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APOCALIPSIS DEMOCRÁTICO


Apocalipsis democrático

Por Abu Bakr Muhammad Ibn Bayyah

La democracia, como tal, como ejercicio del poder soberano por parte de sujetos libres e iguales, nunca ha existido. En su lugar ha venido funcionando un simulacro, una pseudodemocracia operando como marco de control social al servicio de una minoría que detenta el poder.

Comencemos por tres afirmaciones contundentes, que sirvan al mismo tiempo de resumen de cuanto vamos a reflexionar: la libertad no ha sido inherente a la historia de la humanidad; la democracia nunca ha existido como desarrollo de la libertad, sino como instrumento para su control; y la democracia se ha terminado como etapa de la historia, se ha dado por finalizada, pero todavía no lo sabemos, no tenemos consciencia de ello.

A cualquiera iniciado en los movimientos libertarios, tales conclusiones sobre la libertad y la democracia no le sorprenderán en absoluto: se dan por sabidas y asumidas, siendo precisamente la militancia libertaria un intento, diríamos que incluso más idealista que ideológico, de buscar la emancipación, de llegar en algún momento a encontrar esa libertad que no por haber sido excluida de la Historia es ajena a la naturaleza humana. Sin embargo, a otros aquellos menos orientados hacia el libertarismo o incluso hacia el anarquismo, con la representación del mundo en su mente conformada por siglos y siglos de realidad hackeada, las afirmaciones sobre la inexistencia práctica de la libertad o la democracia como instrumento de dominación le parecerán no sólo exageradas sino incluso conspiranoicas o dementes; pues, al fin y al cabo, ¿no vivimos, al menos en lo que consideramos Occidente, en democracias que, aunque imperfectas, están consolidadas?; ¿no disfrutamos actualmente de niveles de libertad nunca alcanzados por la historia de la humanidad?

Es difícil llegar al bosque si antes no apartamos la vista de los árboles que lo tapan. Y para ello tenemos que hacer un ejercicio que es mezcla de imaginación y de abstracción, que requiere de la trascendencia de lo que día a día tenemos en la mente como representación de la realidad.

Pronto la libertad fue secuestrada

De entrada, para iniciar la ruta de razonamiento por la que pretendemos avanzar, acordemos algo que parece más obvio en la teoría de lo que es en la práctica: supongamos que todos los seres humanos nacen libres e iguales. A partir de esa premisa, avancemos por otra serie de presunciones.

Supongamos que la historia de la humanidad es, y siempre ha sido, una historia de poder, de dominación; de unos que han pretendido ser más libres que otros sobre esa igualdad originaria que mencionábamos; que han buscado acaparar libertad a costa de arrebatársela a otros. Supongamos que la libertad es como la energía en física, que siempre se conserva: hay una cantidad total de libertad, que si se reparte equitativamente lleva a cantidades individuales igualitarias, pero que si unos individuos acumulan más que la tasa igualitaria que les corresponde lo hacen siempre a costa de otros, de sustraerle libertad a otros.

Supongamos que desde la época de las cavernas la pulsión de un grupo inicialmente indefinidido de seres humanos ha sido la de acumular poder imponiéndose a otros, sometiéndolos a su voluntad. No nos costará mucho trabajo imaginar a unos seres humanos en una cueva valiéndose de la fuerza para asaltar una cueva vecina porque era más grande o tenía menores condiciones de temperatura, o de acceso al agua.

Supongamos que desde las cavernas, con el ejercicio inicial de violencias para imponer la voluntad de agresores sobre agredidos, y por tanto con la práctica de destruir el equilibrio originario de la libertad, los humanos se han ido organizando en lo colectivo a partir de ese modelo de poder impositivo; por tanto siendo la organización social netamente autoritaria, potestocéntrica (del latín potestas, poder), planificada y dirigida desde quienes en cada momento ostentaban poder, desde quienes habían usurpado las libertades de otros.

Imaginemos en este punto que la democracia como ideal se gesta en la Grecia ateniense en el siglo V a. de C. con buena voluntad, con el loable y sincero propósito por parte de sus promotores de reconducir los desequilibrios históricos que hasta el momento estaban desnaturalizando a la libertad, y de intentar reajustar por tanto el equilibrio originario de la libertad igualitaria, ésa que es inherente al ser humano por el hecho de serlo (libertad inherente que luego, siglos después, reconocerá la denominada Declaración Universal de los Derechos Humanos).

Cuando surge el ideal democrático, la historia de la humanidad ya llevaba todos sus siglos de historia instalada en la dominación de unos seres sobre otros seres, en el ejercicio del poder y en la imposición de la voluntad de unos sobre la libertad de otros. No obstante, tras plantearse la democracia como forma de organización social, tuvieron que pasar alrededor de veinte siglos para que fuera tomando forma en estructuras de gobierno, al menos en lo que actualmente se considera Occidente. No fue hasta pasada la Segunda Guerra Mundial, o como consecuencia de ella, que la democracia comienza a instalarse y asentarse en términos políticos e institucionales.

Ahora supongamos que esa democracia tardía del siglo XX, que se pone en práctica y se aplica mucho tiempo después de que es concebida veinte siglos antes, no es una expresión de libertad, sino que continúa siendo una estrategia de aplicación del poder, de dominación de unos seres humanos sobre otros. En aras de la eficiencia en el relato, llamemos clase dominante a ese conjunto indefinido de seres humanos que a lo largo de la historia ha ido desbordando sus propios límites de la libertad a costa de sustraer, por la fuerza, libertad a otros. Utilizamos este concepto de clase dominante, no obstante, por su facilidad narrativa pero a sabiendas de que es erróneo y refuerza las representaciones mentales sobre la clase dominada: ni una ni otra existen, sino que son fruto de modelos mentales inducidos por el ejercicio del propio poder; en realidad, las denominaciones menos absurdas serían clase violenta y clase violentada, pues quienes han usurpado libertades a lo largo de la historia siempre lo han hecho mediante la aplicación de distintas violencias a través de diversos y sofisticados sistemas de control social.

Pues bien, ¿por qué, de repente en el siglo XX, la clase dominante iba a ceder parcelas de poder transfiriéndolas a aquellos otros a quienes previamente les habían cercenado libertad? La verdad oficial y comúnmente aceptada dirá que la democracia se ha conquistado a través de revoluciones, de revueltas, del movimiento obrero, del feminista; de los esfuerzos que miles de personas individuales, mujeres y hombres, han realizado a lo largo de la historia para recuperar, para conquistar, parcelas de libertad que les habían sido arrebatadas. Es cierto, esos esfuerzos y esas luchas se han producido, con enormes sacrificios, con impagables débitos que quienes vivimos en la realidad del siglo XXI tenemos con quienes nos antecedieron en la lucha por las libertades. Ese reconocimiento es justo hacerlo y el agradecimiento subrayarlo. Sin embargo, los sacrificios realizados y la sangre derramada a lo largo de la historia para recuperar la libertad originaria del ser humano no son incompatibles con la hipótesis de la clase dominante, de la inexistencia de la libertad, y con la democracia como instrumento de control; no sólo no son incompatibles ambos conjuntos de afirmaciones, sino que son perfectamente complementarios y guardan entre sí una relación lógica.

La democracia como instrumento de control

Que se afirme que la democracia es un instrumento de poder de la clase dominante puede parecer paradójico, puesto que actualmente, a nivel global y con todos los matices, el ser humano goza de las más altas cotas de libertad de la Historia. Sin embargo, no es ni mucho menos una paradoja, sino una consecuencia lógica del trayecto de esa Historia: la libertad ha cursado históricamente como una campana de Gauss invertida; desde un punto originario del ser humano libre que prácticamente fue un suspiro al principio de la historia, comenzaron las primeras violencias en el Paleolítico (o antes) y continuaron hasta el sometimiento de unos seres humanos por otros, alcanzando la mayor cuota de dominación tal vez en la Edad Media (punto más bajo de la campaña invertida), donde con el advenimiento de Renacimiento comienza a repuntar un cierto tipo de libertad hasta llegar a los inicios de las democracias a partir del siglo XIX.

La hipótesis a manejar es que esa democracia es una concesión por parte de las clases dominantes en un momento histórico concreto en donde se considera, no que las clases dominadas tengan que recibir parte de la libertad que históricamente se les había arrebatado por la fuerza, sino que un goteo, una dosificación de cuotas de libertad controlada hacia la clase dominada iba a ir en mayor beneficio de las clases dominantes. La clave de todo este movimiento de concesión de libertad formal que es la democracia llega de la mano del capitalismo, de la economía basada en el consumo.

Continuemos con las conjeturas. Supongamos que la democracia se concede, incluso se facilita a las clases dominadas, porque las clases dominantes vislumbran que la libertad de límites desbordados de la que ya disfrutaban por obra de la violencia históricamente practicada, podía ampliarse aún más, exponencialmente, si se articulaba un capitalismo basado en el consumo de masas.

De esta manera, la democracia se concede porque las clases dominantes, en tanto circunscritas por sí mismas a un comportamiento endogámico, no podrían generar los volúmenes de capital que hicieran exponencial el crecimiento de los privilegios y de libertad desbordada –es decir, sin estar limitada por la libertad de otros- de las clases dominantes. Al contrario, ese tipo de capitalismo destinado a hacer crecer desmesuradamente el poder de las clases dominantes sobre unas clases ya históricamente desposeídas de libertad, necesita el consumo masivo para generar las ingentes cantidades de capital. Como contrapartida, para que se produzca ese tipo de consumo tiene que recrearse una ilusión de libertad lo suficientemente persuasiva como para hacer germinar en el sujeto la ilusión de decisión, la percepción de que tiene capacidad de elegir bienes y servicios de consumo.

La democracia, pues, se concede cuando las clases dominantes calculan que la ilusión de libertad para la clase dominada es necesaria para alcanzar niveles de consumo que produzcan volúmenes de riqueza derivada; una mínima parte de esa riqueza es destinada a mantener y fortalecer la ilusión de libertad de las masas, mientras el grueso sustancial de esa riqueza va engrosando y haciendo crecer el poder de las clases dominantes. Por el mismo razonamiento, la democracia acabará cuando el cálculo del consumo en el 1% de la población que compone la élite dominante iguale sus expectativas de generación de riqueza, y ya se haga innecesario el consumo masivo para el crecimiento exponencial de la riqueza en esa clase dominante. Es decir, cuando la clase dominante logre la generación de capital y de riqueza únicamente a partir de su propio consumo endogámico. En ese momento, la democracia tendrá su fin. Ese final ya ha llegado.

El fin de la democracia

No sorprenderá mucho reconocer que todas las guerras a lo largo de la historia se han propiciado para que unos pocos, quienes ya gozaban de una libertad desbordada a costa de la predación de la libertad de muchos, acumularan más poder, riqueza y capacidad de dominación. Esos pocos, que aunque cambiando algunos rostros y apellidos y añadiéndoseles en cada generación unos cuantos advenedizos violentos, son los individuos herederos del primer cavernícola que empuñó un arma para asaltar la cueva de su vecino y despojarle de ella y probablemente de su vida, han utilizado las guerras para generar y acumular riqueza. Por supuesto, generalizando y obviando casos individuales que no afectan a la solidez del relato, en esas guerras siempre han luchado y perdido la vida quienes estaban desposeídos de libertad. Igual que con la democracia, cada guerra se ha revestido en cada momento de la narrativa necesaria para crear una falsa ilusión de libertad, de reconquista o de conquista de ella, de lucha del bien contra el mal, que era necesaria para que los combatientes se entregaran en el campo de batalla. Con las pertinentes variaciones, todas las guerras antiguas y modernas han seguido el mismo principio de servir a la acumulación de riqueza y poder para unos pocos.

Hasta la Primera Guerra Mundial, más o menos y con todos los matices para los que no hay lugar aquí, la democracia no había sido elegida todavía como forma instituida de gobierno para dejar establecido el capitalismo. Incluso después numerosos territorios mundiales han venido siendo ajenos al capitalismo de masas y a la democracia, pero ni mucho menos a la supresión de la libertad de una masa de individuos por parte de otros, propietarios y gestores estos últimos de los medios de aplicación de la violencia sistemática, y también generadores de las narrativas de dominación para cada momento histórico.

Tanto la primera como la segunda guerra mundiales son acciones estratégicas más o menos planificadas para hackear la mente colectiva de la masa dominada y encarrilarla hacia un escenario de ilusión de liberación que las llevara, casi automáticamente, a ser generadoras de riqueza para beneficio de sus manipuladores.

Modernamente, el hackeo es una acción de ataque cibernético que habitualmente utiliza una vulnerabilidad en un sistema informático atacado, es decir, algo así como un defecto o una característica de diseño, para prevaliéndose de esa vulnerabilidad hacerse con el control de ese sistema. Imaginemos que la sociedad compuesta por individuos sometidos históricamente a distintas formas de poder es el sistema a hackear. Ante una vulnerabilidad informática, en un hackeo un atacante utiliza un exploit, que es un código software que se comunica con el código software de la vulnerabilidad para producir el efecto de someter al sistema atacado, de transferir el control de ese sistema al atacante.

Traslademos la metáfora del hackeo desde las computadoras a la sociedad. Utilicemos un ejemplo. Pongamos por caso que se establece la narrativa social de que <<hay que tener un inmueble en propiedad>>. Si se logra convencer a una mayoría de la población de que es un derecho constitucional, se ha sembrado un relato en la mente del individuo: ya está programado con la necesidad de adquirir un inmueble. El diseñador de la narrativa articulará una compleja infraestructura para generar capital, bienes y servicios en orden a crear el mercado inmobiliario: el objetivo es alcanzar tal nivel de demanda social que los individuos se hipotequen para comprar sus inmuebles; para hipotecarse se esclavicen en puestos de trabajo sometidos cada vez a condiciones más lesivas para la libertad individual; y para mantener esas condiciones el individuo con ilusión de control deje de pensar en rebelarse contra un sistema que podría parecerle injusto.

Así, ya está dispuesta la vulnerabilidad, el fallo de programación, pues en cualquier momento que se cambie alguna de las condiciones de equilibrio inestable con la que se ha programado el mecanismo por parte de sus desarrolladores, ese mecanismo colapsará. Pues bien, el exploit está preparado prácticamente desde el principio de diseñar el sistema del mercado inmobiliario; se hace crecer sobredimensionadamente el sistema en una burbuja especulativa, se calcula cuándo hacer estallar esa burbuja será rentable, y se aplica el exploit para atacar a millones de personas con créditos inmobiliarios concedidos en condiciones diseñadas para ser vulnerables a cualquier cambio en el mercado. El resultado de la aplicación de exploit es que millones y millones de activos inmobiliarios son adquiridos por una masa operando bajo la narrativa de ilusión de libertad para, cuando son hackeados, ese volumen ingente de activos inmobiliarios, de propiedad privada, pasa de manos de quien creía que lo tenía a quien realmente lo poseía desde el principio: el que concedió el préstamo de capital para comprarlo, quien concibió la vulnerabilidad, diseñó el exploit y lo aplicó.

La abstracción a partir de este mismo ejemplo nos servirá para concluir que la democracia se ha terminado, puesto que las clases dominantes ya han calculado que no necesitan más a la masa dominada para generar capital; que pueden producir y acumular ese capital endogámicamente, expulsando a una cada vez mayor masa de población de hacia donde habían sido conducidos previamente: de la democracia. Esta expulsión de los ciudadanos de las democracias para finalmente extinguirlas lleva varias décadas operacionalizándose en el llamado Occidente a través de una consecutiva serie de hackeos sociales.

En realidad, la humanidad sólo ha vivido menos de un siglo de democracia más o menos extendida. Deberíamos habernos dado cuenta ya de que no ha sido, precisamente, el sistema de organización social históricamente prevalente. Lo cual nos debería haber hecho sospechar de su excepcionalidad.

Precisamente ha sido uno de los pilares de las democracias, la libertad de expresión, tal vez de los primeros en ser hackeados. Antes que la educación, la economía, o la política, la prensa y los denominados medios de comunicación social fueron violentados por clases dominantes que, aproximadamente tras la llegada de Ronald Reagan al gobierno de EEUU, decidieron que en menos de un siglo estarían en condiciones de retirar a las clases dominadas la libertad que le habían concedido durante el siglo previo.

Idealmente, los medios de prensa son un contrapoder, definido para controlar a quienes detentan el poder y para aportar a los sujetos de soberanía en una democracia -los votantes- la mejor información para adoptar la mejor decisión de voto. La prensa tuvo su apogeo democrático entre la década de los sesenta y el final del siglo XX –siendo generosos en la horquilla temporal-, con periódicos, medios de radio y televisión volcados en la libertad de información, con pocas interferencias. A partir del inicio del siglo XXI, la prensa es hackeada, y lo es mediante su conversión en conglomerados financieros bajo el control de quienes siempre han poseído el capital. Sin entrar en muchos detalles, quepa decir que las mecánicas financieras han mutado a los medios de prensa de ser servicios informativos para el ciudadano a servicios de propaganda gestionados los propietarios del capital. Eso implica no sólo la desaparición de la libertad de prensa y de cualquier contrapeso al poder sobredimensionado de unos pocos, sino lo que es más significativo en términos de hackeo: la capacidad de retomar el secuestro y manipulación de las mentes de los individuos dominados, con el fin de re-encauzarlos a su destino futuro, a ése donde ya no necesitarán estar informados.

De seguido, y casi en paralelo al hackeo de la prensa, se ha intervenido sobre el sistema educativo. Tras algo más de medio siglo de educación pública de calidad que permitía a las masas de población acceder a la cultura con el fin de prepararlos como instrumentos afinados al servicio del sistema productivo (ingenieros, abogados, médicos), a partir de un determinado momento también alrededor del inicio del siglo XXI se articuló una acción sistemática de debilitamiento, erosión y desestructuración de los sistemas de educación pública. El asunto no es tan obvio ni tan sencillo como la eliminación, de un solo golpe, de educaciones primarias, secundarias y universitarias. Recordemos que estamos hablando de la supresión de las democracias en un rango temporal de un siglo después de otro siglo de operar con más o menos convencionalismo. Al contrario, la destrucción de la educación pública se ha realizado, como todo lo demás, lenta e imperceptiblemente. Primero se relajaron las condiciones de exigencia en las educaciones primaria y secundaria; al mismo tiempo se promovieron amplios conglomerados educativos privados para élites económicas; seguidamente se devaluó la calidad de la educación pública universitaria, tanto en contenidos como en requisitos (reducción drástica de los períodos de formación con la excusa de integrar jóvenes en el mercado laboral; eliminación de disciplinas dedicadas al pensamiento y la reflexión); para encontrarnos actualmente con una educación universitaria que, dando apariencia de sofisticación y excelencia, produce probablemente los jóvenes con menos capacidad analítica y reflexiva de los últimos cuarenta años. La devaluación en paralelo de los medios de comunicación junto a los sistemas educativos públicos ha sido como la gasolina en el fuego del adocenamiento colectivo.

Hackeadas la prensa y la educación, el siguiente ataque a los sistemas democráticos se produjo hackeando la economía. Aunque pueden elaborarse todo tipo de complejos análisis multifactoriales sobre sus causas y efectos, la crisis de 2008 fue provocada con tres objetivos principales a largo plazo: quebrar la capacidad económica de un amplio volumen de población, y también de sus descendientes; recuperar el control sobre una ingente superficie de parque inmobiliario para transferirlo a quienes siempre fueron los usurpadores de las tierras y de cuanto había edificado en ellas; y, por último pero principalmente, devolver el mercado financiero a unos pocos operadores de gigantesco poder y dimensiones, eliminando a los operadores de pequeño y medio tamaño a quienes, explotando su ambición y naturaleza advenediza, se les había permitido jugar en el terreno de quienes detentan –por la violencia- el poder histórico en las sociedades.

Una vez empobrecida una parte sustancial de población tras el hackeo económico, sustraída ya su capacidad de recibir información independiente desde la prensa, y cercenadas drásticamente las posibilidades de recibir una educación de calidad para fomentar su libertad, los dos siguientes hackeos se han producido en paralelo en los últimos diez años: el hackeo sobre los sistemas políticos y el hackeo sobre los sistemas mentales a través de la tecnología.

El hackeo a la mente por medio de la tecnología tiene la finalidad de neutralizar la capacidad de juicio de la mayoría de la población, preparándola para ser desconectada de los sistemas sociales, expulsándola hacia submundos y sociedad marginales: al ritmo que vamos, esto ocurrirá entre los años 2050 y 2080 de nuestro siglo. Este hackeo de la mente colectiva se beneficia de la capacidad que tienen quienes detentan el poder financiero y el control, a partir de la estructuración financiera, de todo tipo de empresas globales, de gestionar a nivel microscópico un volumen cada día exponencialmente más creciente de la información circulante. Todavía no, al menos no en las próximas dos décadas; pero llegará un momento en que la mayoría de la población sólo acceda a información previamente cocinada, diseñada y manipulada para servir a intereses de las clases dominantes. Casi nadie podrá escapar del efecto que tiene ese bombardeo de información manipulada en la mente, pues casi nadie se despega de su smartphone o de su computador. La creciente asociación de la identidad individual a una identidad virtual o digital representada por una o más cuentas en redes sociales, redes sociales dominadas por empresas financieras al servicio de los propietarios del capital, es el escenario ideal para inocular la información de diseño que haga que en veinte años sólo un porcentaje menor de las poblaciones habitando las sociedades democráticas sea capaz de pensar por sí mismo.

Las redes sociales y el hipercontrol sobre los proveedores de contenidos y sobre los servicios conectados a Internet, son el caldo de cultivo ideal para el accionar de la palanca final de desarticulación de los sistemas democráticos: el hackeo de los sistemas políticos de la democracia representativa. La subversión del poder del Congreso de EEUU por parte del Ejecutivo de aquel país en 2008 para obtener los 750 mil millones de dólares que supuso el rescate al sistema financiero fue la más evidente teatralización de la infección de que son víctima actual las instituciones democráticas. Esa infección es resistente a cualquier antibiótico que no sea la amputación, y se propaga a ritmo acelerado. La corrupción de los partidos políticos, propiciada por la infiltración financiera y de negocios regulados en ellos –como la energía o las telecomunicaciones-, los ha convertido en algo similar a grupos de interés colectivo y de acumulación de poder personalista, cuando no directamente en depredadores de las libertades públicas. La profesionalización de la política la ha degradado y alejado de cualquier espíritu de servicio, lo cual desemboca directamente en un desconexión de la ciudadanía. Esta ciudadanía, intoxicada por información manipulada, esclavizada por aferrarse a sus últimos resquicios de un bienestar heredado de los inicios de una democracia con ilusión de libertad, está despojada de capacidad de juicio y de reacción; entregada como un zombie al devenir de los acontecimientos, sin percatarse de que la degeneración democrática -por muy artificiosa e interesada que haya sido la democracia occidental que se nos había concedido por la clase dominante- implica la caída libre hacia la desposesión, hacia la exclusión, hacia la expulsión al otro lado de un muro que finalmente fracturará las sociedades separando a las masas de población de una clase que ya ni siquiera consume la información, ni los servicios, ni la tecnología, ni los lugares, ni la misma realidad que esa clase a la que se desplazará. Tomemos nota de que la clase dominante, esa que acabará con la democracia que conocemos, ya tiene sus propios medios de información, sus propias redes sociales, sus propios círculos de relación, sus propios espacios de ocio, sus propios resorts, sus propios medios de transporte… en definitiva, casi su propia realidad, de los que el resto ya estamos excluidos.

Con todo, hay que reconocer que la ilusión democrática en la que vivimos es de tal intensidad, tan insidiosa y persistente, y lleva tanto tiempo entre nosotros, que incluso lo relatado hasta ahora parece pura y desquiciada paranoia. Y lo seguirá pareciendo en los próximos cincuenta años, hasta que de repente las democracias, tal como las hemos conocido, desaparezcan para retornarnos a una Nueva Edad Media.

¿Cómo será esa Nueva Edad Media? Llegará a partir de 2080 y se caracterizará por gobiernos y parlamentos títere desposeídos de capacidad de decisión, que será asumida por poderes financieros que tendrán el control de Internet; esos gobiernos y parlamentos gestionarán al 90% de la sociedad, sin ningún control sobre el 10% restante, que se regirá por un gobierno auto-organizado sirviendo a sus propios intereses y desconectado de la masa de población; ese gobierno de la élite será, curiosamente, lo más parecido al anarquismo.

La masa del 90% estará empobrecida, privada de propiedad o con una propiedad devaluada; carente de educación de calidad, tendrá una visión del mundo definida por la información suministrada a través de dispositivos electrónicos personales que no tendrán ni un solo grado de libertad, que estarán totalmente controlados por sus proveedores empresariales. Esta masa ni siquiera se molestará en elegir a sus gobernantes, alcanzando los procesos electorales ya totalmente degenerados índices de participación del 5%. La masa se nutrirá con alimentos genéticamente manipulados y con un elevado grado de procesamiento industrial, aumentando todo tipo de enfermedades, que a su vez crearán tensión en un sistema sanitario completamente privatizado; la mortalidad de la población aumentará al tiempo que desciende drásticamente la natalidad. Las tensiones sociales generarán violencia y todo tipo de resistencias, que serán reprimidas por fuerzas de choque al servicio de leyes de excepción, ambas controladas por parlamentos y gobiernos títere a este lado del muro. El mercado laboral y la educación, como las conocemos, habrán desaparecido: dentro de la sociedad del 90% la educación universitaria se limitará a pequeños nichos de subsistencia, y el trabajo asalariado será asumido por redes de servicios organizados bajo prácticas mafiosas sin control.

La única solución a este apocalipsis de las democracias es, primero, adoptar una consciencia libertaria, que curiosamente siempre ha estado ausente, en lo colectivo, de las sociedades humanas: todos los humanos somos sujetos libres en igualdad con el resto; ninguna imposición es admisible; nadie puede concederte aquello que ya es tuyo. Lo segundo, aunque parezca paradójico, es implicarse en política, desde esa consciencia libertaria, con el propósito de resetear las democracias para desinfectarlas de la infiltración de los patógenos que, como un tumor, avanzan metastáticos para liquidarlas.

Kaos en la Red

 

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