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VIVIR UNA VEJEZ ACTIVA Y EN COMUNIDAD


Vivir una vejez activa y en comunidad

Por Alícia Fábregas

Cada vez son más las personas mayores que apuestan por la vivienda colaborativa y autogestionada como alternativa a las residencias o a los cuidados en casa.

“He visto a compañeros que, cuando los jubilaron, cuando los echaron a la calle, acabaron mal, porque allí [en Cornellà] hay pocas opciones. Y al bar, y al bar… Los lunes al sol, la película, es un buen ejemplo. En cambio, yo aquí tengo mi huerto, salgo… Mira, ahora venía de jugar a la petanca”, cuenta José Caballero sentado en el sofá de una de las dieciséis casas de La Muralleta. Tiene 76 años y hace diez que empezó a esbozar lo que sería este proyecto de vivienda colaborativa, ubicado en Santa Oliva, en la provincia de Tarragona. No se puso en funcionamiento hasta 2012, y todavía quedan 16 viviendas por construir y algunos espacios comunitarios por terminar. Encontrar socios, terrenos, perfilar el proyecto y llevar a cabo todas las gestiones administrativas requiere tiempo.

Según la iniciativa eCohousing, hay nueve cooperativas de vivienda senior funcionando en toda España y 22 más en desarrollo, aunque aseguran que es difícil obtener datos definitivos porque no existen estadísticas oficiales y se trata de una forma de vida que está en efervescencia, evolucionando muy rápido por toda la geografía española. El proyecto de investigación Movicoma, que estudia la emergencia de viviendas colaborativas de personas mayores en España, eleva la cifra de comunidades activas a doce.

Motivo familiar y económico

A lo largo de los años los engranajes familiares han mutado y la esperanza de vida ha aumentado: “Los hijos ya no cuidan de los padres como antes, porque los propios padres no quieren molestar a los hijos”, explica Caballero. Entonces surge el principal problema: la soledad. “¿Qué ocurre cuando fallece la pareja? En una ciudad se hubiera encontrado sola, pero eso aquí no existe. Sales del apartamento y automáticamente estás metido en el ambiente, con otro que te dice: ‘Oye, ¿te vienes a echar a una partida?’”, dice Jaime Moreno, uno de los miembros de la cooperativa Trabensol, un centro social de convivencia, asistencia y servicios para mayores en Torremocha de Jarama, en la Comunidad de Madrid. Se constituyeron como cooperativa en 2002, pusieron la primera piedra en 2011 y en 2013 entraron a vivir.

A todo eso se unen las restricciones económicas y una brecha: “Un salario como el que tenemos nosotros se queda largo para una [residencia] pública y corto para una privada”, argumenta Caballero. Así que las personas que se encontraban en esa disyuntiva, o iban a estarlo en un futuro próximo, empezaron a organizarse y surgieron este tipo de alternativas. En palabras de Moreno: “Hay un viejo dicho que es que siempre te dejas pelos en la gatera. Cuando cambias de una cosa a otra tienes que renunciar a ciertas cosas para alcanzar otras. Lo importante es mantener el campo de afectos. Esto es una ampliación de la familia, amplías con tus amigos estos espacios de afecto, sin perder las referencias familiares”.

Málaga, empujón definitivo

Algunos de los vecinos de estas cooperativas ya habían formado parte, años atrás, de otras experiencias sociales y colectivas. “Desde los años 60 nos habíamos encontrado en diferentes proyectos”, recuerda Moreno. Algunos fueron fundadores del colegio Siglo XXI, en Madrid, con una pedagogía democrática que luchaba contra la ideología opresiva y la educación ideologizada. Caballero había defendido los derechos de los trabajadores como miembro de la CGT en la empresa de accesorios de coche donde trabajaba, en Cornellà. Pero ninguno de ellos tenía referentes cuando empezaron a pensar en su proyecto de vejez activa y en comunidad.

“Nosotros esa palabra tan de moda, cohousing, no sabíamos ni que existía. Entonces fuimos a Santa Clara. No tiene nada que ver con lo nuestro, pero en aquellos primeros momentos sí que nos sirvió de referencia”. Moreno se refiere a Residencial Santa Clara, una cooperativa de 76 apartamentos en Málaga que se puso en marcha a principios de los años 2000.

Desde el otro vértice del triángulo, La Muralleta también miraba hacia el sur. “Cuando nosotros iniciamos este proyecto, salió el de Málaga, y eso nos dio impulso moral. Dijimos: ‘Mira, no estamos locos’”, cuenta Caballero, para quien también fue muy útil ponerse en contacto con la iniciativa andaluza. De forma indirecta, los proyectos de Tarragona y Madrid conectaron con el de Málaga y eso les dio el empujón necesario para seguir adelante. Ahora los tres proyectos siguen en contacto puntualmente.

Vida en comunidad

En Trabensol, la vida comunitaria se traduce en las relaciones personales, pero está sobre todo basada en los espacios que la hacen posible. Tienen talleres de teatro leído, audiciones musicales, cinefórum todos los domingos, jardín y huerta, gimnasio, biblioteca y hasta un espacio de silencio que, según Moreno, es “un sitio para la espiritualidad, hay gente religiosa y otra que no”. Además, la cocina funciona a través de un catering y disponen también de personal de limpieza.

Todo eso se sostiene con la ayuda de las comisiones de trabajo, que son voluntarias y tienen una gran utilidad. Pero no se limita a su zona residencial, sino que, más allá, se ha establecido una relación de intercambio con el pueblo: “Utilizamos espacios del pueblo y nosotros también lo tenemos abierto a la gente del pueblo. Hay campeonatos de petanca o de mus”. La iniciativa ha llamado la atención fuera de las fronteras. Moreno explica que “han venido de universidades de todo el mundo. De Japón, porque tienen la problemática de aumento de población mayor, la televisión de México Televista, revistas nórdicas…”.

Para los vecinos de La Muralleta, la convivencia empezó incluso antes de que hubiera nada construido. “Desde el 2001 nos veíamos aquí los sábados en una casa de piedra. Hacíamos la comida y convivíamos todos los socios y hacíamos el mantenimiento de la finca”, recuerda Caballero.

Más tarde, hasta se implicaron en la construcción ellos mismos, levantando el garaje y poniendo el suelo de las terrazas de la parte de atrás de las casas. Tienen también pista de petanca y proyector de cine al aire libre. Pero sin duda lo que les produce mayor satisfacción es la gran extensión de terreno cultivable: “La gente en cuanto se baja del coche, al huerto”, asegura Caballero con una sonrisa. Cada huerto tiene 90m2 en los que crecen patatas, melones, cebollas, lechugas… Y hay árboles frutales y olivos repartidos por diferentes partes del espacio comunitario. Esa era una prioridad: “Ya cuando estaba trabajando, pensaba: yo me tengo que ir de aquí [de Cornellà], me voy a otro sitio a vivir de otra manera. Además, yo procedo del campo, de un pueblo de Sevilla, de El Saucejo”, dice el fundador del proyecto de Santa Oliva. Él llegó a Catalunya con 17 años y antes ya había trabajado en el campo en su pueblo natal.

En Trabensol la situación es diferente: “La mayoría somos gente de ciudad, pero ha habido compañeros que han hecho cursos de jardinería”, explica Moreno.

La sostenibilidad como criterio.

Lo que sí que tienen ambos proyectos en común son los criterios de sostenibilidad. En La Muralleta construyeron varios pozos que recogen el agua de la lluvia. Con unos riegan los olivos de la finca y los árboles frutales, con otros utilizan el agua para la lavadora, el váter y la ducha. Además, las casas —de 60m2— están hechas pensando en la eficiencia energética: “En invierno casi no encendemos la calefacción si hace sol”, asegura caballero. Y todos los espacios están adaptados, en previsión de posibles situaciones futuras.

Todo eso les ha costado alrededor de 150.000 euros por persona, dinero que engloba también la segunda parte: las viviendas y zonas comunes que todavía están por construir. Están constituidos en cooperativa, pero no se trata de un modelo de cooperativa de cesión de uso, como es el caso de Trabensol. “Cada socio es propietario de la 54ª parte [son 54 socios] y la propiedad está repartida como en unas acciones. Pero no somos dueños de esas acciones en el sentido de poderlas vender. La cooperativa es la dueña de todo y sería la encargada de devolver el dinero invertido en la compra del terreno, la construcción y amueblamiento de las zonas comunes a la persona que se marche o a los herederos”, describe Moreno. Ellos pagaron 145.000 euros por persona para vivir en el centro autogestionado.

También fijaron como requisito el respeto al medioambiente. Hicieron una construcción bioclimática y, de hecho, el edificio recibió en 2012 una mención especial en los premios que la Comunidad de Madrid otorga a la Mejor Instalación Geotérmica en el Sector Industrial y de Servicios.

Recuperar edificios en desuso

Algunos proyectos que han ido surgiendo en los últimos años van un paso más allá. Buscan también poner en valor el patrimonio arquitectónico. De hecho, ya existen iniciativas que proponen viviendas colaborativas senior que contribuyan a recuperar espacios en desuso, como es el caso de Walden XXI, en Sant Feliu de Guíxols, Girona, bajo el paraguas y asesoramiento de Sostre Cívic, una cooperativa catalana que promueve un modelo alternativo de acceso a la vivienda y que ya cuenta con más de 750 personas adheridas.

El grupo de personas entre 55 y 70 años que forma parte de Walden XXI prevé rehabilitar un antiguo hotel en Sant Feliu de Guíxols para hacer 27 unidades de convivencia. Ellos definen su proyecto como una “cooperativa autogestionada, sin ánimo de lucro, con el ideario de compartir, colaborar y ofrecer una alternativa a ir a vivir a una residencia mercantil donde se hace negocio con nuestra vejez”.

En la provincia de Tarragona, en El Catllar, un grupo formado por dos arquitectos y un geógrafo y fotógrafo —Saül Garreta, Matthieu Lietaert y Rafael López-Monné, respectivamente— proponen recuperar una antigua fábrica de papel y tejidos construida en 1754 y que actualmente está abandonada, pese a su valor histórico. La iniciativa quiere destinar un tercio de este espacio a viviendas colaborativas senior —o multigeneracionales, está por definir— en cesión de uso, otro tercio a espacios comunes y un último a coworking.

Hasta el momento, todas estas propuestas —algunas ya en marcha, otras por perfilar— han surgido desde la sociedad, aunque varias han sido facilitadas en cierta medida por los respectivos ayuntamientos. Como concluye Moreno, miembro de Trabensol: “Muchos de los que estamos aquí creemos en esa democracia participativa que supone que se vayan cambiando las estructuras”. Y parece que el cambio va surtiendo efecto.

Fuente: El Salto

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