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SUBJETIVIDADES EN CONFINAMIENTO: COLABORACIONISTAS Y TRAIDORES

Subjetividades en confinamiento: colaboracionistas y traidores
Por José Manuel Torrado Publicado el Abr 9, 2020
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Desde la declaración del estado de alarma por parte del gobierno de la nación el pasado día 15 de marzo todos hemos sufrido un proceso, más intensivo que en las semanas anteriores si cabe, de bombardeo mediático oficialista, extraoficialista y también conspirativo. Nuestra subjetividad ha sido puesta en cuarentena, desplazada de su habitual campo de desarrollo, negada de los estímulos que la alimentaban, y sometida a un bombardeo aún más constante de los productores de contenido (sean medios propagandísticos, productores de mentiras o científicos de renombre). Cada uno de nosotros, confinado, ha experimentado un proceso de colonización sin precedentes de su propia subjetividad, aún más potente del que pudieran llegar a plantear originalmente algunos autores como Deleuze, Foucault y otros “filósofos reaccionarios”, como los llamaría en frase feliz Daniel Bernabé. Este proceso de colonización de la subjetividad es ciertamente selectivo, y en gran parte, responde a predisposiciones internalizadas anteriores a la situación de excepción que vivimos.
Predisposiciones como la ideología, las posibilidades materiales, las capacidades intelectuales, y otras tantas marcadas por el condicionamiento social previo de los sujetos, constituyen el punto de partida de la mutación, así como también las bases o filtros a partir de los cuales “eligen” que información de la disponible consumir y emplear para construir su subjetividad colonizada. Estamos ante un escenario en el que la población se encuentra confinada, y ante el pánico desatado y la necesidad de aguantar la situación de confinamiento, las personas comienzan a construir respuestas defensivas a partir de los recursos que sus predisposiciones previas a esta situación les permiten aunar y consumir. Una respuesta reactiva que configura (y aísla) subjetividades dispares, que no es del todo nueva en términos cualitativos, pues es un mecanismo de adaptación psicosocial básico que todos utilizamos para aceptar los condicionantes de nuestra vida (y que incluso podríamos etiquetar bajo el principio de adaptación por disonancia cognitiva). Pero que sí que es nueva en su magnitud, en tanto que podríamos afirmar que casi hemos alcanzado la distopía total orwelliana en la cual millones de individuos, conectados a su telepantalla y distanciados socialmente (aislados, confinados), son sometidos a la propaganda que debe configurar su subjetividad. La diferencia con la distopía orwelliana es simplemente de grado: las telepantallas son muchas y la propaganda tiene múltiples fuentes, entre las que los individuos eligen (cuando pueden elegir, cuando sus capacidades intelectuales se lo permiten). Este carácter electivo de los contenidos y las relaciones sociales, ya presentes en el mundo anterior al confinamiento, se radicaliza sobremanera en un contexto social inédito, en el que la relación sujeto-pantalla convencional pasa a ser la única forma de relación social posible, quedando inutilizados los vínculos anteriores que de manera cuasi forzosa sometían a los sujetos a otros estímulos, a otras subjetividades, diferentes de las que por sus predisposiciones psico-sociales “elegirían”. Se generan así cada vez más subjetividades estancas, confinadas, que consciente o inconscientemente se niegan a recibir estímulos diferentes a aquellos que resultan reconfortantes, cerrando las vías de información y las redes sociales al círculo mínimo que permite configurar los mecanismos de respuesta y adaptación a la nueva prisión, que por dicho procedimiento deja de ser sólo física, y se hace también mental. En este contexto, se ha ido produciendo en los días de confinamiento una mutación de las subjetividades que, recurriendo al heurístico weberiano del “tipo ideal”, podemos clasificar de manera tentativa, provisional y sin pretensión de exhaustividad, en dos grandes tipos sociales puros. Y con puros quiero decir que difícilmente encontraremos en la realidad uno de ellos, sino que más bien constituyen los dos polos del continuo de posibles subjetividades que emergen ante esta situación de excepción generada por el COVID19: los colaboracionistas y los traidores.

El colaboracionista es quizás el tipo más extendido. Colaborar es la reacción defensiva propia del sujeto que sucumbe al pánico y confía, en grados diferentes (y con amplitud de matices), en las recomendaciones de los medios oficiales estatales y sus avales tecno-científicos. El colaboracionista sigue a rajatabla las recomendaciones del Estado y la Ciencia, no por imposición, sino porque las reconoce como legítimas y fundamentadas (aunque no llegue a entender su fundamento): las internaliza, las naturaliza como única respuesta posible y deseable. Ciudadano común, correcto, comprometido, el colaboracionista se levanta cada mañana siguiendo el horario habitual previo a la pandemia. Desayuna, pone el canal de televisión con el que más afinidad ideológica siente, y escucha atentamente el parte de guerra. Revisa la prensa oficial y, cuando sus capacidades intelectuales se lo permiten, recaba información técnico-científica sobre el estado de las cosas (vía informe que el ministerio de sanidad realiza diariamente, vía fuentes primarias que la prensa utiliza para construir sus relatos). A continuación, sigue (o trata de hacerlo en la medida en que la ansiedad se lo permite) el plan de actividades que desde los reportajes de interés humano posteriores al parte de guerra le recomiendan, tratando de llenar su día con múltiples actividades y recursos de consumo doméstico. En ocasiones, y siempre siguiendo un plan más o menos establecido, el colaboracionista sale a aprovisionarse bien ataviado con guantes y mascarilla, y retorna lo más pronto posible a su prisión mental (de la que realmente nunca sale). A la hora estipulada, acude a algún balcón o ventana y aplaude varios minutos, quizás para tratar de autoconvencerse de que pertenece a un colectivo que no existe, quizás por mera inercia. Tras esto prosigue su plan, cena y vuelve a ver el parte. Ha pasado “un día más”. El sostenimiento de esta rutina y la construcción misma de la subjetividad propia del colaboracionista requiere de ciertas mutaciones en la subjetividad original (previa a la situación actual), de ciertas transformaciones cognitivas necesarias para autoconvencerse a sí mismo de que hace lo correcto y que su respuesta es la única posible y legítima ante la amenaza del virus. Para ello, el colaboracionista necesita desarrollar una personalidad ciertamente autoritaria, debe dejar que florezca en su interior el espíritu del totalitarismo, en tanto que debe aceptar el control total de su vida y la supresión de la mayoría de las libertades y derechos de los que disfrutaba previamente. Necesita (y debe) transformarse en una prolongación del poder fáctico del Estado y la tecno-ciencia que ha colonizado la totalidad de su existencia, en un policía de sí mismo, pero también, de sus iguales. El colaboracionista no solo subscribe el reconfortante relato oficial de los hechos (muy bien referido en la oda al totalitarismo que hace pocos días publicó Chul Han en el País), sino que lo impone a los demás, se autoconvence de que lo que hace lo hace por el Bien Común, y que todo aquel que no siga, o simplemente no profese, la doctrina que a él le han impuesto, es un enemigo de la colectividad, un traidor. Esta evidencia se plantó ante mis ojos en un correo electrónico de trabajo que una colega (y amiga) envió y que terminaba con una frase muy esclarecedora (y en parte escalofriante): “Un abrazo virtual de los que respetan el distanciamiento social”. Si bien la frase puede parecer inocente, en ella se delimita claramente una frontera entre el “nosotros”, “los que respetan”, y una alteridad, omitida en la frase, presupuesta: los que no respetan. Una auténtica declaración de intenciones implícita en una simple fórmula de despedida y afecto. Las consecuencias sobre la acción de este tipo de visiones polarizadoras son de sobra conocidas, y van desde el más puro desprecio y odio verbalizado desde los balcones contra los iguales que merodean por la vía pública, hasta la condena y viralización de contenido mediático por las redes sociales para mayor humillación del enemigo. No obstante, no todo es negativo, y ese espíritu totalitario también supone respuestas solidarias en aras de contribuir al Bien Común de la colectividad. Respuestas que se están materializando en la creación de redes de apoyo mutuo para hacer la vida más fácil a aquellos que están en situaciones de mayor riesgo, la proliferación de iniciativas de creación de contenido cultural (cursos, conciertos, etc.) gratuito para el disfrute de toda la colectividad, o más en general, la capacidad de abnegación y sacrificio individual en aras del colectivo, una capacidad quizás inconcebible en el contexto de subjetividades colonizadas por el espíritu neoliberal previas a la pandemia.
Frente al colaboracionista tenemos a su contrario, el traidor, un tipo social quizás no tan extendido pero que constituye el polo opuesto del continuo de subjetividades que emergen en esta situación. Al contrario que el colaboracionista, el traidor se caracteriza por su actitud recelosa ante cualquier información y recomendación que provenga de un medio oficial y, en general, cualquier medio (sea periodístico, sea científico) que reafirme las tesis oficialistas. El traidor es por definición conspiracionista, siempre ha sabido que el poder fáctico está manejado en las sombras por entidades malignas (sean magnates neoliberales, sean los comunistas, sean reptiles intergalácticos), y el COVID19 no es más que una creación de dichas entidades con el fin de instaurar un nuevo orden global que haga prevalecer sus intereses. Este relato de los hechos que sustenta la subjetividad del traidor presenta muchas variaciones: desde un intento del gobierno chino por instaurar el comunismo global, hasta un experimento que salió mal; e incluso en sus versiones más radicales, el COVID19 es una mera invención, una simple gripe que “ellos” utilizan como excusa para militarizar la sociedad, tal y como expresó no hace demasiado tiempo Agamben en el artículo que abre la reciente obra “sopa de Wuhan”. Si bien las variaciones en el relato que sustentan la subjetividad del traidor pueden variar según las predisposiciones psico-sociales pre-pandemia (como la ideología política o la capacidad intelectual), lo que es común a todos ellos es que se construyen por negación del discurso oficial del Estado y la Ciencia, dado que estos no son más que la manifestación más pura de las entidades malignas que quieren imponer sus intereses a través de la enrevesada estrategia de generar una pandemia global. De esta manera, negando el relato oficial (sin discutir realmente sus argumentos esenciales), el traidor construye su propio relato conspiracionista, y trata de demostrarlo aludiendo a pruebas meramente circunstanciales. Para ello recaba datos haciendo un uso selectivo de la información disponible, que varía según su capacidad intelectual: desde la mera búsqueda de bulos y fake news, hasta la búsqueda de datos científicos (usualmente descontextualizados) que avalan sus tesis. Como buen conspirador, el traidor es un ferviente creyente, y movido por una fe inamovible, hará caso omiso a las pruebas y argumentos que refuten su relato, ya que rápidamente éstas serán imputadas a productores de información y conocimiento que no son más que esbirros del poder en la sombra. El traidor es un librepensador, usualmente autodefinido como un defensor de la auténtica “verdad”, lucha por destruir (o al menos desmentir) a las oscuras fuerzas malévolas que plantean instaurar su proyecto sociopolítico totalitario y hacer ver la luz a la gran masa borrega adoctrinada. En tanto que librepensador y cruzado por la “verdad”, el traidor tratará de alentar a la desobediencia de las directrices gubernamentales, predicando incluso con el ejemplo. En términos prácticos, esto se traduce en conductas como la desobediencia a las restricciones a la movilidad, o la gran difusión de desinformación respecto al COVID19 que circula en las redes sociales.
Colaboracionistas y traidores constituyen pues los dos polos de la que puede ser la nueva mutación de las subjetividades a la que está dando lugar la pandemia global. Si bien estos dos tipos sociales se encuentran aún en estado embrionario, las consecuencias de los mismos sobre la percepción y acción en el mundo ya comienza a tener efectos prácticos. Los individuos ya están protagonizando procesos de efervescencia social curiosos: demarcando identidades y alteridades (sea el nosotros responsable y el ellos irresponsable de los colaboradores; sea el nosotros librepensadores y el ellos conspiradores de los traidores), estableciendo nuevas formas de interacción social (desde los nuevos e ingeniosos saludos hasta el fenómeno de los balcones), generando nuevas comunidades y tejidos asociativos (como las redes de ayuda mutua o la emergente policía ciudadana que otea desde sus ventanas) e instaurando nuevos hábitos de vida y movilidad en la población (más programados si cabe que en la situación pre-pandemia). Sería muy osado negar que esta mutación, que ya se manifiesta en el corto plazo, no vaya a tener implicaciones de mayor calado. Del mismo modo que la segunda guerra mundial o la crisis de los setenta reestructuraron las subjetividades y las sociedades en su conjunto, la previsible institucionalización de la práctica del confinamiento, el distanciamiento social y la canalización total de las relaciones sociales en la relación material sujeto-pantalla han llegado para quedarse, y como éstas otras transformaciones anteriores, van a tener consecuencias irreversibles sobre las formas de vida y pensamiento de nuestra sociedad.

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