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EL HAMBRE: SOLO SÍNTOMA DE UNA ENFERMEDAD QUE ACECHA EL PLANETA


El Hambre: Solo síntoma de una enfermedad que acecha el planeta

Por Redacción Redcom

Hace pocas semanas se ha conocido el informe anual de la ONU sobre «El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el Mundo». Tras 256 páginas sólo hemos sabido, a través de una somera descripción y análisis cuantitativo, uno de los síntomas de una enfermedad terminal.

A lo largo de nuestra historia se ha observado un fenómeno cuyo análisis nos podría ayudar a encontrar la respuesta. Una herramienta de manipulación de masas, que se ha mostrado infalible a lo largo de los siglos: la creación de una amenaza externa. Un enemigo omnipresente, aunque muchas veces invisible, que amenaza la misma esencia de nuestras vidas.

Un enemigo cuyo rostro, curiosamente, cambia según la distribución del poder en el mundo y los intereses políticos de cada país: desde el diablo en la edad media, hasta los rusos, los musulmanes, los homosexuales o los refugiados hoy en día, cuya mera existencia, aparentemente, pone en peligro nuestros valores más apreciados, como la libertad, la democracia y el bienestar.

Así como la maquinaria propagandista construida por Hitler con la ayuda de Joseph Goebbels -el ministro de la Propaganda del Tercer Reich- utilizó tanto la legislación como todos los medios de comunicación que existían por aquel entonces para acusar a los judíos de todos los males posibles: la crisis económica, el desempleo, la pobreza y la incertidumbre del porvenir, la realidad que se vive tanto en Europa como Latinoamérica hoy, y la amenaza que tanto aterra -“la plaga” de millones y millones de migrantes y refugiados que asaltan las fronteras es el producto de la viva imaginación de los fieles sirvientes del pueblo, los políticos, los que por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial han encontrado otro chivo expiatorio impecable -negro, pobre, musulmán, indígena, latino-, a los que culpar de todos los males que padece la sociedad occidental.

Tan grande es nuestro miedo a los que percibimos como “los otros” -los migrantes, los refugiados, los musulmanes, los rusos, los pueblos originarios, los latinos, los homosexuales, etc.-, que estamos dispuestos a ceder una parte de nuestra libertad, -sobre todo la libertad de razonar-, y nos convertimos en mudos testigos de las atrocidades que se cometen en nombre de la democracia y la seguridad, como antes se hacía en nombre de Cristo. Uno de los productos de esas atrocidades es el hambre provocada por los Estados a través de la pobreza y la pobreza extrema, en un entorno de riquezas. Fundamentalmente, de la riqueza de nuestra Pacha Mama.

El cebo de los datos reales

Hace pocas semanas se ha conocido el informe anual de la ONU sobre «El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el Mundo«. Tras 256 páginas sólo hemos sabido, a través de una somera descripción y análisis cuantitativo, uno de los síntomas de una enfermedad terminal. Despojados de toda ética, los analistas del organismo, no se adentran en el verdadero flagelo. Tan siquiera lo mencionan. En ningun momento profundizan para contestar a una pregunta que se resiste en ser contestada oficialmente: ¿Qué provoca el hambre en el mundo?

Conocido el informe de la ONU, los medios concentrados se limitaron a publicar los resultados del documento, manipulando la información y adaptándola a las distintas realidades desde sus titulares catástrofe. Criminalizando y estigmatizando al continente africano, a Latinoamérica y escencialmente a paises como Venezuela. La maquinaria propagandística y la construcción de chivos expiatorios comenzaron su perversa rutina, una vez más. La instauración de una amenaza externa muestra su rostro. El hambre.

«El hambre crece en América Latina empujado por la crisis en Venezuela«; «Según ONU, aumentó el hambre en América Latina y ya afecta a 42,5 millones de personas«; «Los venezolanos pasaron de comer 21 kilos de carne al año a solo 3, una de las cifras más bajas del mundo«; «La crisis en Venezuela disparó el hambre en Sudamérica: hay 42,5 millones de personas subalimentadas en la región«; «Más de 820 millones de personas pasan hambre y unos 2000 millones sufren su amenaza«, son algunos de los titulares con que abrieron sus portadas digitales los medios hegemónicos internacionales, el 15 de julio, para dar un especial tratamiento a la marca: Hambre. El síntoma de la enfermedad.

El inforne de la ONU nos describe y «analiza» que el hambre está creciendo paulatinamente y se han perdido años de avance a nivel mundial, mientras que la amenaza de no tener un plato de comida asegurado alcanza ya al 26,4% de la población mundial. El «debilitamiento de la economía» se encuentra entre las principales causas de estas tendencias. En América del Sur, «el empeoramiento de los índices se debe principalmente a Venezuela».

Lo cierto es que cuando se lee un artículo de investigación sobre cualquier tema solemos encontrar un apartado de metodología, otro de resultados y otro de conclusiones. Si queremos comprender y asimilar la información del estudio, y especialmente, si nuestra labor es transmitir la información bien para un medio de comunicación o para nuestro equipo de prensa, es imprescindible atender a los tres apartados para poder llegar a un resumen o a un titular. Es muy fácil manipular el resúmen y el titular aunque usemos citas literales del artículo.

El informe ONU

Si bien los fríos números que deja trascender el organismo internacional pueden ser verificables, lo cierto es que detrás de cada número hay seres humanos: mujeres, niñxs, hombres, de carne y hueso. La estrategia cuantitativa implementada, esconde, invisibiliza en un «simple» dato las realidades del día a día de familias enteras alrededor del planeta.

Según la ONU aproximadamente, una de cada nueve personas en el mundo padeció hambre el año pasado.

Dicho de otra manera, el número de personas subalimentadas o que sufrieron una carencia crónica de alimentos durante el año pasado ascendió hasta los 821 millones, 6 millones más que las registradas en el anterior informe sobre el Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo que ha presentado el organismo el mes pasado en Roma.

Según el estudio conjunto de varios organismos de las Naciones Unidas, el número de personas que sufren hambre ha crecido durante los últimos tres años, volviendo a situarse en los niveles de hace una década, y además la situación está empeorando en la mayoría de las subregiones de África, se está ralentizando “considerablemente” en Asia y está empeorando en América del Sur.

El director adjunto de la división de la economía del desarrollo agrícola de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Marco Sánchez Cantillo, señaló que estas carencias se deben a varios factores dependiendo de la ubicación geográfica, como por ejemplo los conflictos, pero que en América del Sur un elemento muy importante fue la desaceleración económica. Es interesante a los fines de profundizar el análisis, saber qué, quién o quiénes han provocado esta desaceleración. Pues en ningún apartado del informe se advierte dicho análisis.

“En América del Sur hay varios países que están percibiendo un rezago económico vinculado con los precios internacionales de los productos básicos que exportan. Ha impactado en las finanzas públicas y en los ingresos tributarios que estas naciones venían destinando a los programas de protección social“, añade Sánchez.

Además los ingresos en las exportaciones venían generando divisas que se usaban para importar alimentos, por lo que al verse limitada esta fuente de ingresos, aumentan los problemas para la seguridad alimentaria. Es decir que para el relator uno de los problemas del hambre es debido al bajo ingreso de exportaciones y no a las políticas de corte neoliberales de ajustes y recortes que desarrollan Regímenes como los Latinoamericanos, Europeos, Africanos, etc.

Según el informe, en toda América Latina y el Caribe, 39,3 millones de personas, un 6,1% de la población, estaba malnutrida en 2017 frente a los 38,9 millones en 2016. La desaceleración económica se ha sentido especialmente en el caso de Venezuela, donde la tasa de prevalencia de personas subalimentadas fue en 2017 del 11,7%, unos 3,7 millones de personas. Una tasa superior, por ejemplo, a la que registró en 2006, cuando fue del 10,5%. Evidentemente, en este caso puntal de los hermanos venezolanos la ONU desecha por completo la asfixia económico-financiera provocada por los EEUU y alentada por la UE y el Club de Lima.

La ONU le echa la culpa al clima, en el aumento del hambre

Pero además de la desaceleración económica, el estudio añade que la variabilidad y las condiciones extremas climáticas son también los principales factores responsables del reciente crecimiento del hambre a nivel mundial y una de las causas principales de las últimas crisis alimentarias. Nuevamente el informe tira los balones fuera y no da cuenta de los por qué del cambio climático. Este cambio es producto de acciones concretas contra el medio ambiente, desde hace décadas. Pero más allá del intento de justificar la crisis alimentaria en el cambio climático, hay un tema central que la ONU esquiva de adentrarse en él. ¿Quiénes son los verdaderos responsables que provocan, por ejemplo, la sobreexplotación de los suelos y la deforestación a mansalva, como es el caso del Amazonia?

El informe continúa con el impacto de los eventos climáticos que ha sido otro de los factores a la hora de estudiar el hambre en América Latina. Sánchez puso como ejemplo la sequía provocada en América Central por el fenómeno de El Niño, especialmente durante los años 2015 y 2016, en El Salvador, Guatemala, Honduras.

“Los efectos de la sequía fueron graves y prolongados, con un inicio tardío e irregular de las lluvias, precipitaciones por debajo de la media, temperaturas por encima de la media y niveles de los ríos entre un 20% y un 60% por debajo de lo normal”, se lee en el estudio.

El informe busca entender, pero no lo ha logrado, cómo los eventos climáticos afectan al hambre y a la nutrición. Una situación que afecta a “los pilares de la seguridad alimentaria” como la disponibilidad de alimentos y su acceso, utilización y estabilidad. La realidad es que se ha quedado en la búsqueda sin encontrar verdaderas respuestas a las premisas de arranque.

Las modificaciones climáticas no son ajenas a un capitalismo que extrema la presión sobre los ecosistemas, el agua, la tierra y la apropiación de recursos naturales, energía, minerales… lo que provoca daños irreparables sobre las personas. No se habla de la necesidad de proteger a la gente vulnerable y no se habla de la justicia climática o de reestructurar nuestra economía para prevenir el cambio climático.

El hambre crece en América Latina

En el apartado específico para América Latina, Naciones Unidas vuelve a señalar que el aumento del hambre refleja la desaceleración económica que vive la región, afectada en los últimos años por la caída en los precios de productos básicos que son motores del Producto Interior Bruto (PIB) de la mayoría de los países latinoamericanos. La caída del PIB y el aumento del desempleo en muchos países provocó que retrocediera el ingreso en los hogares, provocando una recaída en la lucha contra la pobreza.

El deterioro de la seguridad alimentaria en Latinoamérica y el Caribe provocó el año pasado que 42,5 millones de personas fueran afectadas por el hambre.

«En América Latina y el Caribe, las tasas de subalimentación han aumentado en los últimos años, en gran parte como consecuencia de la situación en América del Sur, donde el porcentaje de personas con hambre aumentó del 4,6% en 2013 al 5,5% en 2018″, señalan en un comunicado los eruditos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Nuevamente, se quedan sin dar cuenta sobre las causas que provocan estas consecuencias en nuestro continente. Podríamos denonominar a estos «factores», como efectos colaterales de las causas profundas de origen no tratadas, premeditadamente, por la ONU.

Con estos números, «tenemos que rescatar, en promedio, a más de 3,5 millones de personas del hambre cada año desde ahora hasta 2030 si queremos alcanzar la meta de hambre cero, del Objetivo de Desarrollo Sostenible», aseguró Berdegué de FAO. El asistencialismo que tanto denostan a los gobiernos nacionales y populares, progresistas o como les encanta designarlos de «populistas», lo ponen en práctica ellos mismos, pero sin atacar al problema de raíz.

Argentina y el hambre

Conocido el informe de la ONU sobre el hambre, muchos medios hegemónicos han tildado a la República Bolivariana de Venezuela como la madre de todos los males en América del Sur. Pero lo cierto es que, el tercer productor mundial de miel, soja, ajo y limones; el cuarto de pera, maíz y carne; el quinto de manzanas; el séptimo de trigo y aceites; el octavo de maní, y estamos hablando de la Argentina, es el país que además produce entre uno y tres millones de argentinos que padecen y sufren hambre.

¿Paradoja o injusticia? O una apreciación técnicamente fallida que pasa en muchos otros países, como China, el mayor productor mundial de alimentos, o Brasil, el más grande exportador de comida de América Latina. Pero en ninguna otra nación la brecha parece ser tan grande como en Argentina, donde hoy una nueva crisis económica -hubo diez graves en 70 años- probablemente se traduzca en un nuevo aumento de la pobreza. Algunas proyecciones, luego de la última corrida cambiaria y devaluación del peso, ya confirman un aumento del 36 al 38%.

En Argentina, que produce alimentos para abastecer a casi 440 millones de personas y apenas pasa los 44 millones, ya existen mas de 15 millones de pobres, un 36% de su población.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) de Naciones Unidas reporta poco más de 2,5 millones de argentinos con déficit alimentario. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) habla de 1,5 millones y el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (ODS-UCA) estima 3 millones.

En un interesante informe, nada menos que de la hegemónica BBC, se preguntan: ¿Qué es, entonces, lo que pasa? ¿Para dónde va toda esa comida? ¿Por qué no llega al sector más vulnerable?

Lo cierto es que el hambre en Argentina no se debe a la escasez de alimentos, sino a la falta de ingresos, a la distribución desigual de la riqueza, a la transferencia de recursos a unas pocas manos y fundamentalmente a las políticas de ajustes y recortes en salud, educación y a una precarización laboral y de sobreexplotación.

Desde que Cambiemos llegó a la Casa Rosada en diciembre de 2015, a un millón y medio de argentinos se los ha sumergido en la pobreza, lo que representa un promedio de dos ciudadanos por minuto que caen por debajo del mínimo indispensable para subsistir, algo que no sucedía desde la crisis de 2001 que terminó con la salida de Fernando de la Rúa del poder.

Con el agravamiento de la crisis económica, una inflación sin control y medidas oficiales que no dan en el centro de la solución a los problemas reales, la pobreza no hace más que aumentar, alcanzando por estas horas a más de 15 millones de ciudadanos, a los que se suman 2,7 millones de indigentes. Esto último empeora si se tiene en cuenta el hecho de que con el macrismo 600.000 habitantes cayeron en la indigencia, es decir, un argentino cada 73 segundos, un dato crudo que sirve para graficar el fuerte deterioro social que sufre el país y que afecta a más de un tercio de la población.

En este contexto, un estudio realizado por la Universidad Católica Argentina (UCA), añade un dato escalofriante: el 20% de los chicos que habitan suelo nacional sufren «desnutrición crónica».

Uno de los sectores más perjudicados por las medidas económicas del gobierno de Macri ha sido la clase media, que vio disminuir considerablemente su número para caer en la miseria. Un dato clave marca que la asistencia a comedores escolares y comunitarios se acrecentó en casi un 400% en los últimos 18 meses, y en los barrios marginales la escasez y la vulnerabilidad se han vuelto moneda corriente. Para estos modelos son varios millones los que sobran.

La realidad de los números

15.000.000 de argentinos están sumergidos en la pobreza

6.000.000 de habitantes pasan hambre en el país según la UCA

3.000.000 indigentes existen en territorio nacional UCA

1.500.000 de nuevos pobres, desde la asunción de Mauricio Macri

600.000 personas cayeron en la indigencia en los últimos 18 meses

66% de los argentinos gana menos que la Canasta Básica

50% de la sociedad tiene ingresos menores a $10.000

20% de los chicos sufre desnutrición en nuestro país

Otra rama del mismo tronco

En un informe anual publicado el 16 de julio, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la agencia de la ONU para la Infancia (UNICEF) dieron a conocer que 19.4 millones de niños no recibieron en 2018 vacunas vitales contra el sarampión, la difteria y el tétanos.

Según la OMS, el aumento apuntó a un «estancamiento peligroso de las tasas mundiales de vacunación, debido al conflicto, la desigualdad y la complacencia«.

«Las vacunas son una de nuestras herramientas más importantes para prevenir brotes y mantener el mundo seguro», dijo Tedros Adhanom Ghebreyesus,  director general de la OMS, en un comunicado .

A nivel mundial, la cobertura de inmunización con tres dosis de la vacuna contra la difteria, tétanos y tos ferina (DTP3) y una dosis de la vacuna contra el sarampión, se ha estancado desde 2010 en alrededor del 86%. Aunque esta cifra es alta, no es suficiente. Se necesita una cobertura del 95% -a escala mundial, de países y comunidades– para garantizar la protección contra los brotes de enfermedades prevenibles mediante vacunas.

«A menudo son los que están en mayor riesgo, los más pobres, los más marginados, los afectados por el conflicto o los que se ven obligados a abandonar sus hogares, a quienes se echa constantemente de menos», agregó. «Demasiados quedan atrás».

Alrededor de 350,000 casos de sarampión fueron reportados a nivel mundial el año pasado, más del doble del número de 2017, un «indicador en tiempo real» de la búsqueda para expandir la cobertura de la vacuna, dijo el jefe de UNICEF, Henrietta Fore, en un comunicado.

Sin ir a la profundidad de por qué no se vacunan lxs niñxs, el organismo internacional prefiere acuasar a una campaña anti vacunas y dice que «el resurgimiento de esa enfermedad prevenible es en parte responsable del llamado movimiento anti-vax, que difunde afirmaciones falsas de que las vacunas son la causa, entre otras cosas, del autismo».

Como resultado de esta campaña, muchas personas, especialmente en los Estados Unidos pero también en Europa, eligen no vacunar a sus hijos contra el sarampión, lo que disminuye la tasa de vacunación y pone en peligro a las personas que los rodean.

En Brasil, la aplicación de la primera dosis de una vacuna contra el sarampión cayó al 84% el año pasado desde un máximo del 99%.

Ecuador experimentó una caída similar en la primera dosis de sarampión, mientras que en Filipinas la cobertura cayó del 87% al 67% entre 2010 y 2018.

Las «razones para la reincidencia incluyen la complacencia, la falta de inversión en salud pública, los conflictos y, en algunos lugares, la falta de confianza en las vacunas», dijo la OMS. ¿Y si dejan de realizar advertencias y comienzan a señalar e investigar al poder real, al sistema, a los grandes monopolios transnacionales?

El comienzo del fin

En este punto, quicieramos aportar un análisis respecto del impacto social, económico, político, judicial, gubernamental, que se ha venido dando con la radicación de corporaciones multinacionales en territorios soberanos de Latinoamérica, y ha sido publicado por los colegas de la Revista PPV.

Es sustantivo el adentrarnos en las verdaderas causas, profundas, que provocan realmente el hambre, la miseria, la exclusión, la pobreza extrema, la escasez, la falta de alimentos en nuestros pueblos. Intentando así llamar a la reflexión sobre el análisis que carecen los informes sobre el hambre realizado por Naciones Unidas, o sobre la no vacunación presentados por la OMS y UNICEF.

Éste, es tan sólo uno de los múltiples rostros que adquiere el verdadero cáncer de nuestras sociedades. Es la enfermedad a atacar, y no el síntoma a describir sin dar el diagóstoco completo, que nos lleve a la verdadera enfermedad. El capitalismo salvaje del siglo XXI. Fenómeno cuyo análisis nos podría ayudar a encontrar respuestas a la creación de una amenaza externa: el Hambre.

Un enemigo omnipresente, aunque muchas veces invisible, que amenaza la misma esencia de nuestras vidas. Un enemigo cuyo rostro, curiosamente, cambia según la distribución del poder en el mundo y los intereses políticos de cada país.

Es por esto que, en el año 2003, distintas organizaciones latinoamericanas comenzaron a ver cómo diferentes empresas multinacionales, de las que no sabían nada, llegaban a sus países y compraban buena parte de sus empresas estratégicas. Se asentaron fundamentalmente sobre sectores como los servicios públicos: agua, electricidad, telefonía, energía, banca, seguros. Allí empezaron a sentirse los impactos, especialmente en Nicaragua y Guatemala, donde los servicios públicos empeoraron su calidad y aumentaron sus tarifas. Estos servicios estaban siendo operados por empresas de matriz española como Unión Fenosa, Iberdrola y otras.

Una de estas organizaciones es OMAL (Observatorio de Multinacionales en América Latina), que comienza a estudiar los impactos de las empresas, como las españolas, que operan sobre todo, en los sectores de los hidrocarburos, la electricidad, el agua, la construcción, el turismo, las finanzas, la telefonía. Y han estudiado compañías como Repsol, BBVA, Endesa, Iberdrola, Telefónica, Movistar. Compañías que se expandieron y se convirtieron en multinacionales, multiplicando sus beneficios que eran repatriados a España, pero con impactos que parecían invisibles. Luego fueron ampliando el foco. Ya no sólo hacia la caracterización, investigación y sistematización de los impactos de estas empresas, sino también hacia el estudio de sus estrategias con una perspectiva de largo alcance. Estrategias de responsabilidad social corporativa, de apoyo a la marca país, de expansión a través de la cooperación internacional con un fuerte apoyo de los estados centrales. El foco se ha colocado sobre la oleada de inversión extranjera a la región de las compañías europeas y estadounidenses, como un fenómeno de carácter global y con impactos sistémicos que se extienden por todo el mundo.

La organización se caracteriza como poder corporativo, al poder de las multinacionales en alianza con los estados donde tienen sus casas matrices y que las apoyan decididamente en su expansión internacional. Este poder se basa en alianzas con los estados-destino de sus inversiones, donde desarrollan sus operaciones, y también con las instituciones financieras internacionales. Ese poder corporativo tiene una clara materialización en el aspecto económico. Es bastante claro que estas empresas, en muchos casos, manejan un volumen de ingresos anual superior al producto interno bruto de muchos países, que nos da una idea del inmenso poder económico de estas compañías.

Ese tremendo poder económico se traduce, indudablemente, en un inmenso poder político, en una gran influencia a la hora de crear normativas, poner y quitar representantes públicos, se materializa en este fenómeno global de “la puerta giratoria”, donde los gobernantes una vez que terminan sus mandatos son contratados por las mismas empresas a las que favorecieron cuando estaban en los gobiernos. O al revés, antiguos empresarios que dirigían el poder financiero, hoy son los representantes de los bancos centrales. Esto pasa en Europa, con el caso de Mario Draghi que ha sido el presidente del Banco Central Europeo después de haber sido durante mucho tiempo un ejecutivo de Goldman Sachs. Un fenómeno que no es sino la expresión de ese poder político y económico de las grandes corporaciones.

También ese poder tiene una evidente traslación hacia lo cultural, en lo que tiene que ver con los imaginarios colectivos y con la construcción de subjetividades. No sólo a través de la publicidad, que es la vía clásica de la ideología de la sociedad de consumo, sino a través del propio control de los medios de comunicación y de las redes sociales. Las grandes corporaciones ya controlan qué es noticia y qué no, cómo se estructura la información, determinando el curso y el sentido de esa información que vemos cada día. Por ejemplo, esto hace que a los negocios de las multinacionales en otros países se le llame “inversión”, y no se le llame privatización, especulación, desposesión o compra de empresas para el enriquecimiento de sus accionistas. Y, sin embargo, a la parte del presupuesto que tiene que ver con los derechos sociales, se le llama “gasto social” y cuando se recorta se habla de “techo de gasto”, de “control de gasto” o de “austeridad”. Esto muestra las consecuencias culturales sobre las narrativas que ejerce el poder corporativo.

Durante mucho tiempo se ha dicho que con la globalización, los estados nación poco menos que habían desapareciendo, cediendo cualquier posibilidad de soberanía a las trasnacionales. Esto es cierto en cuanto a derechos sociales, ambientales, culturales, ya que los estados han otorgado capacidad de decisión en estos temas. Pero al mismo tiempo, ha habido una fuerte regulación impulsada por los estados para favorecer a ese capital trasnacional. El inmenso poder de las corporaciones no se entendería sin el apoyo de los estados en forma de créditos, diplomacia, intervenciones militares que han permitido su expansión, y sobre todo, mediante una intensa disputa jurídica creando una normativa internacional que favorece la expansión de estas empresas. Dicho de otro modo, mientras que a nivel internacional no hay una normativa universal jurídicamente vinculante para defender los derechos humanos (si es cierto que existe la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, pero no existen instancias de seguimiento ni formas de evaluar su incumplimiento), sí que hay regulación internacional destinada a proteger los derechos del capital. Por ejemplo, con el recurso a tribunales internacionales de arbitraje, estas compañías pueden acudir cuando les han lesionado intereses en algunos países, ante el aumento del salario mínimo o ante nacionalizaciones o expropiaciones. En estos casos, mientras las comunidades locales no tienen instancias a nivel internacional para demandar a estas empresas, las empresas sí las tienen para demandar a los estados y exigirles compensaciones económicas.

Esta influencia no es sólo sobre los gobiernos, sino más bien en todo el territorio. Es decir, no sólo es en el plano político, sino en el jurídico, cultural, social, ambiental, sobre los pueblos originarios. En ese marco de impactos sistémicos y de violaciones de los derechos humanos, sobre todo habría que destacar hoy a la grandes corporaciones de los recursos naturales, o sea, las multinacionales extractivas, petroleras, mineras, hidrocarburíferas. Al mismo tiempo, las grandes financieras. Hoy los dos mayores bancos trasnacionales de origen español en América Latina son el banco Santander y el BBVA. Luego, están las relacionadas a los servicios públicos y ahí las españolas tienen un gran liderazgo a través de Telefónica, Endesa, Gas Natural Fenosa, Iberdrola. Después, las compañías de la construcción como AFS, FCC y Ferrovial. Y, por supuesto, las grandes compañías tecnológicas dominadas por el capital chino y estadounidense.

A modo de ejemplo citaremos el caso de Argentina, que durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, fue posible recuperar cierta presencia estatal en algunos sectores estratégicos. Tal fue el caso de la nacionalización de YPF. Sin embargo, con la asunción del gobierno de Mauricio Macri se dio un giro radical. Durante su gestión ha designado como ministros a muchos CEOs de multinacionales tales como LAN, Shell, Bridas, JP Morgan, entre otros.

Durante el gobierno de CFK hubo una recuperación de la presencia estatal en algunos sectores estratégicos de la economía del país. El caso de YPF es el momento clave. Privatizada allá por el año 1999, y comprada por Repsol, fue durante una década y media la principal filial de Repsol en todo el mundo. De hecho, se llamaba Repsol-YPF, y fue gracias a esta adquisición que se ha convirtido en una trasnacional. La recuperación de YPF en 2012 se enmarca en una oleada de cambios en los gobiernos de la región, gobiernos progresistas que pretendieron recuperar parte de la soberanía estatal sobre sus propios recursos y que, en el sector carbonifero, emprendieron una política de nacionalización. Es también lo que ha ocurrido en Bolivia, Ecuador y Venezuela.

En aquel momento (2012), se habían publicado diferentes análisis que fueron bastante seguidos en América Latina, particularmente en Argentina, pero que en el reino de España han sido prácticamente ignorados. Los informes mostraban la capacidad del Estado argentino para nacionalizar una compañía como YPF, dado que la cesión a una trasnacional de un sector estratégico había afectado los intereses del pueblo argentino. El gobierno de Cristina Fernández estaba mandatado por su propia Constitución para intervenir en favor de la soberanía económica. Es algo que está en las constituciones de muchos países. Pero este accionar fue contestado por Repsol a través de demandas internacionales ante tribunales de arbitraje y contó con todo el apoyo diplomático, político y económico de los estados centrales.

Estas políticas de los gobiernos progresistas están en franco declive debido al cambio de ciclo que atraviesa la región como el caso de Ecuador, Colombia, Chile, Perú, Brasil y Argentina (esperando que esto se revierta en las próximas elecciones de octubre). Los gobiernos de izquierda fueron sustituidos por gobiernos derechistas y pro empresariales. No deja de ser una expresión de una ola a nivel mundial que podríamos llamar “neofascismo” con políticas pro empresariales, que incluyen en sus gobiernos a ex directivos de corporaciones. El caso de Trump en Estados Unidos y de la Comisión Europea, muestran la penetración del capital transnacional en las instituciones públicas.

La instalación de agentes monopólicos en el entramado de los gobiernos neofascistas, propician la toma de desiciones par aplicar políticas neoliberales, de ajustes, de exclusión social y achicamiento. Las consecuencias inmediatas están a la vista. Altísimas tasas de desempleo, flexibilización laboral, hiperinflación, cierre de Pymes, parálisis industrial; lo que conlleva a la desnutrición infantil, hambre, indigencia, pobreza extrema, precarización, represión, persecución.

Capitalismo salvaje: la enfermedad globalizada

Llegados hasta aquí, recapitulemos un poco -para no perder la perspectiva- los principales factores que, según el informe de la ONU, y ciertas apreciaciones de FAO, UNICEF y OMS, son los «responsables» del crecimiento del hambre a nivel mundial: ubicación geográfica, conflictos, desaceleración económica, rezago económico vinculado con los precios internacionales de los productos básicos que ha impactado en las finanzas públicas, en los ingresos tributarios, en la caída del PIB, el aumento del desempleo, y la variabilidad y condiciones extremas climáticas. Pero estas situaciones subrayadas por estas organizaciones no son un designio fatal, algo natural, sino que son las consecuencia de esta sociedad en la que domina el modo de producción capitalista, donde el capital tiene como objetivo conseguir cada vez más ganancias, a través de la reproducción ampliada. El beneficio es lo que importa no los derechos de las personas, los colectivos y la protección del medio ambiente. Éste es el verdadero flagelo. La enfermedad terminal y no un síntoma que no nos lleva al verdadero diagnóstico.

La globalización neoliberal se construye sobre una asimetría política, económica y jurídica consustancial al capitalismo contemporáneo. Sustentada en el fortalecimiento de los sistemas de acumulación del capital, frente a la retórica generalizada de la protección de los derechos humanos.

Para avanzar en el análisis e intentar explicar el hambre en una sociedad capitalista globalizada, volvamos a las transnacionales. Entendiéndolas como sujetos principales de la acumulación capitalista mundial, y es que no sólo producen mercancías y prestan servicios, mediante la explotación de la fuerza de trabajo, sino también desigualdad, pobreza, desempleo, precariedad, exclusión, destrucción de la naturaleza, hambre, migración y muerte.

Mientras las grandes corporaciones agroalimentarias especulan en las bolsas de las distintas capitales con las cosechas futuras de trigo, maíz, arroz o cualquier otra materia prima alimentaria; producen etanol a partir del maíz, que podría alimentar a una gran cantidad de personas, u otro agrocombustible; provocan emisiones de gases de efecto invernadero que contribuyen al calentamiento del planeta y, por consiguiente al cambio climático; venden armas a países en guerra por el control de los recursos y/o el territorio, etc.; muchos millones de personas son asesinadas, forzadas a emigrar y a padecer hambre.

En este contexto, caractericemos a la globalización actual: una producción y distribución a gran escala, la apertura asimétrica de las economías regionales, la introducción de nuevas tecnologías, el protagonismo del capital financiero y transnacional, cuya ambición especulativa nos ha llevado desde finales de 2007 a una gran recesión, que han sufrido y están padeciendo principalmente las clases trabajadoras y populares de todo el mundo.

Paralelamente, y según el Informe sobre la Desigualdad Global publicado por el World Inequality Lab, «el 1% más rico del mundo ha recibido el 27% de todo el crecimiento de los ingresos generado entre 1980 y 2016. Entretanto, el 50% más pobre de la población mundial apenas ha recibido la mitad”.

A esto añadamos el informe, nuevamente descriptivo, sobre Desarrollo Humano, publicado en 2014, por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, donde se destacaban datos escalofriantes sobre la desigualdad y la pobreza en el mundo:

  • Hay más de 2.200 millones de personas pobres en el mundo.
  • Alrededor del 80% de la población mundial no tiene protección social de ningún tipo.
  • Más de 1.500 millones de personas tienen empleos en la economía informal o son precarias.
  • El 75% de la población pobre, son trabajadores agrícolas que viven en el medio rural.
  • En los primeros años de este siglo más de 200 millones de personas sufrieron desastres naturales como sequias e inundaciones, debido al cambio climático, producido por el aumento de las temperaturas, consecuencia de la emisión de gases de efecto invernadero, principalmente CO2.

Pero además, en el Informe de Desarrollo humano de 2016 se subraya que:

  • Las mujeres sufren discriminación en todo el mundo, así en más de 150 países se las discrimina por ley, en 100 países no pueden cursar determinadas carreras solo por el hecho de ser mujeres y en 18 países están sujetas a la aprobación de sus maridos para acceder a un empleo.
  • También sufren discriminación las lesbianas, gais, bisexuales, transexuales e intersexuales. Hay países en los que se les aplican penas de prisión e incluso los ejecutan.
  • Más de 370 millones de personas indígenas están discriminadas y excluidas en lo que se refiere al acceso a la tierra, el agua, los bosques, los derechos de propiedad intelectual y en el recibir educación en su idioma materno.

Todas estas situaciones, en mayor o menor medida, interactúan entre si de forma dialéctica como caldo de cultivo para intentar dar, a su manera, una explicación al «problema» del hambre en el mundo, pero la vuelta de tuerca más directa es el papel de las multinacionales del sistema agroalimentario mundial, que controlan la producción, la distribución y la venta de alimentos, semillas y abonos químicos y fitosanitarios en todo el mundo. Lo que dicen es que quieren «acabar con el hambre en el mundo», pero de hecho los millones de personas hambrientas no han desaparecido sino que incluso han aumentado, porque lo único que quieren es obtener cuantas más ganancias mejor, sin importarles las personas, los derechos humanos y la destrucción del medio ambiente. Si la gente padece y/o se muere de hambre, ese no es su problema.

Menos de 50 grandes transnacionales controlan la producción de semillas, los demás inputs agrícolas y la producción y distribución de alimentos en el contexto mundial, conforman, pues, un oligopolio alimentario. Sólo las 12 mayores empresas entre las 50 (Monsanto, Cargill, Nestlé, Kraft Foods, Coca Cola, Pepsi Cola, Bunge, Uniliver, Tyson Foods, ADM, Danone y Marte) controlan el 27% del mercado mundial y unas 100 cadenas de distribución y venta lo hacen con el 40% de dicho mercado. Ahora bien, esta concentración aún no ha terminado, la compra de Monsanto por Bayer por unos 57mil millones de dólares (operación aprobada por Donald Trump, y a punto de aprobarse por la Unión Europea), es un claro ejemplo de ello.

Como contrapartida, nos encontramos en la actualidad con que el sistema capitalista ha entrado en un nuevo colapso por el agotamiento de los recursos en general y de los combustibles fósiles en particular, por la destrucción continuada y constante de la naturaleza, así como por la explotación de las personas y esto afecta a sus dimensiones económico-sociales, alimentaria, al medio ambiente, a la acción política y a la cultural.

En lo que se refiere al fenómeno del hambre, la llamada Revolución Verde de los años 60 y 70 del siglo pasado y a la introducción y expansión de los Organismos Modificados Genéticamente (OMG), en los años 90, en la agricultura y la alimentación, lo han convertido en algo estructural; de tal modo que mientras exista capitalismo continuaran existiendo millones de personas pobres, excluidas, inmigrantes, refugiadas, hambrientas, etc., y guerras por los recursos, la tierra, el agua.

Entre los «Objetivos del Milenio» para 2015 destacaba el disminuir a la mitad la pobreza extrema en el mundo y erradicar el hambre, pero parece que esto no ha sido posible, de tal manera que entre los Objetivos del Milenio para 2030 también están presentes dichas metas.

En 2015 de los más de 7.000 millones de habitantes del planeta casi 4.000 millones están malnutridos, de los cuales 2.000 millones sufren subalimentación y más de 820 millones padecen hambre y otros tantos son obesos, sobre todo entre las clases populares de los países ricos por no llevar una alimentación equilibrada y/o comer, casi a diario, comida y bebida basura industrializada, con mucha cantidad de azúcares y grasas tipo trans, al no tener capacidad adquisitiva suficiente. Además se mueren (los matan) de hambre unas 25.000 personas al día.

La FAO, institución de la ONU -reiteremos- dedicada a la agricultura y la alimentación, que, entre otras cosas, se dedica a contar personas hambrientas, afirma que en 2016 ha aumentado el hambre en el mundo hasta sobrepasar los 815 millones (el 11% de la población mundial) debido a los fenómenos meteorológicos extremos, como sequías e inundaciones y a la violencia bélica. En su último informe de 2018, como lo hemos remarcado más arriva, lo vuelve a repetir. Copy-Paste, que le dicen.

Conclusiones abiertas

Ante este cúmulo de situaciones, que explican el fenómeno del hambre, el objetivo principal a conseguir es acabar con el capitalismo y construir una sociedad más justa, solidaria e igualitaria, sin discriminaciones de ningún tipo, basada en la autogestión, el municipalismo, la defensa de la autonomía de lo local y el respeto al medio ambiente, el internacionalismo, donde hayan desaparecido las clases sociales, con el protagonismo de todas las personas. Profundizando y extendiendo alternativas tales como la de defender los derechos humanos, denunciar el poder de las transnacionales y terminar con su impunidad, fomentar el cooperativismo, la soberanía alimentaria y energética, defender los bienes comunes y los servicios públicos, acabar con la discriminación de género tanto en el ámbito doméstico como en el laboral, luchar por la desaparición de los paraísos fiscales y por la condonación de la deuda ilegal e ilegítima, aplicar una reforma agraria que favorezca los intereses de los campesinos y campesinas (incluso expropiando tierras a los latifundistas y grandes propietarios), acabar con los tratados comerciales injustos como los actuales (CETA, TISA, TTIP, MERCOSUR…) etc.

En este contexto de, acabar con el capitalismo y construir una sociedad más justa, en el mientras tanto, y respecto de las alternativas que vislumbramos en una región cada vez más influenciada por las decisiones de las empresas multinacionales, debemos insistir en que esto debe regularse, creando nueva normativa y aplicando la existente. Son empresas que tienen sede en un país, y que operan a través de una sociedad pantalla en un paraíso fiscal, de filiales o a través de una compañía externalizada en el país de destino. ¿Con qué legislación juzgamos estas situaciones? ¿Con la legislación del país de origen o con la del país de destino? Seguramente, lo que necesitamos es una legislación internacional que establezca estándares, los mismos en todos los países, para que las compañías no puedan ir evadiendo las legislaciones y deslocalizando sus responsabilidades por todo el globo.

Las posibilidades de cambio pasan por una triple perspectiva: resistencia, regulación y alternativa. Una perspectiva, en primer lugar, de denuncia de los impactos del capital transnacional, de los acuerdos comerciales y de inversión que favorecen su expansión por todo el planeta, de las puertas giratorias. La resistencia tiene que ser en todos los territorios, todos las actividades humanas, en todos los saberes.

En segundo término, la perspectiva de regulación se aplica desde la legislación nacional e internacional para controlar a estas compañías, y debemos lograr que, por lo menos, los derechos humanos estén al mismo nivel de los derechos de estas empresas y que además se hagan cargo de sus obligaciones. Esta no es una discusión técnica, sino de voluntad política.

En tercer lugar, la construcción de alternativas socio-económicas puede servir para ir arañando parcelas de soberanía económica al mercado. Debemos crear laboratorios de experiencias que permitan disputar espacios en el mercado global, pero que al mismo tiempo, sirvan para crear imaginarios de que otra economía es posible, que otras economías son posibles. Como dice aquella conocida frase:

“A veces es más fácil imaginar el fin del mundo, que el fin del capitalismo”.

Fuentes: Público/Natalia May/Nueva Revolución/David González/Clarín/Informe ONU/Perfil/Infobae/Al Jazeera/Motor Económico/OMS/UNICEF/RevistaPPV/Pedro Ramiro/Miguela Varela/El Salto Diario/CGT Confederal/Jorge Moas Arribi/Ponencia de Juan Hernández Zubizarreta/

 

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