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SANTOS INTERESES


Parece que últimamente está en boca de todes un tema que la agenda de la sociedad capitalista globalizada considera hoy en día crítico: el calentamiento global del planeta. Está claro que los dueños del capital no desean que se les estropee el juguete antes de tiempo y que necesitan apremiar a la sociedad en la dirección adecuada para seguir con su negocio de otra manera. En la lógica de esa necesidad se sitúa el movimiento que ha tomado a Greta Thunberg por bandera, ese que ha sacado a la calle a la juventud acostumbrada al “bienestar” capitalista, exigiendo a las autoridades, a les creadores, beneficiaries y guías de ese problema global, medidas inmediatas. He oído hablar de ello a varies tertulianes, incluida gente que se sitúa a la izquierda, y una y otra vez escucho expresiones como estas cada vez que se habla, no solo de este tema, sino de economía en general: las necesidades del mercado, los intereses de esta industria o aquella, las urgencias de este o aquel sector…

Dejaré a un lado la crítica a ese movimiento juvenil tan correcto, pues ya la han hecho otres mejor que yo. Solo una breve observación: no suele ser fácil hacerse una idea clara y creíble de este tipo de movimientos. Y es que, en este tema como en otros muchos, están en juego la(s) agenda(s) y los chiringuitos de derecha e izquierda, y con frecuencia, para basar la crítica a algunos hechos en datos, por desgracia, solo disponemos de medios alineados a un lado o a otro. De modo que puede suceder que algunas informaciones aparezcan en medios de derecha, y sean silenciadas en los de izquierda, y viceversa, y claro, ¡cómo vas a buscar información en un medio derechista! Como si la mentira y la manipulación fueran patrimonio de un único lado. Cuántas veces nos toca a les anarquistas, al criticar algo o tomar cierta postura, escuchar eso de “así le haces el juego a la derecha”, como si hacérselo a la izquierda fuera mejor. Pero bueno, les anarquistas no tenemos agenda, así que podemos usar los datos con toda libertad, aquellos que consideremos verificables o mínimamente fiables, sin considerar si con ello dañamos el negocio diestro o zurdo.

Retomando los intereses económicos que se escuchan al hablar en torno al calentamiento global, pareciera que se nos ha olvidado qué es la reificación. Solo así pueden entenderse las expresiones mencionadas. Es decir, hemos olvidado que el mercado, esta industria o aquella, este sector o aquel, son herramientas creadas por seres humanos (por ciertos seres humanos, para llevar adelante ciertos intereses), hay que pensar que, en sí, para cubrir necesidades. De modo que, más importante que cuáles son las necesidades del mercado es, en primer lugar, saber si necesitamos el mercado, por ejemplo. ¿Para cubrir qué necesidades se creó el mercado? ¿Qué problemas ha creado el mercado? ¿Existe alguna otra manera de cubrir esas necesidades, más allá del mercado? En este caso, el mercado es (o debiera ser) una herramienta para obtener productos, cosas, objetos, alimentos… que une misme (una comunidad) no puede crear. Así que, comenzando desde el principio, y tomando esa palabra, ecología, que tanto gusta a la gente, tendremos que pensar qué productos, cosas, objetos, alimentos NECESITAMOS; después, si podemos obtener eso de nuestro entorno cercano y, si no se puede, cómo podemos obtenerlo del lugar donde existe, sin destruir ese lugar y sin impedir a la gente local que obtenga ese recurso (tendría que preguntarse entonces Greta Thunberg cómo es posible su Suecia históricamente socialdemócrata y abundante, y cómo puede ella obtener semejantes recursos económicos y mediáticos, pero…). Quizá no es el mercado la manera más eficaz de cubrir esas necesidades, puesto que no garantiza realmente a todo el mundo conseguir lo que necesita. ¿Tendremos que tomar en consideración las necesidades de ese ente llamado mercado, si para satisfacerlas la mayoría de la humanidad debe renunciar a sus necesidades más fundamentales? ¿Si para cubrir sus supuestas necesidades (las del mercado) debemos poner todo el planeta patas arriba? ¿Debemos acaso anteponer los intereses de un sistema absurdo que, teniendo pimientos en mi entorno cercano, necesita que en el supermercado de al lado de casa se ofrezcan (¡y más baratos!) pimientos traídos de la otra punta del mundo?

Tomemos dos sectores que he escuchado mencionar estos días: el automovilístico y el pesquero. Inmediatamente escucharemos a periodistas, tertulianes, portavoces del empresariado, a este o a aquella política hablar sobre las necesidades del sector del automóvil. ¿Qué necesita el sector automovilístico para avanzar? Espera, ¿no deberíamos pensar si necesitamos una industria automovilística para que nosotres, no se si avanzar, pero vivamos? Y si decidimos que necesitamos automóviles (decisión colectiva, informada y libre), tendremos que elegir cómo serán, cuántos y para qué. Pero andamos equivocades de raíz. ¡Necesitamos la industria del automóvil para mantener los puestos de trabajo! gritará un sindicalista, junto al consejero de Economía. Pero, ¿para qué se necesitan puestos de trabajo? Esa necesidad de “puestos de trabajo”, así, en abstracto, es una forma concreta de organización social, para poder llevar a casa el sustento. Los seres humanos necesitamos actividades, sí, porque la acción nos nace de adentro, la necesidad de hacer algo. Y encaminamos esa necesidad de hacer a cubrir las necesidades que sentimos. Así que, no necesitamos puestos de trabajo, sino actividades que nos ayuden a satisfacer nuestras necesidades reales. Y si al organizarnos para cubrir nuestras necesidades decidimos que los automóviles son beneficiosos y que pueden utilizarse sin poner en riesgo nuestro futuro (y el de todo el planeta), pensaremos quiénes los fabricarán, cómo, dónde, para quién y cuántos.

En la pesca, asimismo, se habla una y otra vez de cuotas. Son las necesidades del sector pesquero. Porque les pescadores tienen que vivir. Espera un poquito. El sector pesquero no tiene voluntad, no tiene necesidades; los seres humanos podemos sentir ganas de comer pescado. De modo que lo que debemos organizar es la necesidad de todos los seres humanos de comer. La cuestión no es que haya que pescar para sostener una industria. Si no queremos convertir el océano en un desierto mojado, tendremos que organizar la alimentación de toda la humanidad, y ver ahí hasta dónde puede llegar la agricultura, sin destruir todos los bosques y hábitats, y si para complementarla se necesita de la ganadería y de la pesca, quién se dedicará a ello, dónde, cómo y cuánto será (dejo de lado la discusión antiespecista).

Pero, por supuesto, tiene un riesgo comenzar a pensar y hablar en esos términos en nuestros medios; si no, rápidamente sacaremos una conclusión: el capitalismo no es compatible con nuestras necesidades; ese sistema que nos han presentado como opción única no es y de ninguna manera puede ser sostenible. Más aún: no cumple la función que supuestamente tiene: cubrir las necesidades de todo ser humano. Es incompatible con una vida razonable. Sin embargo, antes de aceptar tal cosa, es preferible que la única preocupación de obreres, pescadores, agricultores… sea lo que van a cobrar a fin de mes, como si el propio salario fuera una fatalidad inevitable bajada del cielo.

Vistas así las cosas, enseguida entenderemos qué poca importancia tiene que Greta Thunberg vaya a América en avión, catamarán, globo o bici acuática. Qué vano es realizar huelgas y concentraciones para exigir a quienes viven de este sistema absurdo, a quienes lo han creado, a quienes de ninguna manera quieren perder las ventajas que les reporta, que apoyen el capitalismo verde, que impulsen el desarrollo sostenible. No tienen otra cosa en la cabeza, aunque no se lo pidamos. ¿Que para mantener el negocio tenemos que pintar el capitalismo de verde? Pues lo pintamos de verde. ¿Que tenemos que pintar el Estado de morado? Pues lo pintamos de morado. ¿Que tenemos que teñir de rojo el discurso? Pues lo teñimos de rojo. Y le pondremos un altavoz excepcional a esa juventud que forma en las plazas un rebaño tan colorido. Mejor están ahí, que haciéndose preguntas más peligrosas e inventando otras vías para satisfacer sus necesidades reales.

Hemos hecho nuestros los intereses de quienes dirigen la economía y la sociedad en nuestra contra y los defendemos con rabia. Hemos olvidado que todas esas cosas no son más que herramientas, y hemos convertidos “sus” intereses en santos. Arrodillémonos en silencio ante su altar.

Asel Luzarraga

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