RAZONES HISTÓRICAS SOBRE LA VIOLENCIA

            La violencia política siempre ha sido una práctica polémica entre los libertarios, y creo revelador conocer las posturas razonadas de su aceptación o rechazo en el anarquismo ibérico del siglo XIX y comienzos del XX. Desde el lema “paz a los hombres, guerra a las instituciones”, hasta el de “la fuerza se repele con la fuerza. Para eso se inventó la dinamita”, la controversia sobre las acciones violentas llenaron el anterior período, mientras la Historia fallaba su inapelable conclusión.

Para los defensores del uso de la violencia, la sociedad burguesa se fundamentaba en última instancia en ella. Para ellos, la organización social dependiente del principio de autoridad generaba todos los odios, las miserias, las injusticias, los despotismos y, por consiguiente, las violencias. La sociedad burguesa era una sociedad en estado de guerra permanente y a los trabajadores correspondía el “derecho de defensa” contra ella, con tácticas como las “represalias” contra actos tiránicos puntuales, la “acción revolucionaria” o insurreccional y la “revolución social” violenta a nivel integral. La violencia como medio se veía justificada por su eficacia para derrocar materialmente unas instituciones basadas también en la fuerza. El fin (acabar con la sociedad violenta) justificaba los medios (un supremo y último acto de violencia). Así, el objetivo revolucionario de acabar con la guerra social había de juzgarse con criterios morales igualmente excepcionales y “revolucionarios”. Ante los actos terroristas individuales se afirmaba que el anarquismo “debe quedar siempre con los infelices y por los infelices, cualesquiera que sean y como quiera que obren”.

Desde un punto de vista más estratégico se justificó el uso de la violencia por la doctrina de la “propaganda por el hecho”. Ésta no se constituía por su concreción más famosa, el atentado político, sino que también incluía robos, deserción militar, la negativa a pagar alquileres de casas o cánones agrícolas, las ceremonias laicas o cualquier otra forma de rebeldía práctica. Así, el uso de la violencia pretendería sacar a la luz una situación social radicalmente injusta, trataría de despertar a la sociedad sobre las lacras sociales que la propaganda antiterrorista intenta luego ocultar y, a la vez, intentaría demostrar a las masas la fragilidad de sus tiranos.

Sin embargo, es en el terreno de la eficacia del uso de la violencia donde ésta naufragó. Las masas no comprendían los actos de protesta individual y hacían infructuosos los sacrificios de individuos como Ravachol. La sociedad no tenía conciencia de las causas de la violencia y se agotaba en el horror de sus efectos. Los privilegiados, interesados en ocultar las cusas que producen el terrorismo (e incluso, dada su eficacia, lo inventaban como en los casos de bombas policiales) para desprestigiar o desarticular o todo el movimiento libertario que ponía en peligro su situación de dominio. Así, se identificó a los anarquistas con los terroristas prresentándolos no como reformadores sociales sino como perturbados o criminales. Los atentados terroristas individuales en vez de impulsar al pueblo en sentido revolucionario le alejaban de las minorías activistas, ante quienes se sentía espantado, y le hacían solidarizarse con los gobernantes. Opinaba Ricardo Mella que “un acto de violencia no convence a nadie y más bien supone  pérdida de elementos simpáticos que se retraen”. El acto violento aislado carecía de carácter auténticamente revolucionario pues, según Mella, “la muerte de un hombre, una transmisión de propiedad, no cambian en nada el organismo político, no alteran las relaciones económicas del todo, y dejan en pie las instituciones dominantes. Y una revolución tiene por objeto precisamente esto: cambiar o suprimir el organismo político, modificar el funcionalismo económico, vencer a las instituciones dominantes”.

Apelando a los principios libertarios se sustentó la postura de rechazo de la violencia: “Los anarquistas no son partidarios del derecho a la fuerza; por esto piden con insistencia la desaparición de los cañones y fusiles…”; “Somos heraldo que condena todas las violencias”. “Todo hombre que extiende la mano sobre otro hombre es un tirano, es un sacrílego, ha dicho el gran filósofo del federalismo”. “Queremos sustituir la feroz competencia y la despiadada lucha por la vida, por la solidaridad y el apoyo mutuo”; “Revolución es oponer al feroz y egoísta individualismo el amor a nuestros semejantes; la igualdad en el derecho; la libertad por la emancipación económica del hombre; la fraternidad por el estrecho lazo que debe unir a la especie; la solidaridad de los intereses, procurando por su medio no triunfar aterrorizando, sino convenciendo; no queremos, no, implantar nuestros ideales por la imposición, sino por la libertad”. Escribió Mella que “por la violencia se han afirmado y constituído todos los poderes y todas las tiranías. La violencia en sí misma es odiosa”. Anselmo Lorenzo escribió también que al ser humano hay que procurar “convencerle, no atemorizarle” y que “la imposición y la coerción son exclusivamente autoritarias”, justificando el pacifismo libertario. Finalmente Mella y esta corriente pacifista consideraba más eficaz la “revolución profunda” o transformación mental lograda por la propaganda y la organización.

Como conclusión histórica, los frutos del terrorismo fueron la represión policial sobre todo el movimiento libertario (no sólo sobre los que emplearon la violencia, destruyendo así otras vías de lucha) y una percepción popular que aún existe y que asocia al anarquismo explosiones, crimenes y horror. Sucesos mas históricamente recientes, e incluso de nuestros días, han de hacernos considerar qué fines auténticos de la violencia son los que en realidad  se persiguen y si la irracionalidad coadyuva o no a medios menos eficaces a corto plazo, nada espectaculares, y más arduos como la tarea de organizarse mejor y elaborar una propaganda efectiva menos susceptible de manipulación por los poderosos.

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