferencia en la tasa de actividad entre hombres y mujeres se acentúa con la llegada de los hijos. Si se parte de un 7,5 de diferencia en personas sin descendencia (un 65% de mujeres empleadas frente al 72,5% de los hombres), esta cifra casi se duplica con la llegada del primer hijo (un 70,5% de mujeres frente a un 84,6% de los hombres) y alcanza los 19 puntos de diferencia con el segundo (un 70,4% frente a un 89,2%).

Consecuencias de posponer la maternidad

 

Fuente: Avance de la Encuesta de Fecundidad 2018 INE

Un alto porcentaje de mujeres menores de 35 años desea tener más hijos de los que tiene. Sin embargo, el aplazamiento de la maternidad no está exento de coste: aunque hasta la llegada de la menopausia existe la posibilidad de que se produzca un embarazo, con la edad disminuye considerablemente el número de óvulos (reserva ovárica) y se producen cada vez más ciclos menstruales sin ovulación, con lo descienden las probabilidades de que el embarazo se produzca. Además, como indica la ginecóloga Ana Malagón, el aumento de algunos riesgos asociados al embarazo como el del aborto espontáneo sin causa identificable –un 25% en mujeres de 35 años y hasta un 94% en mayores de 45 años– conlleva también que sea más difícil que, una vez logrado el embarazo, este llegue a término.

Malagón considera que es conveniente plantear estas cuestiones en las consultas médicas a quienes están en edad de ser madres y quieren serlo, ya que de esta manera pueden tomar una decisión teniendo toda la información disponible. Además, opina que es posible hacerlo de forma respetuosa y sin presionar a quienes no contemplan esta opción o simplemente no desean tratar el tema. Según su experiencia, muchas mujeres que pasan por su consulta no son conscientes de que pueden enfrentarse a problemas derivados de la disminución de la fertilidad a causa de la edad, y tras intentar tener un hijo, en muchos casos están obligadas a recurrir a técnicas de reproducción asistida para aumentar las probabilidades de embarazo. Esta opción es también una de las principales para parejas de lesbianas y mujeres solteras, aunque el Partido Popular las excluyó de la posibilidad de acceder mediante el sistema público en 2013 y el gobierno actual se está planteando revertir esta exclusión. Esta opción también es la mayoritaria para parejas heterosexuales cuando es el hombre quien tiene problemas de fertilidad –lo que también está aumentando–.

La reproducción asistida como alternativa

 

Fuente: Avance de la Encuesta de Fecundidad 2018 INE

Según el INE, los tratamientos de reproducción asistida más utilizados son la fecundación in vitro (FIV) o inyección intracitoplasmática (ICSI, una técnica de microinyección de esperma que suele acompañar a la in vitro) y la inseminación artificial. Estos tratamientos suponen un coste muy elevado para la sanidad pública y se argumenta falta de recursos para hacer frente a toda la demanda, por lo que la ley de 2006 establece que estos tratamientos se llevarán a cabo “solamente cuando haya posibilidades razonables de éxito”. Esto se ha traducido en límites en la edad (40 años) y en el número de intentos dependiendo del tipo de tratamiento, así como en tiempos muy prolongados de espera. Es por ello que muchas parejas (tanto heterosexuales como homosexuales) y mujeres solteras que se lo pueden permitir eligen clínicas privadas de reproducción.

La principal barrera que puede encontrarse a la hora de acceder a una clínica privada es el precio. El ciclo de fecundación in vitro más ICSI cuesta entre 3.500 y 5.000 euros si se realiza con óvulos propios, y alcanza los 8.000 si los óvulos son de donante (es decir, comprados previamente por la clínica), una variante conocida como ovodonación. En lo que se refiere al éxito de esta técnica, según el último informe disponible de la Sociedad Española de Fertilidad elaborado con datos facilitados por todos los centros registrados, el porcentaje de éxito por ciclo de in vitro-ICSI con óvulos propios fue del 26,4% en mujeres menores de 35 años –datos del 2016–; del 21,5% en mayores de 35 y del 10,5% en mayores de 40 años. Por su parte, la inseminación artificial está por debajo de los 1.000 euros, dependiendo de si el semen es de una pareja o de un donante. Es el tratamiento más barato disponible, pero también el menos eficaz: la tasa de gestación por ciclo de inseminación artificial se encontraba en 2016 en el 13,2% para menores de 35 años, el 13% en mayores de 35 y el 10,7% en mayores de 40 años, según datos de la SEF.

Estos precios, que varían según la clínica reproductiva e incluyen diferentes prestaciones, hacen referencia al tratamiento base y no contemplan los costes de la medicación (por ejemplo, de estimulación hormonal), de otras técnicas que se puedan necesitar en casos particulares, ni de las pruebas previas necesarias o recomendables para iniciar un tratamiento. (Para una FIV-ICSI, el Instituto CEFER estipula en 590 euros el coste de estos tratamientos previos si los realiza una mujer, y en 1.085 si los tiene que realizar también el hombre.)

Por otra parte, desde el ámbito privado existen también ofertas relacionadas con la reproducción asistida que ponen el foco en esquivar el coste de la edad: en un contexto en el que las políticas familiares son prácticamente inexistentes, surgen iniciativas como la firma del acuerdo entre el Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI) y un grupo de empresas valencianas para ofrecer descuentos a las trabajadoras de estas empresas para que puedan congelar sus óvulos. Este tratamiento tiene un coste económico inicial de entre 2.000 y 4.000 euros, que no incluye el precio derivado del mantenimiento de los óvulos a partir de un determinado tiempo ni el tratamiento de fecundación e implantación posterior.

El factor psicológico

Pero esperar un hijo en estas condiciones no es solo costoso a nivel económico, sino que también conlleva un importante desgaste psicológico. Alicia Alonso tuvo a su hijo con 39 años gracias a una inseminación artificial después de cuatro años de intentarlo de forma natural en los que tuvo varios abortos. Hoy comenta la obsesión que se puede crear en torno a todo el proceso. Alonso cree que sería bueno normalizar que aunque no se consiga el embarazo, se debería poder detener el tratamiento en un momento determinado sin problemas, aunque dice que cuando se empieza es muy difícil ver el momento de parar. “Creo que si alguien desiste le puede afectar mucho. En otro tipo de decisiones personales o profesionales es más fácil darte cuenta de que no lo soportas más, pero en este caso es muy difícil, es algo demasiado íntimo”, señala Alonso. Dejar de buscar un hijo biológico puede ser una experiencia dolorosa, ya sea para intentar otras vías no biológicas (como la adopción o acogida) o por renunciar a tenerlo. Belle Boggs –autora de El arte de no desesperar cuando no estás esperando– se ha referido al sentimiento de pérdida derivado de esta renuncia como “luto no reconocido”. Aunque el coste psicológico puede ser intrínseco a un proceso de reproducción que se alarga en el tiempo, este se puede agravar en un modelo de sociedad en el que existe una alta presión para ejercer la maternidad.

Tanto Boggs como Silvia Nanclares –autora de ¿Quién quiere ser madre?– explican en sus libros basados en sus experiencias personales que siempre queda algo más por hacer antes de renunciar. De la frustración que puede surgir de un proceso de reproducción que se prolonga en el tiempo (bien sea de forma natural o asistida) se alimenta también un negocio de terapias alternativas, dietas fértiles, cursos para que el embarazo se produzca y todo tipo de trucos sin validez científica comprobada. Para abordar los problemas psicológicos derivados de la reproducción asistida de forma integral, la Sociedad Española de Fertilidad editó en 2012 el Manual de Intervención Psicológica. Monserrat Roca, una de los expertas consultadas para su redacción, dice que desde las consultas psicológicas se debe trabajar en contra de “pensamientos mágicos” y mitos que rodean a la mujer o pareja que intenta tener hijos.

Aunque algunas parejas o mujeres deciden retrasar por motivos personales la edad de formar una familia, existe suficiente evidencia para no entender esta realidad como un asunto privado e individual. Los datos que señalan la falta de condiciones materiales, además, encierran un problema mayor que el retraso de la edad de maternidad: mujeres y hombres jóvenes realizan una proyección futura de expectativas (de estabilidad económica, por ejemplo) que en el escenario económico y laboral actual quizás no lleguen a materializarse. Para una solución efectiva, estos factores materiales deberían abordarse con políticas familiares integrales que aseguren que las personas puedan formar una familia si así lo desean, algo que cobra mayor relevancia teniendo en cuenta el problema de envejecimiento que tendrá que afrontar España en los próximos años.

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Eva Ferreras @evatman

Autora

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