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LA CRISIS DEL SER HUMANO CAPITALIZADO


LA CRISIS DEL SER HUMANO CAPITALIZADO

El mito griego de Erisictón nos habla de un rey que se autodevoró porque nada podía saciar su hambre, un castigo divino por violar la naturaleza. Esta anticipación de una sociedad condenada a una dinámica autodestructiva constituye el punto de partida de la obra “La sociedad autófaga”. En ella, su autor, Anselm Jappe, prosigue la investigación comenzada en sus anteriores libros, en los que –releyendo las teorías de Karl Marx bajo el prisma de la “crítica del valor”- mostraba que la sociedad moderna se basa por entero en el trabajo abstracto y el dinero, la mercancía y el valor.

Pero ¿cómo viven los individuos la sociedad mercantil? ¿Qué tipo de subjetividad produce el Capitalismo? Para comprenderlo, hay que retomar el diálogo con la tradición psicoanalítica, desde Freud hasta Erich Fromm o Christopher Lasch, y renunciar a la idea, forjada por la Razón moderna, de que el “sujeto” es un individuo libre y autónomo. En realidad, este es fruto de la interiorización de las coacciones creadas por el Capitalismo, y hoy en día, el receptáculo de una combinación letal entre narcisismo y fetichismo de la mercancía.

El sujeto fetichista-narcisista ya no tolera ninguna frustración y concibe el mundo como un medio sin fin consagrado a una desmesura sin límites. Esta pérdida de sentido y esa negación de los límites desembocan en lo que Anselm Jappe llama la “pulsión de muerte” del Capitalismo: un desencadenamiento de violencias extremas, de matanzas en masa y de asesinatos “gratuitos” que precipitan el mundo de los hombres hacia su caída.

Es un libro que contenía al anterior llamado “Las aventuras de la mercancía” donde se recoge la llamada lectura de Marx del grupo de la “crítica del valor”, creado en los años ochenta en torno a la figura de Robert Kurtz, en Alemania, fallecido en 2012 y la revista “Krisis”. Presenta una comprensión de la lógica del funcionamiento del sistema capitalista, su rasgo específico en la historia, y que se centraba en las formas sociales de la mercancía, el valor, el trabajo y el dinero. Esto no lo había analizado sociológicamente ni el marxismo ni el posmarxismo. Quería entender la dinámica específica histórica del Capitalismo, su proceso modernizador que es dinámico. Y llegaban con eso a la lectura de que el Capitalismo había entrado en una fase de irreversible declive (en los últimos treinta años). Una fase en la que la sociedad basada en la mercancía, el trabajo y el dinero dejaría de poder funcionar y se revelaría cada vez más destructiva y más autodestructiva. Este es un diagnóstico de los años noventa pero es significativo desde la crisis de 2008, pues ofrecía una lectura sobre lo que estaba pasando que entendía que no era esta sola una crisis financiera, no era la transición hacia otro modelo de acumulación, no era una crisis más sino una señal de que el Capitalismo había entrado en una fase de declive y eso exigía hacerse cargo de que estábamos en una fase no estable y requería entender una nueva crítica social.

El libro se sitúa en esta estela y analiza el sujeto en el sistema Capitalista. El Capitalismo no es solo un modo de producción o un sistema económico como el esclavismo o el feudalismo sino que es mucho más. El Capitalismo tiene una intensidad socializadora mucho mayor. Afecta a muchas más dimensiones de la vida. Es, por tanto, algo más que esto, es un modelo de civilización, articula casi una forma de vida. Lo que caracteriza esta forma de vida sería que la esfera económica se desgaja del resto de actividades sociales y les impone sus imperativos de forma implacable. Marx tiene esta formulación en el prólogo al “Capital”: “Se trata de entender la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna”. La sociedad moderna es dinámica pero la lógica por la que se rige es económica.

El Capitalismo es más que un modelo económico en la medida en la que no solo afecta al trabajo y la producción, pues afecta al ocio, la intimidad, los deseos, se hace con las necesidades… Configura la vida social pues pasamos a cuantificar de manera abstracta el tiempo, en horas. Se pone en marcha un dinamismo que lleva en pocos siglos del carro de caballos al vuelo low cost. Transforma el espacio y el tiempo y las subjetividades.

¿Cuál es el sujeto del Capitalismo? El marxismo lo explicaba tradicionalmente en términos de clase: hay unos sujetos capitalistas que lo son de la dominación y la explotación y otros, los trabajadores, que son los objetos de la dominación y la explotación, y que son los sujetos potencialmente emancipadores. Pero esto se queda sociológicamente corto.

Jappe dice que hay una dictadura de las formas sociales, en la línea de la “crítica del valor”, de la mercancía, el valor, el dinero y el trabajo. Y esto remite a que el valor se convierte en algo así como un sujeto automático, como señala Marx, de los procesos sociales. Sujeto automático es un oxímoron, una contradicción que choca en sí misma. Esto choca con la Razón moderna que dice que la subjetividad era la sede de la autonomía, de la libertad, de la autodeterminación y de la racionalidad. El sujeto automático tendría una lógica compulsiva. Marx señala aquí un rasgo de heteronomía de las sociedades modernas en las que los sujetos verdaderos no son los seres humanos sino, si acaso, una forma social abstracta como es el valor, que no satisface necesidades humanas pero dinamiza la vida social, no para mejorar nuestras vidas, sino para maximizar la forma de riqueza abstracta que es el dinero. Se trata de hacer del dinero más dinero. Su lógica somete todo a la rentabilidad y crecimiento económico. Puede parecernos importante nuestra salud o nuestra educación pero, si no son financiables, no funcionan (tienen que ser rentables).

En una sociedad regida por el sujeto automático no puede haber otros sujetos. Los seres humanos van a remolque de ese sujeto, son los ejecutores de sus tendencias, son sus funcionarios, dice Jappe. Lo que ocurre es que, desde este punto de vista, parecería que la lógica de la mercancía es autosuficiente. Pero el sujeto automático solo funciona si hay individuos que reproducen activamente su lógica. Marx dice que las mercancías no pueden ir por su propio pie al mercado y necesitan individuos que les tienen que llevar allí. Es decir, los individuos tienen que participar activamente en la lógica de la mercancía. Los ámbitos sociales en los que esto se pone en juego es como sujetos en el ámbito del trabajo, la competencia, el dinero. Esto quiere decir que no es un problema de conciencia sino que es algo que se materializa en la praxis social, en aquello que hacemos. Cada cual reproduce activamente la lógica del sujeto automático cada vez que intenta llegar a fin de mes, intenta consumir para satisfacer necesidades básicas, autoexplotarse para sobrevivir en el sistema laboral o hacerse empleable para poder entrar en él. Es decir, esto supone una determinada configuración no sólo objetiva sino también subjetiva que incide en las formas de actuar, sentir, pensar, etc, y que encarnamos en la propia práctica vital. ¿cómo es esta encarnación? ¿Cómo ajustan su conciencia a las expectativas del sujeto automático?

En una sociedad guiada por la lógica del sujeto automático no hay resortes, no hay recursos para dar una respuesta a los problemas socioecológicos y energéticos. Por otra parte, hay nuevas formas de narcisismo, frialdad, depresión, en un marco más implacable de competencia en todas las esferas de la vida y prolifera un nuevo tipo de violencia. Jappe busca iluminar los mecanismos de constitución de la forma sujeto moderno y las lógicas sociofísicas que se ponen en marcha en una fase de descomposición del Capitalismo. La cuestión es que los sujetos no se autodeterminan sino que siguen la lógica del sujeto automático y el valor. No son zombis ni autómatas, sino que reproducen la lógica social a través de los cauces que se les ofrecen para cubrir las necesidades de su cuerpo concreto. ¿Cómo abordar el problema entonces?

No es que el sistema haya colonizado al sujeto desde fuera sino que ha generado una forma específica de subjetividad. Es decir, que no existe una noción de sujeto al margen de la historia, al margen de las fluctuaciones de la sociedad. Esto es lo que soñaron en su día las filosofías trascendentalistas de Kant y el estudio de la psique en Freud (algo intemporal). Jappe sitúa la génesis de la forma sujeto misma ahistórica, como algo que surge en los albores de la modernidad, en los albores de la sociedad de la mercancía, y que se constituye por una escisión entre un sujeto que se separa de la objetividad, que se separa del resto de los individuos, es un sujeto atomizado o aislado, contrapuesto a un mundo que le es totalmente externo. Esto es algo nuevo, históricamente, que surge al comienzo de la modernidad. Es un sujeto autoreferencial que ve en el mundo un simple medio para alcanzar sus intereses, y que tiene dificultades para reconocer la autonomía de la realidad externa. La tesis de Jappe es que hay una complementariedad entre una constitución objetiva de las sociedades capitalistas marcada por el fetichismo de la mercancía y una estructura subjetiva marcada por el narcisismo. Es decir, fetichismo y narcisismo serían dos caras de la forma social en la que vivimos. Que se basa en la lógica autorreferencial del valor como sujeto automático. Lo que comparten el fetichismo y el narcisismo es la ceguera y la indiferencia  hacia la materialidad del mundo. La idea de que la lógica de la mercancía solamente está interesada, no por las necesidade3s que se cubren en el sistema económico, no por el soporte material del mundo y el planeta, y sus formas geofísicas para reproducir la forma de riqueza abstracta que se pone en marcha en el Capitalismo. Sino únicamente la maximización de una forma de riqueza abstracta y cuantitativa que representa el valor y se traduce en dinero.

Por eso el sujeto automático está caracterizado por una avidez sin mesura, un hambre que crece al comer y que nada sacia. Jappe se apoya en esto en el mito griego de Eriscitón. Es un hombre que no es de nada concreto, sino que responde a una necesidad que no es de nada concreto, que no puede ser colmada, la sed de valor indiferente a cualquier contenido. Y esto se da complementariamente y pesa sobre la vida anímica, sobre los que viven en la sociedad de la mercancía que están caracterizadas por la figura del narcisismo. Para el sujeto del narcisismo el mundo es un ámbito de proyección. Un ámbito sin cualidades al que impone su propia voluntad.

Esto implica también un cambio con relación al cuerpo, con las cosas y con nosotros que se consume en una fase reciente, no al inicio del Capitalismo (desde los años sesenta). El cuerpo, las cosas, los otros, se convierten en un mero material para las aspiraciones de una especie de voluntad abstracta, desencarnada, que para Jappe implica una noción de narcisismo que no es la que solemos entender en el sentido de que el narcisismo sea la arrogancia de un yo fuerte que tiene un enorme amor propio. Sino que es más bien síntoma de un yo débil, vacío, incapaz de relacionarse con nada externo, incapaz de articular de forma coherente sus experiencias, solamente ávido de vivencias, que requiere constantemente refuerzos, confirmaciones: un yo muy debilitado. Lo que se ve en las redes sociales que se buscan “likes”. Y ve aquí las bases de una transformación antropológica de profundo calado en las sociedades contemporáneas.

Sujeto narcisista y sujeto automático compartirían una voluntad abstracta, un hombre abstracto que no reconoce ningún límite. Y el vacío y la autoreferencialidad de esta subjetividad tiene un elemento destructivo y aniquilador tanto del mundo como de los sujetos mismos.

Lo que está en juego es la lógica de una sociedad autófaga que se devora a si misma, que socava sus condiciones de posibilidad. Por eso habla de Capitalismo desmesura y autodestrucción. Este libro busca rastrear el lado oculto de una normalidad, que parece banal, y que sin embargo incuba un elemento enormemente destructivo, que resulta cada vez más visible, no solamente en la destrucción de las estructuras económicas que aseguran la reproducción de nuestras vidas, sino también en la destrucción de nuestros vínculos sociales, de la diversidad cultural, de los fundamentos naturales de la vida y en la creciente violencia en unas relaciones sociales marcadas por la frialdad, por la competencia, por el sálvese quien pueda. Atendiendo a la destrucción capitalista entiende que es producto de la imposición impecable del hambre abstracta de la valorización del valor y como se impone sobre la materialidad del mundo, que responde a la lógica del sujeto automático. Pero tampoco la destrucción del sujeto automático lo hace él, sino que precisa sujetos que impongan la destrucción. Y la sociedad autófaga rastrea como se incuba este elemento destructivo en los individuos. Y por eso señala que además de la crisis económica, financiera, del trabajo, socioecológica y energética hay una crisis de la forma sujeto que puede ser enormemente destructiva. Es una ruptura antropológica, una transformación de la condición humana que pone de manifiesto sobre todo los elementos infantilizadores y regresivos de la sociedad y de nuestra cultura.

Pero hay que tener en cuenta en que materializaciones arraiga eso, en que necesidades, en que disposiciones, y en que horizontes de vida en los individuos de este mundo. Para poder ejercer como sujetos del dinero, del trabajo, de la competencia, los individuos se ven sometidos a una lógica de eficiencia, de rentabilidad, de ahorro de tiempo, de garantía de resultados, que pesa muchísimo y que vemos que cambia las relaciones con las cosas, con los otros y con uno mismo. Por ejemplo, en la necesidad a que la búsqueda de compañeros sexuales se haga por plataformas online. O la tendencia a una hipermedicalización o dopaje que ayude a seguir trabajando. La psicología ha cambiado el umbral de lo normal: la primero edición del Manual de Diagnóstico Psiquiátrico de 1980 decía que el duelo dura un año normalmente. En la quinta edición de 2013 este manual de trastornos psicológicos dice que si el duelo dura más de dos semanas requiere tratamiento al estar en una fase depresiva. Esto es significativo de como se ha aumentado el nivel de presión a la que están sometidos los individuos y que desdibuja las fronteras entre una adaptación a la normalidad o a la patología. E implica también tener que encajar ofensas, humillaciones, agresiones y presiones que dejan heridas indelebles en la autoestima y que implican un incremento de la ira, de la agresividad que se incuba en los individuos, y que espera una válvula de escape propicia. Y eso indica que la sociedad se ha vuelto más violenta, pero de unas formas de violencia que pone en cuestión el elemento básico de la forma sujeto que es la necesidad de conservarse a uno mismo. Hay formas de violencia que no obedecen a ninguna racionalidad y que habría que entender más bien como el afloramiento de un resentimiento mudo y de un odio sin objetos precisos o destinatarios definidos o personas concretas, que se materializan asesinatos gratuitos, en atentados suicidas, matanzas en espacios públicos… Formas de violencia no racionales de sus autores. Y en este sentido Jappe habla de una “pulsión de muerte” en el Capitalismo contemporáneo que revelan que fenómenos que consideramos extremos o desviados nos devuelven una imagen de qué se incuba en la normalidad del sistema capitalista. En realidad revelan que a la vez de una crisis externa ecológica de las sociedades capitalistas, hay una crisis de la naturaleza interna de los sujetos capitalistas. La lógica del dinero y de la competencia genera sujetos atomizados, incapaces de relacionarse, fríos, ansiosos, depresivos. Individuos con malestares cada vez más medicalizados. Y que incuban fuertes dosis de odio, de ira, de agresividad, que buscan salidas cada vez más destructivas, pero que son sujetos cada vez mas desgarrados a la vez cuya adaptación a un clima social cada vez más destructivo y sin expectativas les lleva a ser parte activa en la destructividad y la autodestructividad.

Lo que muestra este libro es que el desmoronamiento del Capitalismo es un desmoronamiento no de una clase, no de un modo de producción, sino de una civilización de la que, nos guste o no, somos en parte producto. Y no estamos ante la transición a una sociedad cualitativamente distinta. Sino ante el hundimiento, hasta ahora sin alternativas, de una sociedad basada en la lógica del valor, del dinero y del trabajo.

El que a la crisis ecológica se sume la crisis del sujeto nos aboca a una crisis mayor. Poner fin a un Capitalismo que pone semejantes trabas a la vida no es algo que debe hacerse en nombre de la utopía sino por un realismo más o menos modesto. Porque en la sociedad de la mercancía no hay margen para reformas que permitan llevar un Capitalismo de rostro humano si esto alguna vez fue posible. Y el nivel de productividad actual y de integración económica se vuelve cada vez más incompatible con el imperativo de valorización del valor. La incapacidad de integrar a los sujetos en la lógica del trabajo y el consumo revela para cada vez más personas que todas las exigencias que impone el sistema ni siquiera ofrecen la perspectiva de una vida digna de ser vivida. También los sujetos de la competencia, el consumo y el trabajo saben que esto no merece la pena. Por eso cada vez es más importante romper con un modo de constitución social que implica romper con modos de construcción del deseo, con miedos arraigados en la psique. Y de ahí la urgencia de retomar una frase de Debord que le gusta mucho a Jappe que es oponer a los reflejos del modo de vida capitalista otras formas de vida deseable, destruir el modo burgués de felicidad. Jappe lo llama descolonizar nuestro imaginario.

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