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En este blog se recogen artículos y monografías históricas de diversos autores, publicadas en otros medios; la autoría de todos ellos y la fuente es citada en cada artículo. Las fotografías que le acompañan son tomadas habitualmente del buscador de google, desconociendo si en algún caso pueden tener derechos de autor, si así fuera, pueden comunicarlo a cgtbilbao@cgt-lkn.org y serán retiradas de inmediato.

 

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¿Es el miedo una estupidez?


Puede que si, pero sólo se puede diagnosticar como estupidez si no existe un motivo real para tener miedo. Por ejemplo; hay personas temerosas de un Dios tan vengativo y rencoroso que es incapaz de olvidar las ofensas que recibió en un jardín, hace ya tanto que ni se sabe el tiempo que pasó desde esa ofensa. Temerosas de un ente al que jamás vieron pero que les han contado que tiene muy mal carácter, incapaz del perdón sin que, asustado y tembloroso, te humilles ante él.

Para inculcar ese nivel de temor, la humanidad padeció un período sangriento y brutal, del que ya nunca se olvidará: la Inquisición. Periodo de varios siglos en el que la humanidad padeció el gobierno de los más sádicos criminales. Los inquisidores se debieron decir ‘..hay que meter el miedo tan profundamente en sus mentes que se transmita, como el color de los ojos, de padres a hijos y por los siglos de los siglos”. Y para su logro no se pararon ni en la edad ni en el sexo. Y sus métodos fueron despiadados y crueles más allá del sadismo. Y en ese proceso de varios siglos, se inoculó el temor a su Dios.

El temor a un ser del que nadie sabía nada, nadie lo había visto, y del que no se conocía ni su linaje. Pero es que en realidad las gentes sometidas a proceso no tenían miedo a ese ente desconocido, lo que temían de verdad era la brutalidad de la represión, temían al sádico inquisidor que aplicaba o hacía aplicar torturas y al verdugo que las coronaba.

Queda claro que ese miedo no es para nada irracional, ese es un miedo con motivos ciertos. Y las gentes que padecieron esos siglos lo tenían muy claro.

Y es que últimamente se viene escuchando mucho, y en voces pretendidamente “autorizadas” por el pasado y presente de su lucha, en atribuir el “miedo de las gentes” en general y de los trabajadores y trabajadoras en particular, al actual estado de las cosas y lo dicen y mantienen como si esa precisión descubierta por esas pretendidas “auctoritas” fuera una novedad en lo cotidiano.

Ves que se oye tantas veces y con tal nivel de contumacia y desfachatez, que se empieza a sospechar que, en realidad, lo que ocultan son sus verdaderos miedos y que al acusar a todos los demás se ven así justificados ellos mismos, en la esperanza de que, al colectivizar las responsabilidades personales, sus miedos queden dispersos en un ya ancestral “nadie se mueve, me voy a mover yo solo”, negando, de paso, al resto de la humanidad el tener ese mismo criterio, pero su conciencia, por lo menos, ya queda como narcotizada, y en paz consigo misma.

Una exclamación caída en desuso pero precisa como pocas “manda huevos” con el descubrimiento de que los y las trabajadoras tengan miedo a perder su trabajo, idiantre no se puede negar lo certero de esa apreciación, que las gentes tengan miedo a perder el cómo ganarse el pan, tanto el suyo como el de los suyos, y que ese miedo incluso les paralice el cuerpo, como que a otras personas el miedo les hace temblar, a aquellas otras les produce unos sudores fríos y aquellas otras incluso pierden la dignidad directamente.

Pero es que eso no es ni de lejos una novedad, ni es un miedo que se pueda considerar pueril. No es un miedo irracional a fantasmas y seres sobrenaturales y por lo tanto cuestionable o criticable. Lo necio, lo verdaderamente estúpido, es pretender escudarse tras un pretendido miedo generalizado para disimular el propio.

Otra estupidez generalmente aceptada.

La deuda de los países periféricos de Europa parece ser (según relato con el que se nos
viene adocenando tanto desde el mento como desde los programas es tertulianos tan documentados que tienen tarea, por la que cobran buenos salarios sembrar esas ideas, para que una mí bien esparcida brote como verdad incuestionable) de unas dimensiones apocas: Irlanda, Grecia, Chipre, Es Portugal e Italia, parece que todos hemos estado viviendo por encima de fluí posibilidades como no se cansan de nos desde los partidos conoide democráticos. Viene a ser, siempre ese balance, que las juergas se extienden por todo el Mediterráneo y alcanza; Irlanda y un poco, eso sí, sólo un pi Francia. Incluso hasta un país de c pesca y algo de turismo y poco más Chipre tenía unas juergas de tales dimensiones que les llevó a la ruina total, a como una deuda de tal envergadura que ni podido pagarla. Los sin duda pobres, p parecer, tremendos juerguistas campe y pescadores chipriotas han que endeudados por generaciones ¿algún pido o estúpida se puede creer eso a: más? Sin detenerse ni un momento a reflexionar, ojo! que ya es necesario adqui nivel notable de estupidez, para no cuenta de que algo no cuadra.
Parece por otro lado incomprensible diéramos crédito a esas afirmaciones, narices podían conciliar el sueño el resto de sensatos europeos con ese nivel de juergas en los vecindarios.

El nivel de estupidez en los partidos democráticos debe ser, a su vez, considerable ya que ellos sí dan por buenos esos balances y esas teorías por lo que cabe considerar que su nivel, el de su necedad, adquiere dimensiones de matrícula cumlaude. Desde algún partido minoritario -que por ser minoritario se puede permitir ese lujo- ya que, diga lo que diga, nunca compromete a nada, se tildó en alguna ocasión la deuda como deuda ilegítima por lo que no habría que pagarla. Y dicho esto, esas tímidas voces callaron para no volver a abrir su boquita pragmática y responsable, nunca más. El resto sí se lo cree y además están en la idea de que esas deudas se deben pagar. Ya se sabe “las deudas de juego son deudas de honor y hay que pagarlas”.
Yeso, que hay que pagarla, lo tienen claro todos y cada uno de esos partidos sin duda democráticos y sin excepción, mostrando sin disimulo una unidad inquebrantable en que se debe pagar. Lo máximo que están dispuestos a criticar y negociar siempre desde posiciones respetuosas, razonables y con el realismo que les caracteriza y que mantienen con los belfos sonrientes propios del necio satisfecho, son los plazos para pagar esa deuda. Es decir unos pretenden liquidar su deuda en un plazo menor de tiempo aunque genere paro y miseria en lo inmediato y otros, los conciliadores y reformistas que, asustados por las consecuencias, pretenden alargar el plazo de pago. Es tanto como decir que conseguir los mismos resultados aunque se obtendrían en un poco más de tiempo. Es precisamente esa la base del reformismo eso de: poco a poco que duele menos, y es que son todo corazón solidario y velan por nosotros.
Ni una sola voz entre todos esos partidos de la “oposición” se levanta para parar el chantaje al que sin ninguna responsabilidad se está sometiendo a los trabajadores y trabajadoras del Estado español. Mientras el índice de parados y de pobreza crece a un ritmo inaceptable. Mientras los signos de miseria se van haciendo evidentes lógicamente al mismo ritmo, esta “oposición democrática” se limita a las críticas constructivas y pragmáticas. Pero ni una leve oposición a que hay que pagarla. Ni una sola voz.
Se habla lógicamente de todos los partidos parlamentarios, sin omitir ni uno de ellos. No importa que para generar esa deuda los corruptos hayan recibido “comisiones” de los diversos corruptores, que concedían millonarios créditos para obras que carecían en absoluto de necesidad.

Se hicieron carreteras cuyo mero objetivo eraahorrar media hora de camino de un pueblo a otro, cuando no obedecía a una necesidad real ese ahorro. Se han construido autopistas por las que no circulan los coches, y por las que ahora, después de privatizarlas, hay que seguir pagando a esos empresarios los beneficios que se les aseguraron en contrato de venta, con dineros públicos. El País Valenciano se ha llegado a endeudar de manera descontrolada por hacer un aeropuerto que no tenía ninguna perspectiva. Y esos partidos, de la pretendida oposición, sin duda honestos y democráticos, se limitan a hacer “pueril sarcasmo” sobre esos despropósitos, cuando precisamente, la deuda acumulada se generó mediante esa forma de corrupción. La gran banca y los, al parecer, “virtuosos” banqueros sabían cómo generar corruptos (abultadas comisiones por pedido de crédito y además aquí tengo un “pequeño” regalo para usted por pedirme ese crédito); el ya corrupto tenía que decidir cómo y en qué se debía invertir ese crédito, ya que conseguir su “regalito” dependía de que se necesitara ese crédito.
Pero la corrupción es un tema menor para casi todos los partidos, salvo alguna excepción que, por minoritaria, no tiene gran relevancia efectiva, y en el mejor de los
La estupidez no es creer en un Dios, ¡a verdadera estupidez radica en creer que ese Dios nos salvará
casos se limitarán a no compartir las decisiones de los tribunales que excarcelen o no imputen por quedar prescritos los delitos cometidos.
Llegados a este punto se impone afirmar que en definitiva la estupidez, la necedad, compañeros y compañeras, no es creer en un Dios, no, para nada, la verdadera estupidez radica en creer que ese Dios nos salvará. Por lo que en realidad la indiscutible estupidez reside en la esperanza. La estupidez no es pensar que las elecciones a ese parlamento corrupto sirvan para algo, lo verdaderamente estúpido y peligroso es no ser capaces de asimilar que ya no sirve para nada. Y tardar demasiado en aprender que, aún en el supuesto caso de existir un organismo puro y libre de infección, no sea contaminado nada más ponga sus pies allá dentro.

A esas más que probables almas buenas, a todas esas bienhechoras gentes llenas a rebosar de grandes objetivos, a esas personas de tanta generosidad que son capacesde una entrega total y abnegada en defensa del bienestar del resto de la humanidad toda, hay que dejarles claro, negro sobre blanco, que no deben preocuparse tanto por nosotros.

Debemos decirles fraternalmente que, si bien nos fiamos de su honestidad de hoy, nada nos garantiza su honestidad de mañana. Por lo que hay que impedir que esos organismos limpios y libres de infección se puedan contaminar. Que nadie nos venga contando que ellos o ellas sí van a poder, porque no será verdad aún en el caso de que en ese momento sí sean sinceras y honestas sus palabras, la cruel realidad se impondrá y nos volverán a decir aquello de… por culpa de la “herencia recibida”.
Va implícita en la naturaleza humana la tendencia a esperar que otros se muevan para ponerse en marcha. Eso no es criticable, dado que la gran mayoría de las personas tendemos a proceder así. Lo criticable es justificar el no hacer nada porque los demás no dan un paso adelante, sin percatarse de que los demás también pueden estar pensando lo mismo.

Desde la muerte del dictador, y aún persisten hoy en día, buena cantidad de simples que dicen aquello que yo ya escuchaba en mi juventud en boca los viejos conciliadores socialdemócratas y estalinistas que mantenían, como mejor argumento contra las posiciones más radicalizadas, aquel persistente latiguillo pretendidamente teórico que decía aquello de… “sí, sí, pero… murió en la cama” refiriéndose tanto al final del dictador como de su régimen, y lo decían con la contumacia que sólo la mera estupidez que su mal disimulado miedo alimentaba, olvidando oportunamente, cómo no, la sangre que corrió para que ocurriera de esa manera y no de otra.

Seguramente serán de esa misma calidad quienes constantemente hoy están aludiendo a un “miedo” generalizado como narcótico paralizante, cuando lo que posiblemente ocurre es que son esas mismas personas las que sí están paralizadas, por no saber qué hacer, por no saber qué decir, por no saber qué salida se puede dar a la situación social que padecemos.

El miedo forma parte de la condición humana. Y salir del miedo que nos paraliza a todos tiene sus ritmos y sus procesos de maduración y cada persona tiene un ritmo diferente. Y nadie posee la fuerza extraordinaria que haga superar ese temor y al mismo tiempo a todas las personas. Pro cuando ocurre que ese proceso de maduración llega a su fin. Y de manera generalizada, el miedo pasa de bando. Esta ley se cumplirá incluso con la firme oposición de los conciliadores reformistas de todo cariz.

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