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CRITICAR A QUIENES CRITICAN A LA IZQUIERDA (DESDE LA IZQUIERDA)

Criticar a quienes critican a la izquierda (desde la izquierda)

Lunes.18 de mayo de 2020
Pablo San José Alonso, Tortuga. #TITRE

No hace mucho escribí un artículo que, con el título “Criticar a la izquierda desde la izquierda”, pretendía mostrar hasta qué punto lo que hoy mayoritariamente se comprende con ese término no tiene demasiado que ver con lo que se definía con la misma palabra hace unas décadas. Por cierto, mi escrito, a su vez, recibió una oportuna contestación por parte de Agustín Velloso. El caso es que como, al final del mismo, prometía que “un próximo artículo mío versará sobre criticar a quienes critican a la izquierda desde la izquierda”, y como lo prometido es deuda, he aquí esa nueva reflexión.

En primer lugar cabe pensar que quienes desde una teórica posición “revolucionaria” critican a ese magma de socialdemócratas, ex-comunistas, activistas de movimientos sociales, progresistas… que suelen ser nombrados hoy con la etiqueta “la izquierda”, lo hacen desde una actitud de cierto resentimiento; como si toda esa gente hubiera abandonado un día su puesto en la Guardia de la Noche de la muralla, traicionando lo jurado, para correr prestos hacia las soleadas llanuras políticas de las mayorías y los posibilismos. De esa manera, una hueste que, en su día, sin ser poderosa sí era nutrida, ha quedado diezmada. Donde antes había una posición reconocible, una voz que mantenía debates y recibía críticas, hoy hay ninguneo, cuando no abierto desprecio y ridiculización. Si el objetivo de revolcar el sistema capitalista era más que difícil entonces, hoy, por falta de operarios, casi ha quedado reducido a un absurdo imposible. Y la culpa del actual estado de ruina de la lucha revolucionaria, así se interpreta, es de toda esa caterva de remisos y desafectos que, con su huida hacia el pragmatismo, o cuanto menos hacia opciones políticas libres de complicación y señalamiento, han terminado por ser los mejores sostenedores y legitimadores del orden vigente. En tal tesitura ya no se sabe si hay que considerarles como antiguos compañeros con quienes hay que hablar para tratar de convencerles de que vuelvan a su antiguo puesto, o si son directamente el enemigo a batir. En todo caso, no es cariño y comprensión, precisamente, el sentimiento con el que se les juzga.

Y el resentimiento, la frustración de ver que se ha degenerado en minoría extrema y no encontrar compañeros de viaje con los que luchar por las mismas metas, permítaseme decirlo, no creo que sea el mejor estado posible desde el que afirmar y desarrollar una posición ideológica. Mucho menos un activismo político. Por el contrario, será la causa de que cualquier análisis de la realidad pueda estar contaminado de excesivo pesimismo y negatividad. Lo suyo, creo, es tratar de aceptar la realidad como es, con la máxima serenidad posible y, en función de ella, trazar las oportunas tácticas y estrategias, así como las pedagogías necesarias que puedan sumar más personas a la expedición. Y desde luego, para ello, la mala leche y la agresividad, poner a parir a unos y otros como alguna que otra vez, ay, hago yo sin ir más lejos, más allá de conectar con morbosos y locuaces seguidores y polemistas en internet, me parece que no funciona.

Amador Fernández-Savater, en un artículo titulado “¿Qué es el pensamiento crítico?”, ya ha realizado, harto mejor que un servidor, esa crítica a quienes critican a la izquierda desde la izquierda:

«Pensar críticamente no es juzgar o denunciar, sino escuchar lo que resiste. (…) La crítica en nuestro mundo es masiva y cotidiana, sin embargo apenas araña el estado de cosas. (…) La lucidez crítica no cambia nada porque no toca los cuerpos, sino que sólo añade “conciencia” a una impotencia. No describe funcionamientos o estrategias en un conflicto abierto, sólo leyes, determinaciones, fatalidades. (…) Se discute hoy sobre la impotencia de la izquierda. Se explica por ejemplo que se debe a la ausencia de ideales y utopías. No lo creo. Lo que hay es una desconexión del discurso con todo lo que lucha, todo lo que resiste, todo lo que no encaja y grita. Los horizontes y las alternativas vienen siempre después, primero es la resistencia. La lucidez crítica es resabiada, determinista e impotente. Al no tener contacto con las resistencias cotidianas, se apoya en la superioridad moral, siempre estéril y contraproducente.»

Debo decir, y asumo la crítica por considerarme también receptor de este señalamiento concreto, que Amador tiene razón en gran parte. No porque -es mi interpretación, claro- esas luchas y resistencias a las que se refiere tengan siempre la suficiente capacidad antagonista y apunten a metas realmente transformadoras, como por lo que afirma sobre la estéril e impotente pretensión de superioridad moral perfectamente elevada y a salvo de la realidad, del barro. Ahí nos da. Y, de hecho, creo que la crítica puede aún hacerse mayor. No es nada inhabitual, por ejemplo, que gran parte de esa izquierda “pura”, emplee buena porción de sus energías, si no todas, en la expresión y divulgación de sus puntos de vista a través de internet. Así se materializa la contradicción de que quienes más critican a otros vienen a ser quienes menos hacen sobre el terreno (1). Cabe pensar que a quien dedica una proporción importante de su tiempo y sus esfuerzos, más allá de atender sus necesidades domésticas, laborales, familiares, etc., a participar en luchas confrontativas, militar en organizaciones o a tratar de materializar algún proyecto autogestionario o de asamblea popular, no le debería quedar demasiado tiempo ni tampoco especial motivación, para enredarse en denuncias y batallas dialécticas en las redes sociales, completamente estériles en su mayor parte. En realidad, este fenómeno que podríamos llamar “purismo cibernético” es la expresión adaptada a ese concreto nicho sociopolítico de la general y progresiva virtualización de la vida, que a todos afecta. A diferencia de épocas en las que para proclamar un discurso político había que arremangarse y salir a la calle a pintar paredes, colocar carteles u organizar conferencias, hoy cualquiera con un mínimo nivel cultural y capacidad creativa puede sentarse ante su ordenador o teléfono móvil y mostrar al mundo que, a diferencia de la mayoría, a él, o a ella, el sistema no se las da con queso. Permítaseme ser un poco mal pensado y considerar que detrás del activismo virtual de no pocos de estos “influencers” se esconden simples necesidades no resueltas de reconocimiento social, aplauso o, como decía Amador, pretensión de superioridad moral.

Esta dinámica de denuncia crítica desde la atalaya virtual hacia la, llamémosle, izquierda moderada, en muchas ocasiones, también, incurre en una suerte de escalada en espiral. Aumenta sin cesar el número de personajes, fuerzas políticas, ideas que dejan de encajar con la cada vez más estrecha definición de “revolución”. Todo, excepto el pequeño grupo de afines en internet, parece descafeinado, cuando no connivente con los poderes del sistema, e incluso mediatizado por oscuras tramas y conspiraciones. El, cada vez mayor, alejamiento de la práxis fuera de la dimensión virtual y la fuerte retroalimentación que experimenta la teoría, provoca que el mensaje, en sí como en su forma de ser expresado, sufra una progresiva radicalización. Así las feministas acaban siendo feminazis, los políticos de Podemos fascistas de izquierda, los ecologistas y antimilitaristas marionetas de George Soros, la inmigración un fenómeno que está destruyendo los valores tradicionales populares de nuestra civilización… De tanto apretar la tuerca se llega al caso de partir la rosca, terminando por ser indistinguibles muchos de estos análisis hipercríticos hacia la izquierda, de los discursos de la propia ultraderecha.

No acaba ahí la cosa. Hay quienes, de tanto dudar de todo, van basculando poco a poco hacia esa nutrida comunidad virtual en la que no hay explicación “oficial” de nada que no sea puesta bajo sospecha, negada y confrontada con sus correspondientes teorías “alternativas”; sean temas de análisis sociopolítico y de actualidad, sean cuestiones de salud y medicina, de postulados científicos, sea cualquier otra cosa.
Otros, en cambio, terminan por dar un último paso, al que podríamos denominar “hacer un jimenezlosantos” (o un escohotado, un sanchezdragó, etc.), consistente en ultimar la vuelta al mundo (se decía antes algo así como “para este viaje no hacían falta alforjas”), al convertirse en paladines de aquellas formas de ser y pensar que son las más teóricamente opuestas a los postulados izquierdistas: el capitalismo neoliberal, el orden y la ley, la moral ultraconservadora (con, por ejemplo, su marcada aversión al feminismo, la homosexualidad, la multiculturalidad…) Incluso, en algún caso especialmente provocativo, el nacionalismo español, la religión católica; hasta la caza o los toros.
En el fondo, los dos patrones de criticismo pasado de vueltas que comento se asemejan mucho por cuanto su transición hacia estos espacios de pensamiento de carácter reaccionario comparte la misma causa: su crítica y disidencia hacia la forma izquierdista de comprender la realidad ha llegado a convertirse en desprecio absoluto, cuando no odio. Emociones que, además, se encuentran aliñadas con una visión cada vez más pesimista de la sociedad humana y del individuo, del cual, sobre todo comprendido en tanto “masa” fácilmente manipulable y sobornable por el poder, no se espera lo más mínimo. Nuevamente la superioridad moral. Dado que de esa antropología negativa emana una perfecta coartada para la inacción, se cierra también, así, el círculo de la impotencia política.

Como pueden deducir quienes me conocen o me leen a menudo, dejando a un lado las concreciones citadas más extremas, yo no soy del todo ajeno a esta forma de comprender la realidad política y, por tanto, como he sugerido un par de veces, la crítica expresada en estas líneas, siquiera en parte, es también autocrítica. Como explicaba en el citado artículo anterior “criticar a la izquierda desde la izquierda” considero que sí es pertinente y necesaria la disidencia pública con respecto a la deriva posibilista y en gran parte acomodaticia hacia las instituciones del sistema en la que se encuentra hoy el grueso de la llamada “izquierda”. La coherencia personal e ideológica, y la aspiración a la utopía ante un mundo que destila daño y violencia física y estructural por todos sus poros, me parece, han de ser irrenunciables. Pero esa posición crítica ha de mantenerse desde la humildad, el respeto, la fidelidad más absoluta al análisis objetivo de la realidad y la ponderación, sobre todo emocional. En este otro escrito he tratado, brevemente, de alertar de lo complicado de mantenerse en ese difícil equilibrio y de los riesgos que acechan a quien se adentra en el tortuoso camino de la “denuncia profética”.

Al igual que en el anterior texto terminaba con una hermosa reflexión musical de Lluis Llach, en este otro, a quienes, a pesar de todo lo dicho, les sigue pareciendo que no hay crítica ni improperio suficiente para valorar a la actual “izquierda” política, les quiero dejar con estas líneas escritas hace casi tres mil años:

“¡Vanidad de vanidades -dice Qohelet-; vanidad de vanidades, todo es vanidad!
¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?
Una generación se va, otra generación viene, mientras la tierra siempre está quieta. Sale el sol, se pone el sol, jadea por llegar a su puesto y de allí vuelve a salir. Camina al sur, gira al norte, gira y gira y camina el viento. Todos los ríos caminan al mar y el mar no se llena; llegados al sitio adonde caminan, desde allí vuelven a caminar.
Me puse a examinar la sabiduría, la locura y la necedad, y observé que la sabiduría es más provechosa que la necedad, como la luz aprovecha más que las tinieblas. El sabio lleva los ojos en la cara, el necio camina en tinieblas. Pero comprendí que una suerte común les toca a todos, y me dije: la suerte del necio será mi suerte, ¿para qué fui sabio?, ¿qué saqué en limpio?, y pensé para mí: también esto es vanidad. Pues nadie se acordará jamás del necio ni tampoco del sabio, ya que en los años venideros todo se olvidará. ¡Ay, que ha de morir el sabio como el necio.”


Nota:

1- Aunque pueda resultar obvio, quiero puntualizar que la descripción del patrón que me esfuerzo en plasmar en este escrito es una generalización. Las cuestiones que en él expongo son de diferente aplicación a cada individuo, incluyéndome yo también. Naturalmente, existen personas que mantienen este tipo de punto de vista, al tiempo que dan vida a meritorios y esforzados compromisos de transformación en el ámbito social, laboral, habitacional, militante, etc.

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